Desde que naces es una brisa fresca, y perfumada hasta la adolescencia. Luego es un vientecillo cargado de olores excitantes, estimulantes, fuertes hasta la juventud. Ahí se transforma en un viento fresco que te empuja como a un velero que quiere conocer al mundo y despliega todas sus velas para aprovecharlo. En la adultez el viento es sereno y permanente, parejo, y entonces uno, en esa serenidad comienza a mirar el cosmos, las estrellas y el horizonte. Y si uno se fija bien ya avanzada esta etapa, se comienza a ver que detrás del horizonte empieza a emerger una pared que curiosamente va creciendo y creciendo hacia el cielo.
Cuando comienza la vejez, ese muro comienza a perderse en el espacio. Entonces se da cuenta que viento es cada vez más fuerte, que nos empujar hacia ese muro que no puede ser ni escalado, ni saltado.
Es cuando uno ya sabe que ese viento que no se detiene y que se acelera, ese viento es la vida que empieza y termina.
Y que el muro no es fijo, se mueve hacia atrás, muy poco pero casi siempre hacia adelante.
Un escalofrío aparece en algún momento. Vamos a ser aplastados contra ese muro y nada ni nadie va a poder impedirlo,
ni siquiera Dios.
Julio César Azzimonti