“Nos abrazamos con la palabra nos protegimos con la poética del humor y la complicidad de la visión Por favor qué más…” De In memoriam A Humberto Rivas J.C.Azzimonti
“En cada persona, en cada grupo, hay un símbolo, un signo, un código estético. Más allá de las éticas implícitas y de sus mutuos significados nadie puede fagocitarse a la forma y sus contenidos nadie puede introducirla en sí misma y definitivamente sumirla tarde a temprano esta aparecerá de alguna manera "

Nacimiento del hijo del Director General de la fábrica de automóviles

Uno de los médicos, con manos temblorosas, depositó suavemente el pequeño cuerpo del recién nacido sobre la mesa. Eran las 12 del día y había nacido el hijo del Director General de la Fábrica de Automóviles. El sonido de las sirenas de las fábricas lo estaba anunciando. 

Dentro de la sala de partos los cuatro médicos observaron con nerviosidad cómo el pequeño cuerpo comenzaba a azularse rápidamente. Se miraron entre sí y sin moverse. Un inesperado y profundo miedo los había paralizado. El miedo que llegaba con el sonido de las sirenas de la fábrica. El sonido que venía de allá, el temblor, la transpiración, la carencia total de ideas. 

De pronto, el médico más joven, el que se había integrado a último momento al equipo, se dio una palmada en la frente y salió corriendo de la sala. Los demás no movieron un solo músculo. El terror había caído sobre ellos, mientras el niño se transformaba en una mancha violácea y resplandeciente. La posibilidad de la muerte había encadenado sus pensamientos. 

El ruido de la puerta al abrirse violentamente, hizo que los tres al mismo tiempo giraran sus endurecidas cabezas. El que había salido entró llevando en sus manos un frasco en cuyo interior se agitaba un líquido de color amarillento. Manipuleando  un gotero extrajo parte del líquido. Introdujo la punta en la boca del recién nacido y apretó la perilla. Dos, tres, cuatro, cinco veces repitió la operación ante la mirada cristalizada de los otros. 

Los minutos pasaron mientras las sirenas seguían lanzando sonidos aullantes. 

Lentamente los pequeños labios comenzaron a moverse: primero temblorosamente, luego en actitud de succión. 

Los médicos que habían percibido percibido el desastre de su futuro profesional y otras calamidades, se miraron y comenzaron a sonreír. Luego se abrazaron y besaron, y palmotearon al joven que no conocían, pero al que ya mucho debían. 

El bebé había parado sus dos bracitos en forma casi vertical, apuntando al cielo. Los médicos, olvidados por la confusión y su alegría interior, miraron al recién nacido y por primera vez se dieron cuenta de que éste no había llorado, aunque el color azulado había desaparecido de su cuerpecito. 

Se arrojaron sobre él desesperados y nuevamente nerviosos. Después de hacerle todo tipo de pruebas totalmente sin resultados y otra vez con sus caras descompuestas de miedo, los tres médicos miraron suplicantes al más joven. 

Era la primera vez que lo veían allí, en el hospital, pero este detalle no les importó mucho: lo habían enviado de la planta fabril con nota expresa de la Dirección General y eso era suficiente. 

El joven se quitó el guardapolvos con agilidad y se dirigió hacia el bebé. Tomó uno de los bracitos, el derecho y con movimiento rápido y seguro llevó el miembro de la posición vertical en que se encontraba, a la posición horizontal del cuerpecito. Una y otra vez, bajó y levantó el bracito, intercalando esta operación con introducción de gotas del líquido amarillento. 

El niño, ahora totalmente rojo y vital, comenzó a emitir pequeños sonidos. Luego sí, brotaron con fuerza y firmeza hasta hacerse cadenciosos y rítmicos. 

El que operaba sobre el niño miró a los tres médicos y les sonrió. Estos nuevamente se abrazaron y palmotearon, agregando el baile a su explosiva alegría. 

Pero fue en pleno festejo que los sorprendió la verdadera característica del llanto del niño. El primero que se dio cuenta de este fenómeno, con grandes ademanes se lo comunicó a los otros. Estos, deteniendo sus bailoteos, miraron con ojos enormes e incrédulos al que había salvado al bebé. 

 —El sonido es perfecto y cadencioso, expresa un funcionamiento de la más alta calidad, como era de esperar—dijo sonriendo y mirando al niño. 

Pero uno de los tres médicos, señalando con el dedo a la criatura gritó: 

—¡Es un monstruo, un monstruo..., no puede ser humano ¡Dios mío, que no se muera..., por favor!

—¡Qué está diciendo, doctor! ¡Es el hijo del Director General y es magnífico—dijo el más viejo de los tres, además es un interesantísimo caso. 

—Es cierto, es cierto —asintieron los demás repentinamente convencidos. 

—Es un magnífico y extraño bebé. Puede estar su padre contento. Seremos sus médicos de cabecera. ¡Aplaudamos este nacimiento! 

Pero los sonidos que emitía el recién nacido taparon con su fuerza creciente las exclamaciones entusiastas de los médicos. 

El joven que había salvado al bebé, lo levantó con delicadeza entre sus brazos y salió de la sala de partos. 

Los restantes vieron y escucharon cómo se alejaba el niño, emitiendo el ruido exacto y típico de un automóvil de carrera de la más fina construcción. 

El hombre y el niño se alejaron. La camisa del que lo llevaba, tenía en su espalda la inscripción: "Técnico Mecánico Especialista en Carburación Fábrica de Automóviles". 

Dos enfermeras, que se cruzaron con el que transportaba al hijo del Director General, se miraron sonrientes ante los rum-rum que lanzaba el bebé. Luego se pusieron lívidos sus rostros y cayeron desmayadas. 

En la sala de parto el médico que parecía el jefe de los tres ordenó a los otros dos: —Guarden ese frasco de nafta. El olor está por hacerme vomitar! 

El que llevaba al niño salió del edificio y se dirigió hacia un hermoso coche celeste, especialmente decorado. Colocó el pequeño cuerpo frente al volante en una cuna que allí había, encendió el calefactor y fijando los controles en el punto: "Directamente


Julio César Azzimonti