“Nos abrazamos con la palabra nos protegimos con la poética del humor y la complicidad de la visión Por favor qué más…” De In memoriam A Humberto Rivas J.C.Azzimonti
“En cada persona, en cada grupo, hay un símbolo, un signo, un código estético. Más allá de las éticas implícitas y de sus mutuos significados nadie puede fagocitarse a la forma y sus contenidos nadie puede introducirla en sí misma y definitivamente sumirla tarde a temprano esta aparecerá de alguna manera "

EL HOMBRE QUE PERDIÓ SUS GLÁNDULAS ROZÓ EL INFINITO Y PISÓ EL HORIZONTE

  


                                                       “En cada persona, en cada grupo, 

                                            hay un símbolo,  un signo, 

                               un código estético.

                                                     Más allá de las éticas implícitas 

                                                                                    y de sus mutuos significados 

                                                                                         nadie puede fagocitarse a la forma

                                                                                         y sus contenidos 

                                                                                         nadie puede introducirla en sí mismo

                                                                                   y definitivamente sumirla 

                                                                                   tarde a temprano esta aparecerá

                                                                                   de alguna manera " 


Ese que está allí, Evaristo Piedras, que desde hace unos días padece fuertes trastornos generalizados, decidió consultar con el médico sobre su problema. Escuchemos in ya comenzada conversación entre el hombre y la bestia, entre Evaristo y el médico: 

—Sí, entiendo perfectamente. Entonces Ud. opina que debo dejarlas en la clínica para que se haga un reacondicionamiento general. Bien. ¿Qué horario? A las 15 horas. Si, esta misma tarde. Gracias. 

Colgó lentamente el teléfono y se quedó largo rato mirando sus manos. Las palmas de sus manos, largas y oscuras, oscuras y largas, y oscuras… Y largas,...sus manos oscuras... 

Media hora antes de la hora indicada salió. Dejó atrás su casa y los pasos que fue dando. Camino mucho más lentamente que de costumbre, así lo había decidido antes de salir a caminar lentamente y no detenerse, para no detenerse. 

En la marcha, lenta, recorría con su mirada todos los lugares donde podía ubicar formas redondas, curvas y ovaladas. Así lo había decidido, porque así lo sentía. 

Las vías del ferrocarril, cortaron momentáneamente su ejercicio. Miró a su izquierda y desde la amarillenta y destartalada casilla, apareció una bandera verde. No pudo ver la cara del guardabarrera; los sucios vidrios lo impedían. Muy pocas veces había observado con detenimiento ese lugar, quizás nunca, y menos aún al hombre que trabajaba dentro. 

Exactamente a las 15, llamó con el timbre en la puerta de la clínica. Automáticamente se abrió la puerta. Automáticamente entró. Automáticamente apareció la empleada. 

Por quién viene —Le preguntó sin ningún protocolo con gesto tangencial. 

Doctor Lo Presté— respondió Evaristo, también fríamente. 

Ah sí Doctor Lo Presté. Venga, siéntese en este sillón y espere. 

La sala era larga y angosta, sin ninguna puerta. En el fondo y frente a él una ventana mostrador. En la mitad del salón hay un escritorio. Hacia él se dirigió y en él se sentó la empleada. Instantáneamente sacó de uno de los cajones un frasco sin tapa y a medio llenar, con un líquido cristalino que podía ser agua, alcohol o veneno o simplemente nada. 

Evaristo se quedó mirando el frasco, quizás porque era lo único que se movía con cierta vivacidad allí adentro. 

Cuando levantó la vista del frasco para hacerla deambular por otros lugares, vio con gran asombro que en la ventana mostrador había un hombre que lo miraba sonriendo. Instantáneamente se imaginó un cuadro estúpido, creado por algún empleado de la casa, y también sonrió. Pero su asombro fue mayor cuando el hombre, que ahora le parecía de boca grande, se largó a reír fuerte y entrecortado en crescendo, semejando una hiena, sin parar, sin respirar. Su cara, que ahora sí identificó con una boa, comenzó a ponerse roja azules sus orejas. 

La sonrisa que al comienzo esbozara Evaristo, se diluyó en una mueca fría y flácida. Y eran tan fuerte el ruido de esa boca descomunal, que el corazón comenzó a latirle con fuerza, sin piedad. El hombre boa seguía riendo como cien hienas, como miles de hienas. Él quedó paralizado en el sillón, con miedo y estupor, sin siquiera mover los párpados. 

La boa abría su enorme boca y los sonidos que de ellas salían golpeaban las paredes cien mil veces, millones de veces rebotando como pelotas acústicas. Los decibeles se arremolinaban como tornados en el fondo de la sala, convulsivamente y como catapultados por un poder sobrehumano, se lanzaban contra sus oídos, contra su cuerpo. Lo penetraban como un cuchillo a un pan de manteca, despiadadamente. Entraban por la boca, por los ojos, por los poros, por los oídos, por el ombligo. Vibraba el suelo y el cielorraso navegaba en una borrasca atormentadora. El estómago empezó a dolerle hinchado de sonidos y herido por semitonos y en in boca, angustiosamente abierta palpó el indefinido gusto de fusas y corcheas, mientras sentía con dolor acústico, que dos gruesos árboles entraban y salían por sus oídos, abiertos como valvas. 

Pero si bien todo su cuerpo era castigado, noto que lentamente su cerebro se recuperaba del shock inicial. La confusión se iba disipando, lentamente. Solamente percibía sensaciones físicas, sin dolor y sin sufrimientos, Como si fuera frotado por medusas. 

Pero no se podía mover. Por alguna razón a su cerebro no se le ocurría ordenar a sus músculos. No se podía mover. Estaba totalmente paralizado. Parecía que su torrente sanguíneo, su fluir, el caminar de su sangre, se había detenido en el tiempo y en el espacio. Sólo su cerebro funcionaba, tenía lucidez. La boca del hombre boa o de la boa hombre, seguía creciendo, aparecía enormemente grande, descomunal; ocupando toda la ventana, moviéndose sin parar. Pero su razón estaba decididamente cercada. 

Notó que todavía podía mover los ojos, es decir solamente los globos oculares, y los dirigió hacia el escritorio de la empleada. Esta seguía con su trabajo, como si en ningún momento escuchara algo del infierno de sonidos que provocaba el que estaba en la ventana. Pero más le llamó la atención el franco. En el bullía el líquido que contenía, más aún, navegaban en su interior cuatro corpúsculos de color marfil y nácar. Subían y bajaban alternativamente, pero sin orden. Como en una danza bailada por jabalíes, subían y bajaban, bajaban y subían. No podía quitar los ojos de allí. Subían y bajaban, sin orden sin lógica. Marfil y nácar. Creciendo, lentamente creciendo. No los veía crecer, pero percibía el cambio de volumen. Y su mirada estaba fija como atada al frasco, atada por cadenas invisibles. Los sonidos seguían envolviéndolo como una cáscara, aplastando su razón contra los rincones de su conciencia. Subían y bajaban, marfil y nácar creciendo, lentamente creciendo, moviéndose, danzando en el frasco, subían y nácar, bajaban y marfil; bajaban y marfil, marfil y subían, subían y nácar y creciendo siempre y una sensación de vacío, de que algo lo estaba vaciando, de que le faltaba peso y la danza de los corpúsculos seguía inexorable. Y el vacío, el vacío de su cuerpo. Sentía que lo único que le quedaba eran un poco de razón. Toda una razón y sin cuerpo. Y no podía moverse y no podía mirarse. Las cadenas tiraban de sus ojos al frasco, Razón sólo razón, un puñado de racionalidad y nada más y la visión del espectáculo del frasco, los corpúsculos, que subían y bajaban, creciendo. 

¡Señor, Señor! 

Cómodo hubiera hecho con la más hermosa naturalidad, se levantó y fue al escritorio, desde donde lo llamaba la empleada. 

—Ya está, salió bien. Ud. tiene una sensibilidad enorme. Costó trabajo, pero ya terminó. Estas son sus glándulas-dijo señalando con su mano el frasco donde flotaban los cuatro corpúsculos. 

Evaristo quedó extasiado mirando sus glándulas. Ella también estaba abstraída en lo mismo. 

Un ruido fuerte del lado de la ventana mostrador los sobresaltó. El hombre de la ventana, el de la cara de bon, había caído bruscamente hacia el lado de afuera. 

—Qué le pasó—Preguntó preocupado Evaristo. 

—No se preocupe Sr., debe estar agotado. 

Una voz, desde el interior de la ventana gritó: 

—¡Está muerto! ¡Está muerto ¡Está bien muerto!

La empleada lanzó un gemido y corrió hacia el lugar. Él la siguió; siguió sus pasos, su carrera; se desplazó detrás de ella. Sin prestar más atención a sus glándulas dentro del frasco, la siguió. 

Ella se lanzó desesperada sobre el cuerpo del hombre caído y aplastó el oído derecho

 sobre la zona cardíaca. 

—Está bien muerto sollozó desconsolada. 

Evaristo tembloroso y con temor, le tomó un pie al hombre y en voz muy baja corroboró el diagnóstico. 

—Sí, está muerto. 

—Era mi padre. "hace 25 años que hacía este trabajo" dijo ya de pie y mirando el guiñapo humano, retorcido y duro, desparramado a sus pies. 

Lloró por varios minutos. Mientras la voz que había advertido la muerte del hombre, más otras que se le sumaron, entonaban una grotesca, sin solución de continuidad. 

Piedras aprovechó para observar al hombre caído y comentó en voz alta. 

—Sí, realmente no parece ya una boa. Ahora tiene cara de topo, aunque su boca sigue pareciendo grande. Realmente muy grande para la cara. 

El cuerpo totalmente desnudo, mostraba una piel reseca y acartonada, sobre la cual lentamente se iba enroscando una hiedra, a cara maltrecha por años y años de gritar desaforadamente. 

—Cállese, era mi padre dijo sollozante. pa. Venga.

Fueron hasta el escritorio. En el fondo se seguía cantando la marcha, ahora mejor entonada, pero siempre sin solución de continuidad. 

—Sus glándulas quedan acá, hasta el día 12, es decir dentro de trece días. Tome este comprimido compensador y venga exactamente el día indicado, a las 15 horas, como siempre. Nosotros atendemos siempre a esa hora. —Su voz se cortó y mezcló con un acceso de llanto. Pronto lo dominó.

—No se olvide, puede ser grave. Ya perdí a mi padre, no quisiera perderlo a Ud. 

—Ahora baje la cabeza. 

Evaristo accedió al pedido y ella lo besó en la frente con cariño. 

—Dios lo guarde-dijo suavemente. 

Evaristo Piedras, sin glándulas, compungido, angustiado y sintiéndose todavía vacío salió cerrando suavemente la puerta, mientras todavía escuchaba las voces entonando la marcha, cada vez mejor.