“Nos abrazamos con la palabra nos protegimos con la poética del humor y la complicidad de la visión Por favor qué más…” De In memoriam A Humberto Rivas J.C.Azzimonti
“En cada persona, en cada grupo, hay un símbolo, un signo, un código estético. Más allá de las éticas implícitas y de sus mutuos significados nadie puede fagocitarse a la forma y sus contenidos nadie puede introducirla en sí misma y definitivamente sumirla tarde a temprano esta aparecerá de alguna manera "

ÚLTIMA CABALGATA DE “TURNER EL JUSTICIERO"

  

Susana, ella, detiene el funcionamiento de la máquina lavaplatos, se da vuelta y con un gesto me señala el reloj que está sobre la pared.

Trago el último bocado y corro a encender el televisor que está en la habitación justo a tiempo, como todos los días desde hace más de un año desde que ella me lo regaló para usarlo delante de la cama.

Para que seamos más felices, dijo.

Es la hora y aparece el título en la pantalla "Turner el Justiciero", que junto a la música de fondo me hacen vibrar.

Y por cierto que soy muy feliz con este aparato. Creo que me salvó del sicoanalista. Una buena inversión. Vaya que nos hizo bien este aparato.

Porque "Turner el Justiciero" está allí delante de mí, moviéndose con soltura, dueño de la situación. Susana pasa delante de él como una sombra. Turner, acodado sobre el mostrador, habla con el barman y le dice "ella me espera en la colina de los garañones". Mi corazón palpita en contrapunto con la respiración.

Susana sigue pasando delante de la pantalla.

Le hago señas para que se quede quieta.

Me mira sonriente y desaparece por la puerta del baño que está al costado del mostrador.

Turner gira la cabeza y mira hacia el baño y luego hacia la entrada del salón. Está de buen humor, sonríe desde el borde de mi cama. Yo también sonrío. El último capítulo siempre es el mejor, el más emocionante. Todo se va a decidir pronto. En realidad, estoy preparado a conciencia para recibirlo en toda su magnitud emocional. Pero Susana, ella no debe distraerme, debe comprender todo esto y quedarse quieta, callada.

¡Qué nervios!

Me introduzco con suavidad en la cama sin apartar la mirada de Turner que se dirige hacia una mesa que está al lado de la cama. Debo concentrarme más y más. Hace una indicación a los que juegan póker en una mesa vecina y éstos lo miran con admiración. Se sienta de costado, y enseguida llegan una botella de licor y una chica que se acomoda sobre sus rodillas. Los detalles - allí está la cuestión - no se me deben escapar.









            Debo concentrarme y observarlo todo. Mis miembros se ponen tensos, dispuestos a la acción.

La mesa donde juegan está casi delante de mi cama. Turner, algo hacia un costado. Susana sale del baño y pasa casi desnuda entre ellos. No debo permitir que me distraiga. Turner estira un brazo y atrae otra chica sobre sus rodillas. Yo estiro el mío y atraigo a Susana que entra en la cama con un murmullo y se ubica a mi lado. Turner se ubica a otra chica sobre sus rodillas.

Soberbio, no siente el peso de las mujeres. Pero es evidente que se aburre porque su mente está en otro lugar lejos de allí. Los de la mesa juegan con cara de póker. Él se aburre, mira cansino a las chicas, les guiña un ojo, les sonríe, pero esa sonrisa es melancólica.

Le guiño un ojo a Susana y le sonrío tratando de imitar esa melancolía de Turner.

Todas las mujeres se muestran felices de estar con nosotros. ¡Qué postura! Ellas lo besan. Susana me besa y luego él se levanta, mira a todos los del bar a manera de saludo y sale. Susana me retiene porque estoy saliendo de la cama.

Ya en la calle, el Justiciero se abre el saco y descubre sus revólveres de cachas nacaradas. Susana se ríe y dice que no la destape.

Camina hacia el caballo y éste mueve nervioso las patas al verlo.

Susana mueve sus piernas.

Mis nervios empiezan a erizarse. Desde una puerta, una chica muy rubia y casi adolescente lo saluda rumorosa y alborozada. Susana juega no sé con qué y no para de moverse. Turner le sonríe a la chica y  Susana pregunta por qué yo le sonrío a ella. La chica corre y lo abraza, lo besa y lo estruja. Él corresponde con gentileza y la aparta con suavidad. Aparto a Susana que me está besando pero ella se resiste.

¡Que no me distraigan, por favor, van a arruinar todo!


Mis nervios no resisten más. 

¡Son tan torpes que no entienden cómo son las cosas! No ven que Él tiene la mente fija en la colina y yo también. Que hacia allí debemos ir porque nos esperan. Que nos están esperando desde hace mucho tiempo. Vamos Turner, no les hagamos caso, subamos al caballo y cabalguemos. Vamos que quiero ver esos músculos tirantes y sudorosos brillando bajo la luna que ya aparece por detrás de la colina.


¡Ah, sentir corcel y jinete como un solo ser, como un centauro restellante!

Arriba, Justiciero. Dé ese salto magistral sobre el caballo amigo. Y Turner salta como un acróbata y cae elástico y etéreo sobre la montura. Salto. Susana ríe y grita que no la aplaste.

Maestro de las praderas, muéstrame una vez más tu arte de jinete inagotable. Cabalga. Cabalgo. Por fin comienza la ansiada cabalgata. Ahora sí, ahora estoy bien.

El corcel y Susana resoplan debajo. Mis músculos están tensos pero libres, plenos. Ya nada nos puede distraer.


                ¡Vamos hacia la colina, vamos!

Galope largo y tendido hacia el lugar de encuentro.

Maestro, me has enseñado todo lo que sé, has terminado con tus rivales y yo con mis miedos estúpidos. Ahora sí estamos vos y yo solos como queríamos.

Y el seco tronar de los cascos repica acompasado sobre éste mi corazón agitado. Maestro, nos espera un plenilunio, corramos.

Susana ya no se ríe. Siento sus músculos duros y suaves acompañando el movimiento. El saco del Justiciero ondula por el viento. Las sábanas recorren mi cuerpo como si volaran. ¡Que el páramo nocturno nos observe! Los ojos del caballo y los de Susana, casi desorbitados, miran hacia delante hipnotizados. Las paredes del cañón y de la habitación pasan a nuestro lado veloces y allá en el fondo la colina, nuestra colina y la luna alta y luminosa.

Maestro, lo estamos logrando, ya falta poco para alcanzar la cima donde nos espera nuestra amada. La pantalla destella, la habitación destella mientras recorremos el último tramo de camino.

Tanto tiempo, Justiciero, que te sigo a toda partes sin perder un solo detalle, pero ya estamos por alcanzar la cumbre. El corcel y Susana resoplan resplandecientes de sudor heroico. Ya se ve a la amada tendida sobre la hierba húmeda.

Recorremos los últimos tramos como una luz, con el corazón y el cuerpo desenfrenados pero desbordantes de gloria. Y la amada levanta su hermosa cabeza al ver al Justiciero y lo llama. Éste detiene el caballo de golpe y yo hago lo mismo con el mío. Susana resopla y el corcel de Turner también. Entonces se encorva desde lo alto de la montura y besa a su amada agradeciendo la espera y yo la beso a Susana que me agradece todavía agitada y feliz.

En el silencio de la noche se sientan abrazados sobre un tronco caído y contemplando la noche, la luna.

Lo mismo hacemos. Susana, mirando la pantalla plateada del televisor. La amada se duerme entre los brazos del Justiciero, Susana entre los míos. Las depositamos con cuidado al lado nuestro y quedamos mirándonos en silencio. Entonces, en ese instante, casi estalla mi corazón vapuleado.


¡Turner levanta su brazo y me saluda!

¡Hasta la vista!, me dice y allí todo se termina.

Lentamente esa hermosa sensación de felicidad compartida va desapareciendo, empujada por una rara sensación de carencia, de algo de vacío.

Me levanto tratando de no despertar a Susana y apago el televisor. Quedo sentado en la cama y acurrucado empiezo a sentir todo el peso de ese silencio negro.

¡Maldito seas, Turner! Cómo podré dormir si sé que mañana no vas a estar aquí con nosotros, ocupando esta oscura y fría habitación.

Pero el llanto me desborda y ya nada puedo pensar. Lloro en silencio y luego enciendo otra vez el aparato.

             No hay nada, nada. Sólo el brillo metálico y luminoso de la pantalla vacía, allá en el fondo de ese subterráneo de sombras amenazantes en cuyas paredes resaltan los retratos macilentos de todos los héroes que se han ido.

Quedo temblando, y miro fijo esa luz que se aleja lenta pero inexorable hasta transformarse en una luna lejana, allá, sobre la colina vacía.


 Julio César Azzimonti