“Nos abrazamos con la palabra nos protegimos con la poética del humor y la complicidad de la visión Por favor qué más…” De In memoriam A Humberto Rivas J.C.Azzimonti
“En cada persona, en cada grupo, hay un símbolo, un signo, un código estético. Más allá de las éticas implícitas y de sus mutuos significados nadie puede fagocitarse a la forma y sus contenidos nadie puede introducirla en sí misma y definitivamente sumirla tarde a temprano esta aparecerá de alguna manera "

EL LUGAR HUMANO

 EL LUGAR HUMANO


cuando las luces dirigidas al ensueño

se aferran al escenario

y las sombras se esfuman sobre el resto humano


cuando luces sombras y ensueño

bordonean la ansiedad y la memoria

   algo está por ocurrir


en la oscuridad expectante de los ojos

sólo ellos se inyectan de luces

abriendo con desmesura sus pupilas de oro

   algo está por ocurrir


la palabra dulce o despiadada

no deberá aparecer todavía

no deberá aparecer ni el gesto

ni el movimiento

sólo el fotograma espléndido

de la escena abusando de su fuerza


paredes floradas desplegando

simulacros

permanecerán erguidas

hasta un final lejano


sobre las tablas en este lugar

sin límites

los personajes salidos del papel

se miran congelados

esperando nuestra orden del alma


voy recorriendo sus perfiles

endurecidos

tocándolos con las yemas de mis ojos

temblando de presagios

  ¿qué va a ocurrir?

estos actores con panzas y oquedades

se mueren todas las noches

para renacer


estos actores hinchados de emociones

buscarán cuando se muevan y remuevan

empujarnos  hacia adentro de la caverna

¿qué va a ocurrir?

pronto se juntarán en escena

ebrios de deseos

colocando máscara sobre máscara

hasta engañar nuestros sentidos inflamados



cuando se muevan en este lugar

sin límites

brotarán cuervos y magnolias de sus rostros

para emerger en onirias

y retratos interiores sepultados


cuando hablen con silbos y guturas

desgarradas

estallarán las censuras violáceas

y el antiguo sueño del hombre

dejará de ser una sombra 

en las paredes de la caverna

la vieja conciencia con su guardián de granito

abrirá sus alas de buitre utilero

y se lanzará a comernos el hígado y los plexos

¿qué va a ocurrir?

cuando tornes al movimiento y al gesto

en esta caverna crepuscular

aparecerá el cruel fantasma de Esquilo

con su bolsa de símbolos y escarnio

acelerando el aire y las cabezas


alguien 

quizás alguno de ellos

se sentará a una mesa traída del misterio

cargando de alcoholes el silencio

y comenzará el hartazgo sensorial


hay una música enredada en las cosas

cuando tantas cosas

se yerguen formando deslices claroscuros

y barreras de luz

¿qué va a ocurrir?

alguien alguno de ellos todos a la vez

desencadenarán un tortuoso drama sin final

sin embargo todos morirán

ahogados en palabras de almacén


serán incestuosos parricidas?

¿o brujos malolientes y fugaces

bajo su mascarada de capas y polvos?


hay un divino río torrencial

empujándonos hacia ellos

aún antes del gesto

o la palabra timbrada


hay un furioso torrente de caballos

recorriendo este agujero de carne pulsátil


hay un estremecimiento 

del pecho endurecido empujándonos

hacia esa flor carnívora 

untuosa y fija en el ojo estupefacto


¿qué va a ocurrir en este escenario

de sueños perpetuos?


estos actores morirán para renacernos

para agitar el demonio energético

de la tragedia y el drama

del amor o el odio eterno


van a remover capas y capas

de dolores brutales

y alegrías destellantes

hasta llegar al sólo dolor

a la solitaria alegría

al paraíso perdido en la chatarra

al núcleo en llamas

de la vida y la sustancia

cuando tornen al movimiento y al gesto

a la palabra y al signo

en esta vieja comuna teatral

actuantes y actuados 

con sus rostros de polvos y carmines

estallarán como reyes

en ruedos de caricias y golpes

en rituales y juegos 

en gemidos y libertades

en laberintos y adulterios

en frutos carnales

y en una ternura piadosa

destruyendo 

el cristal del pensamiento

y las voces de mando

de la razón armada


cuando las luces

dirigidas al ensueño

se aferren al escenario 

en esta comuna teatral

en este lugar sin límites

algo

quizás un espasmo de la vida

tendrá que ocurrir.


Julio César Azzimonti 


VIEJO CONDE DARK

                                                                                   Vasto lago de sangre me rodea

                                                                                    Y ya me da lo mismo

                                                                                     Volver atrás que seguir avante

                                                                                                                                                                                  MACBETH



                      El escenario:…


El conde magnífico vestido de negro leviatán

come tortilla rumana de papas brotadas

 come aceitunas negras con hongos de la cripta

come morcilla de venado con membrillo bebiendo su elixir:

vino con sangre de  mancebos guaraníes                                                                                                                                   

en la pared escarlata un corazón real palpita

marcando las horas con sus latidos

las horas de los siglos

los pliegues de los milenios

hasta la contracción de la materia

en espléndida energía


en tanto trata de explicarle algo    

a su nueva conquista encendida

preparando orfebre exquisito

su tránsito a la inmortalidad


velas  por doquier y un fuerte olor                                                                                                  

 a  sebo y humedad en el alma del castillo


afuera brotando de los muros

sibilantes  las gárgolas de cristas y leyendas

cuidan a su amo de la maligna curiosidad

de las civilizaciones mortales


 Los personajes:…

dice:   lo mío señora es alma por alma

           garganta a garganta

           colmillo a colmillo

           ni lunas metálicas escenográficas

           ni triller filosófico

           ni lavado de sangre aria

           ni escarnio religioso en misas

           de carne y sangre

           es mi señora un rito carnal

           donde transfiero mi eternidad

           en  un acto de atracción feroz

           guiado por el perfume de los glóbulos

           que encienden llameantes mi paladar

           es un grito de vida de mi especie

           mi señora

           si yo no existiera no habría mortales

           y sin ellos este que está a tu lado

           sería una abstracción

  

           somos dos especies opuestas y necesarias

           que deben continuar juntas

            y vos mi señora amadísima elegida

            sos una flor carnívora mortal

            que atrae mis colmillos de seda y puñales

            hacia ese cuello de carrara y vino tinto sagrado


            eso si mi señora dispuesta a recorrer las eras

            en este acto de amor

            lejos de las crueles estacas civilizatorias

            y las plebeyas cadenas de ajos

            sólo vos y yo en el cofre

            donde la noche es luz eterna

            sólo vos y yo exquisitos

            floreciendo en el rojo mar de todos los tiempos


            Un conde

            No puede dejar de ser

            bizarro


COMO FRAGMENTO DE UN CONOCIMIENTO DESCONOCIDO…


En un momento quizás único…una imagen furiosa…destellante…se impone

irrumpiendo en nuestra memoria fijándose firme

por fuera de la razón cristalizada

Los ojos brillan sorprendiéndose…

Bella y desconocida intuición

que habita la intemperie

de las asociaciones libres

caleidoscopio caótico funcionando 

en la conciencia profunda inextricable

imagen ocupando todo el espacio

de nuestro espíritu

moviendo la mano y el lápiz

obligándonos a plantarla antes que se fugue…

en la soledad del espacio planimétrico...

ha nacido un nuevo ser:

                                             el boceto

                                              

                                      Julio C. Azzimonti


Independencia y libertad creadora o dependencia CULTURA POPULAR O CULTURA POPULISTA

 Independencia y libertad creadora o dependencia CULTURA POPULAR O CULTURA POPULISTA

Agencia La Oreja Que Piensa. Argentina. Por Julio Azzimonti 


 

Poseer la lengua y la palabra es tener la llave maestra de la cultura. Y en este punto, debemos profundizar la visión y hacer una diferenciación que es sustancial entre “cultura popular” y “cultura populista”.



Este es uno de los núcleos sustanciales del problema de la cultura actual y la acción del poder sobre y dentro de ella. La construcción de un país, es la construcción de su cultura. Y la destrucción de este, es la destrucción o apropiación y vaciado de la conciencia de esa cultura.



Consideramos que la cultura populista es y genera dependencia, en tanto que la cultura popular es y genera independencia y libertad creadora.



Una persona o grupo elabora algo y otros lo reciben, lo consideran, lo valoran: esto es una acción, un acto. Todo lo que se elabora, abstracto o concreto, siempre está dirigido a alguien, a otros que lo reciben, que lo interpretan a través de sus ideas, de sus valores, de sus vivencias, pero siempre “algo sucede”. Puede incorporarlo a su conocimiento o puede rechazarlo, puede usarlo o puede descartarlo, pero siempre algo sucede. Nadie hace algo que en algún momento o en algún lugar no afecte a otros y a uno mismo.



A la cultura la constituyen actos, acciones que se dirigen, voluntarias o involuntarias, a otros que son espectadores. Estos participan en forma activa o pasiva del acto. Es la característica fundamental del acto o acción cultural. El receptor (el público, el espectador) puede ser activo o pasivo, sujeto u objeto de la cultura.



Cuando en una comunidad las personas se comportan como sujetos activos, capaces de recibir, transformar, resignificar, reasignar, creando así otro acto cultural más amplio, estamos ante una cultura genuina y popular. Pero cuando las personas se comportan como seres pasivos, solamente receptoras, como recipientes vacíos que se los llena, incapaces de recibir y transformar, estamos antes personas o comunidades de características populistas.



La cultura de los pueblos debe ser un proceso activo, vivencial, manifestado por unos y revivido por otros, una conciencia que entrega sus contenidos cargados de valores estéticos y éticos a otras conciencias que en libertad los reciben, los incorporan reelaborándolos, o los rechazan.


La cultura popular es creadora y recreadora, valora sus tradiciones y sus vanguardias. Participa en sus tensiones, toma partido, discute y critica.

La cultura populista recibe y repite en forma mecánica y allí se agota. No emerge del acto nada nuevo, nada modificante o conmovedor, sólo iconografías y golpes bajos emocionales, quedando pasiva y vacía, insatisfecha y necesitando con compulsión más consumo, sin solución de continuidad. Aquí las personas son incapaces del esfuerzo de, no ya de crear, sino de recrear o de actuar de manera crítica.



Lo que es asumido de esta manera, lleva a la irrupción de valores artificiales y extraños que desplazan o descolocan a los propios, los fragmentan descomponiendo su unidad de sentido, los mezcla en categorías y prioridades distintas, hasta producir su reemplazo, destruyendo las bases de la capacidad activa y creadora.



En la cultura populista, los seres, las comunidades son inertes espectadores de la cultura que le es dada, provista, introducida, a través del sistema de consumo que dicta el mercado.



En la cultura popular, las personas, los pueblos, son actores, protagonistas malos, regulares o buenos de su cultura y de la inserción de esta en el mundo, desarrollando una conciencia real de su propio ser, se sus potencias y sus debilidades y un sistema de valores acorde con sus necesidades, basado en el esfuerzo personal y comunitario, que les permite elegir con libertad lo que les conviene tomar o rechazar de otras culturas para hacer crecer a la propia.



La cultura popular elabora su propio alimento espiritual, potencia su lenguaje y hace uso pleno de la palabra que oxigena y amplifica su comunicación y su conocimiento. Crea sus propias imágenes, su imaginería, sus metáforas, reconociendo la vitalidad de los claroscuros y su formidable fuente de energía artística.



“Todo el universo visible, no es más que un formidable almacén de imágenes y de signos. La tarea del poeta, del artista, consiste en percibir analogías, correspondencias que adopten el aspecto literario de la metáfora”. (C. Baudelaire)



La conciencia de un pueblo es su cultura trabajado y trabajando en una lengua propia.



Una cultura crítica donde la tradición sacralice, pero no congele, donde se persiga la preservación de símbolos, íconos y valores estéticos y éticos que no clausuren, sino que permitan su histórica renovación, su refresco cultural. Una tradición de actitud crítica y vital, que sea capaz de asegurar y conservar la capacidad metaforizadora y utópica de su pueblo, sus visiones y su imaginería.



Miramos y comprendemos al mundo desde nuestras imágenes, desde nuestras metáforas, desde nuestra lengua que no ni más ni menos que el vientre de la cultura.




(*)Periodista, escultor, poeta.


 


LEONARDO ENMARCADO

 Leonardo enmarcado observa desde la ventana:

la muchedumbre en gritos

lleva una mujer atada

a la que van a quemar


la visión detiene su conciencia

la perspectiva dispara la idea

llama y dice a sus discípulos

“De todas las soberbias de este mundo

la del ignorante es la peor

no reconoce límites

porque hasta los déspotas tienen alguno”


el anagrama de su tiempo

se agota en el escarnio

de un sueño perpetuo

en blanco y negro


Leonardo espadas en los ojos

ha entrado en el deseo despiadado

de su propia totalidad inabarcable

ha entrado en su alma

para dibujarla

entró en el tembladeral de la creación

partiendo de una estética

para construir su ética


en los ojos de Leonardo

allá en lo alto

enmarcado en la ventana

la bruja desde abajo

se mira confinada en su retina


Dice a sus discípulos:

“ De todas las soberbias de este mundo

la del ignorante es la peor

porque no tiene estética”


la muchedumbre aúlla

acercándole llamas a la pira


con la piel encendida

la bruja vitrificada

en las retinas de Leonardo grita insensible

al dolor:

“Vas a inseminar la Historia pero no a la mujer”

“Contale a tus discípulos

el horror de perder la luz”

“la ignorancia es un fresco

enorme de sombras”


Leonardo la escucha y piensa contrariado:

“el horror sigue siendo

la noche con una tela en blanco”


Llama a sus discípulos:

                        “les digo que la luz

                         es sólo un párpado abierto

                         un juego de sombras que escapan

                         dejando un hueco cálido

                         cuando hay tres lámparas encendidas

                         separadas por guiones de penumbras

                         son tres

 las sombras que buscan

                         escaparse de tu vida”.





                                                         Julio C. Azzimonti

ACERITO Libro completo y descarga gratis


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ACERITO



   Julio César Azzimonti

 



 




A Luciana y Celina

Nuestras hijas


A Vicky por compartir el mundo

































ACERITO



PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 1992








TERCERA EDICIÓN

 

DE AUTOR


                  Julio César Azzimonti




ILUSTRACIÓN DE TAPA


     Fernando Evangelista


































 Julio César Azzimonti







ACERITO







































 






 

EL TIEMPO, ESE ASESINO...

 



No hay recetas para el abordaje de una obra literaria pero sí hay que llegar con una inevitable

precaución: no hay signos inocentes. Una coma, un adverbio, un signo de interrogación puede

tener- y de hecho lo tiene-un peso decisivo en la apreciación de un producto literario. Ningún

signo está por estar, la literatura ignora lo superfluo. Esto es lo que decreta el fin de toda

inocencia en todo signo.

En el abordaje de “Acerito” de Julio César Azzimonti, en el tiempo presente que emplea en su

escritura veo un núcleo de significación. Una aclaración: el pretérito es el tiempo verbal, preferido

de la literatura desde… Desde los comienzos de la novela podría decirse “En un lugar de la Mancha

de cuyo nombre no quiero acodarme, vivía tiempo ha…”

¿Cervantes hizo cundir el ejemplo para siempre? La afirmativa sería apresurada porque antes

del Manco ya había novelas (su genial creación es, precisamente, la reacción contra determinadas

novelas lo que nos lleva a concluír, forzosamente, que el Quijote no es nada más que una

ficcionalización de la crítica literaria) y también porque el pretérito es el tiempo verbal de toda la

literatura de Occidente. Se entiende porqué. Es un tiempo que se impone casi por si mismo,

puesto que el pasado es cosa juzgada, entrega su final, puede tenerse perspectiva sobre él,

adquirir distanciamiento, se conocen todos los detalles. El narrador de "Acerito” eligiendo el

presente como constante de su escritura, contempla y escribe en el mismo momento de su

contemplación. Ignora lo por venir; cuando el acontecimiento llega, lo recibe con la misma

sorpresa y el mismo estupor de su lector. Pero a esta altura advierto un desfasaje porque yo, lector,

recibo el acontecimiento después de la contemplación y la escritura: el pretérito vuelve a

recobrar su carácter de inevitable. Un eterno tiempo presente es sólo posible en la escritura

dramática; en el teatro siempre es ahora, pero se logra por medio de un supremo artificio: los

actores son los narradores, la escritura desaparece. Un dramaturgo es esto: un escritor que se

resigna a morir en el mismísimo momento en que los otros (ese aterrador otro que se llama

público) conoce su acto de escritura. Toda obra de teatro es una necrológica del que produce el

texto, ese texto sin el cual no hay teatro. El artificio, como se ve, es supremo pero también

participa de lo atroz.

Azzimonti no quiere matar su acto de escritura que es “Acerito”. Su prosa dura y ascética (nada

que ver con la “Escritura blanca” tan zarandeada por los estructuralistas y por zarandeo entiendo

celebración y teoría; sí me obligaran a encontrarle un antecedente lo buscaría en los mejores

momentos de Benito Lynch) logra esa espontaneidad que únicamente se alcanza después de

largos burileos. Azzimonti desecha a lo que tradicionalmente se llama belleza verbal. Su novela se

desarrolla en relatos que pueden leerse independiente uno del otro (y en los que hay lugar para lo

admirable: “Pidiendo pan a las seis y media de la tarde”) pero que en ningún momento se separan

de la organización de la peripecia. Habíamos quedado en que yo, lector, leo después que el

narrador, en tiempo presente, eternizó el acontecimiento. Hay más: en el cierre del libro,

bruscamente, Evaristo (el Narrador) nos dice que han pasado quince años desde “Acerito” (el

relato inicial); ya leyendo “pidiendo pan…” nos habíamos enterado que los personajes estaban en

la adolescencia, no en la infancia del comienzo. Sí asistimos a una pericia de años, ¿Por qué,

entonces, a todo lo largo del libro, el tiempo presente?

En estas páginas finales, Evaristo emprende un viaje en ómnibus a Balcarce en busca de tiempo

perdido. Quince años atrás, allí, en el campo, contempló los atardeceres más rojos de su vida,

fumó su primer cigarrillo, indirectamente provocó u incendio u, sobre todo, allí estaba Renata, la

niña que le develó el perturbador misterio de las diferencias del hombre y la mujer pero alguien

subirá al ómnibus y dirá “Esto en un asalto” y después de consumarlo huirá en un auto que lo

espere. Hay niebla. Un camión atropellará al auto fugitivo el asaltante muerto es el Tape, el amigo

que le devolvió al Narrador la bolita de acero; el Tape, cuyo hermano era boxeador y era su héroe

pero ese héroe un día se vino abajo como una estatuilla de pan mojado. Los ocupantes del camión

son los otros dos amigos. Fito y Blas ¿Qué tiempo quiere recuperar Evaristo? Ahora sí, el Narrador

hablará en pasado: “Su voz se pierde en la inmensidad de ese campo, en la inmensidad de ese

campo silencioso”(Evaristo se está refiriendo al Tape y no dice este campo, este campo que me

circunda y que contemplo ahora sino ese, un campo que está lejos). Y si prosigue: “…porque

habíamos estado juntos, pegados, mojados… No hubo, no hay un límite… lo borramos cuando

peleamos por un acerito… No supe, no pude escuchar tus gritos…”

El tiempo presente era, para Evaristo, la aboliciòn de todo tiempo; hablo de mi infancia y mi

infancia está presente todavía, yo no tengo la culpa si los hombres inventaron el tiempo, el de los

rejes y el de los verbos. Después de quince años rodeado de niebla y de campos infinitos, por

medio de los otros (el Otro, el Otro, siempre el Otro), supo que a él también el tiempo lo había

desquiciado; la conquista del tiempo ya no era posible y admitió, sin leer a Borges, con la misma

melancolía, con idéntica congoja, que el “El tiempo me desgasta, incesante”. ¿Qué me queda sino

emplear el pasado?

“Acerito” no es la historia de una infancia. O mejor dicho, la evocación de la infancia le sirve a

Azzimonti para catapultar (y catapultarnos) al verdadero tema de su libro que es el fracaso. De

chicos, la felicidad no asalta a cada momento, como un gato que juega. Allá, en un horizonte

lejano y luctuoso, aguardan la renuncia y el fracaso. Y cuando las ambas cosas estén aprendidas,

tal vez la felicidad, de a ratos, como a destellos, aparezca. Mi cuerpo, triste carne desgastada,

quizá vuelva a danzar. Pero ya no me será posible negar el tiempo.

“Acerito” es un libro riguroso y conmovedor cuya escritura reclama lectores activos que ha

escrito, bien o mal, es una respuesta a ese reclamo.

Dos líneas finales para la edición: Incluye un reportaje al autor, fichas de trabajo que sirven de

guía a los docentes de literatura. De allí el nombre de la colección. Un ejemplo que deberían imitar

industria editorial, achacada de rutina, encandilada de bestaellerismo.

Humberto C. Rivas        







Prólogo




     Hemos finalizado –repetidas veces lo hicimos ya que el sentimiento de cercanías con el texto así lo reclamaba— la lectura de la novela Acerito de Julio César Azzimonti y al cabo de este último contacto –siempre una buena obra literaria sugiere múltiples niveles de lectura— hemos llegado a formularnos la siguiente pregunta: ¿por qué no pensar que este Acerito, humilde y desechado rulemán metálico de origen compacto, preciado objeto en la raíz lúdica del juego de las bolitas, aun con su diminuta forma esférica, no sea otra cosa que un universo donde toda la vida se entreteje en una formidable telaraña, cuyos hilos, al cruzarse y separarse según lo determine el libre albedrío de sus octantes y el estatismo de su entorno, arrojo sobre nosotros, lectores que recreamos ese mundo, chispazos de verdades presentidas, iluminadora y sugerentes?

    En verdad, esta idea de entrecruzamiento la proporciona el autor desde el comienzo de la novela, cuando afirma, a través de Evaristo, su personaje narrador: «si las bolitas dejaran una raya marcada al pasar  (…) la cancha quedaría como una telaraña. / ¿Cómo?, pregunto sin entender demasiado. / Claro, las rayas se entrecruzarían como los hilos de una telaraña.»

     Esta imagen de la vida como una infinita red de imágenes, capaces ellos de suscitar piedad, amor, solidaridad, milagro y asombro, la proporciona el mismo Julio, quien en una respuesta de su reportaje expresa: «Cadenas de recuerdos, entrecruzamientos vitales, puntos de confluencia y divergencias son hoy el material espiritual de mi escritura.»

    Constatado todo ello en el mensaje de la obra, prontamente surgen distintos extractos de significación, los cuales construyen el texto cuyo resultado es un sólido armazón literario.

    Así, Evaristo, es el narrador en primera persona con su sensibilidad perspectiva a flor de piel, hace que su diario vivir se traduzca en paisajes despejados y de luminosa claridad en ciertos días, o bien trace, en algunos momentos comprometidos, las tortuosas líneas de miedos ancestrales, cuya solución solo podrá encontrarse en la solidaria amistad con sus pares. Así, Evaristo, en los núcleos cardinales de la narración, aparece unido al Tape, oscuro personaje quien – a veces en confrontaciones negativas, otras en sucesos positivos— es punto directo de una existencia que se desenvuelve y crece en extramuros, precisamente en el barrio pobre apodado «la Siberia».   

   Con la exposición de un magnífico equilibrio asistimos, pues, con la siempre creciente ansiedad que nos proporciona la secuencia del texto, a hechos que, resumidos con la naturaleza de sus acciones, podrían aglutinarse en las siguientes denominaciones:

          Evaristo y el Tape, niños.

          Evaristo y el Tape, adolescentes.

          Evaristo y el Tape, adultos.

   Y en el medio de estos avatares, funcionando como magnífico intertexto que media el insondable misterio del niño ante la muerte, es el canon en el que alternan, indisolublemente unidos, hipotexto e hipertexto, de los cuales, por su íntima compenetración, no pueden señalarse, con precisión, los límites de cada uno, teniendo en cuenta el tiempo vertiginoso que el autor les imprime a las imágenes, tempo justo que culmina en trágica ausencia. Un sueño eterno para el abuelo, que se deja vencer por un desconocido e impiadoso enemigo, cuya forma surge, justamente, de los dibujos del libro El príncipe valiente, de Harold Foster, que Evaristo está leyendo en ese preciso instante.

    Así mismo, promesa de placer presentido pero sentimiento imposible de dimensionar en su justa calidad, Renata será el personaje femenino, acicate, amorosa de la pubertad de Evaristo, quien en el tránsito por la difícil cornisa de estas etapas vitales, no sabe más que llorar ante esa complejidad que no admite paso en falso, máxima cuando en este tiempo todo se transforma en duda y laberinto.

     Por su parte, y como cosa polifónica cuya aparición sustenta los sucesos narrados, el grupo de amigos compuesto por Blas, Juancito, Fito, Pinto, el Gordo, Titín y la Pulga, alzan sus voces en los momentos precisos, culminando así una verdadera sinfonía literaria, con cuadro de situaciones siempre renovada valides universal.

   Ciertamente, Acerito, narrado con un rico y apropiado lenguaje, sustento de una precisa y destacable armonía en la composición y equilibrio de su argumento, no condiciona edades para abordarlo, ya que, como Saint de Exupéry y su El Principito, este mundo de ficción creado, incluye todas las instancias cardinales de la vida.  De la misma manera, este libro muestra entornos e interlocutores válidos en el complicado juego de la existencia –en la vida de cualquier hombre todo, aun lo mínimo, es juego complejo, según afirma Huizinga— quienes, en un intento de catarsis, buscan la salvación para gris de acero de sus vidas –»el cielo es el barro, de barro barro», sentencia el Tape en los instantes finales de la novela— y destello de esperanza a favor de la salvación de sus destinos.

    También el Acerito, con su pasado color gris, ofrece , paradójicamente, pequeños y móviles puntos de luminosidad, según las distintas focalizaciones que sobré él se realicen.

Escrito con excelentes resoluciones artísticas en el plano del lenguaje, Julio César Azzimonti, con seguridad y precisión nos entrega este libro, de cuya lectura, una vez iniciada, no podemos desprendernos, tal como si la magia del Acerito, nos sumergiera dentro de su sortilegio de esfera, la cual, trascendiendo metafóricamente la realidad, testimonios, como mundo completo, lo expresado por Blas Pascal: «no veo más que infinitos por todas partes, que me encierran como un átomo».

    Es nuestro deseo, pues, que este Acerito, querible, profundo y trascendente, cualidades propias del espíritu pascaleano, encuentre su verdadera dimensión literaria, en el alma sensible de cada buen doctor.


María Luisa de Luján Campos

    

















                                             ACERITO


Si mi reino

Fuera parte de este mundo

Mis seguidores

Hubieran peleado.

Cristo.



Las agujas del reloj de la iglesia dan un pequeño salto y las campanas marcan las cinco de la tarde. Corro hacia casa mientras me saco el guardapolvo. Pasan a mi alrededor los paraísos enormes, los adoquines desparejos, las baldosas ásperas y los balcones salientes de hierros negros. Llego a la esquina, doblo y ya estoy delante de la casa vieja y amarillenta del carpintero. Enseguida aparecen las rejas oxidadas de mi casa, la gruta gris con helechos colgando y los vitrales de la entrada. Están las puertas grandes que se abren a mi paso lentamente a pesar de que empujo con todas mis fuerzas. Por fin, llego. El baño enorme con el calefón cromado que parece una máquina de hacer café. Aquí me detengo agitado. Respiro hondo varias veces. A ver si viene un ataque de asma justo ahora: siempre caen cuando uno menos los quiere. ¿Por qué será así? Levanto la tapa del inodoro con el pie – me envuelve una sensación de tranquilidad—, bajo la tapa también con el pie. Ahora me siento bien. Y me voy para la cocina.

  Como el cura cuando toma el cáliz entre las manos, agarro el tazón de leche con miel y en tres tragos lo dejo por la mitad. Me restrego las manos ahora calientes y las pongo sobre mis orejas. En el borde ancho de la ventana está el gato durmiendo. Miro hacia el lugar donde la abuela escucha la novela hamacándose en la mecedora. No me mira. Está concentrada en el pavote que habla. La bola compacta de pan amasado sale sin esfuerzo de mi mano, pega en la cabeza gorda y gris del gato y después de rebotar en el vidrio cae al suelo. El gato sacude la cabeza, salta y se acomoda debajo de la mecedora de la abuela. Hago navegar en el aire como un barco la media flauta con manteca  y apuntando hacia mi boca introduzco la punta. Mastico y mastico hasta sentir que me duelen las mandíbulas.   Hoy voy a jugar a las bolitas con el acerito. ¿Dónde lo habré dejado? Me parece que está en el cenicero verde de papá.

   Mientras mastico casi grito:

  —¡Abuela... voy a jugar a la bolita!

  —¿Adónde? –pregunta sin hacerme mucho caso.

  El dela novela sigue hablando.

  —¡A la plaza, a ju—gar a la bo— li— ta!

  —Llevá bufanda, hace frío –dice y sube el volumen de la radio.

  —Trago el poco de leche que queda en la taza y moviendo los brazos como un director de orquesta dirijo la mío –dice y sube el volumen de la radio.

  Trago el poco de leche que queda en la taza y moviendo los brazos como un director de orquesta dirijo la música que da por terminado el capítulo de la novela. Ni loco llevo la bufanda. Seguro que Blas y Fito me atan a un árbol con ella.

  Salgo y me voy para el galponcito. Abro el cajón de las bolitas. Saco dos ñates, tres nuevas y del cenicero retiro el acerito. El bolsillo del pantalón se hincha y tira hacia abajo el peso.

   “Es de un rulemán de motor de barco”, dijo el abuelo cuando me regaló el acerito. En ese momento imaginé a mis amigos reunidos y escuchando atentos la historia del barco hundido que les contaba.

  Nuevamente las grandes puertas se abren y se cierran; por fin abro la puerta de calle y corro hacia la plaza mientras las bolitas golpean en mi bolsillo.

  Ya deben estar todos. Voy a tener que ponerme a la cola y esperar.

  Juegan en la cancha grande y hay algunos pibes de otros barrios esperando y mirando.         Con la yema de los dedos palpo el acerito en mi bolsillo y tomo asiento al borde del  cantero para que se me vaya la agitación. ¿No me vendrá el asma justo ahora?

  El hoy es cacerola y la cancha de un polvo que parece talco marrón. Están jugando Blas, Juancito, Fito, Pinto, el Gordo, Titín y la Pulga.

  Tira Blas escondiendo su ñate azulado entre las raíces grandes del árbol que está a un costado pero fuera de la cancha. Fito lo maldice en voz baja mientras trata de apuntarle. Por fin no se decide y pone su bolita roja y blanca cerca del hoyo, para ver si engancha a alguien. Pinto muerde el anzuelo y le tira desde lejos. Le pega pero queda muy lejos del hoyo. Allí Fito lo liquida. Blas con dos quemas encima no se mueve de entre las raíces.

  —Voy a jugar con el acerito — digo.

  Me miran, se miran y siguen jugando sin decir nada. Espero mientras palpo el acerito en el bolsillo.

  Tira el Gordo en silencio, queda mal como siempre y Fito lo quema. Paga con su última bolita y queda afuera rezongando siempre.

  —Entro por el Gordo –   insistiendo.

  —Si pagás doble podés jugar —dice Blas.

  —Está bien, pero pago únicamente con nuevas — .

  —No, señor, una nueva y un ñate —dice Fito haciéndose el duro.

  —Pero no tengo ñates. Nuevas y nada más —  ya algo molesto.

  —Bueno, que juegue, va a llegar la noche y vamos a estar discutiendo —dice Juancito mientras se acomoda los anteojos con un solo dedo.

  En tanto espero turno, me siento sobre el borde del cantero, al lado de Víctor que nunca juega pero mira, piensa y hace payasadas. Por eso le permitimos que venga, para que nos haga reír. Los padres lo obligan a usar un moñito con un elástico al cuello. El lo hace girar cada tanto como una hélice. Haciendo ruido de avión y con los brazos extendidos a los costados de unas vueltas alrededor del grupo y vuelve a sentarse.

  —Si las bolitas dejaran una raya marcada al pasar. –dice— la cancha quedaría como una telaraña.

  —¿Cómo? –pregunto sin entender demasiado.

  —Claro, las rayas se entrecruzarían como los hilos en una telaraña.

  —Vos siempre con cosas raras –le   riendo—. Mirá si los autos dejaran rayas y los aviones y los animales y la gente ...

  —Y, no se podría caminar de las telarañas que habría— dice Blas, que escuchaba la conversación.

  —Ya pensé todo eso pero con hilos atados a la cintura y desovillados –dice Victor insistiendo.

  —Dale que ahora te toca a vos —me dice Fito interrumpiendo.

  Al primer hoyo que hago comienzan las palpitaciones. La bolita de Fito es la que está más cerca. Hago la cuarta bien larga y tiro. ¡Crack! El ñate se parte en dos pedazos y el acerito se clava en el lugar que ocupaba aquél.

  —No ven, así no se puede jugar  –dice lamentándose Fito.

  —Vamos, no llorés y pagá — .

  De pronto, sobresaltado, levanto la vista del suelo y lo veo allí parado al Tape mirándome fijo.

  ¡Qué desgracia, éste otra vez! Hace rato que se la agarró conmigo. Va a buscar roña, estoy seguro. Ya no puedo jugar más tranquilo, yerro casi todas, no pago una y siento cómo un bulto doloroso va creciendo en mi estómago.

  El tape pide jugar. Por miedo o precaución nadie se opone. Yo trato de evitar hablarle o mirarlo. Siento su mirada dura y fría clavada en mí.

 Hago hoyo y busco a la bolita más cercana rogando que no sea la de él. No le  digo, es la del Tape. Un ñate azul y rojo semienterrado en el polvo. Se da el lujo de hundir su bolita en el polvo hasta que apenas se puede ver. Nadie dice una palabra.

  —Si la rompés te fajo –habla por fin.

  Sonrío con una mueca. Mi mano que tiene que apuntar,  tiembla. El nudo en el estómago me hace doler todo el pecho. Transpiro. Si me viniera un ataque de asma ahora...

  Los demás sonríen nerviosos. Ya me desafió y nadie me va a defender. Con el acerito en posición de tirar, lo miro. Entrecierra los ojos achinados. Esa cara de piel marrón estirada parece la de un boliviano. Una vez un pibe le dijo bolita y casi lo mata.

  Seguimos mirándonos: un gallo y un pigmeo. Tiene una boina negra puesta sobre su cabeza redonda como una luna. Esa maldita fama de fajador y malo tiene, y esas manos ásperas y llenas de verrugas, grandes casi como las de un hombre.

  —El otro día te salvaste, pero ahora te fajo —dice mientras va hacia su bolita y se agacha al lado de ella mirándome.

  No sé qué hacer. Tiro. No tiro. Me rajo. Si rajo no puedo volver más. Se van a burlar toda la vida. Ya siento los cuchicheos y las risitas detrás de mí. Ma sí, tiro y que pase lo que dios quiera. Cuando me decido se hace silencio que impresiona. Mi acerito roza apenas la bolita de él, rebota en un costado y va a parar cerca de la raíz grande. El tape da un salto, lo agarra y se lo mete en el bolsillo. Quedo paralizado. Siempre le tuvo ganas. En la “Siberia”, donde él vive, no hay de estas bolitas. Antes que yo diga una palabra me grita:

  —¡Sos un batata, y los aceritos no son para batatas!

Lo miro con ojos enturbiados y extendiendo la mano se lo pido.

  —Dámelo, es el único que tengo —balbuceo.

  —Lo que te voy a dar es una paliza —dice empujándome.

  Los demás ya hicieron un círculo alrededor y nos miran con atención. Victor, cerca de mí, murmura algo así como: “dale Evaristo, no le tengas miedo”. Blas me pide que no me raje.  Yo, paralizado. Fito intenta una reconciliación y murmura:

  —Déjalo, Tape, vamos a seguir jugando.

  Pero el Tape, que parece un gigante ante mis ojos, me empuja otra vez y pone su mano áspera y verrugosa cerca de mi cara. Sonríe. Sus ojos brillan como dos fósforos encendidos. Aparecen llamaradas. Llamaradas dentro de mi cuerpo y siento arder las orejas. Mis brazos paralizados cuelgan a los costados. Me pesan. No quiero pelear. Pone su cara bien cerca de la mía y siento que su aliento y su sonrisa sobradora me queman. Voy retrocediendo hasta que mi espalda es detenida por el tronco de un árbol. Junta saliva desde el fondo de su garganta con ruido catarla, toma aire y...

  ... El nudo de mi estómago estalla, el calor baja hasta mis brazos que salen disparados solos hacia el Tape. Mi puño derecho pega contra su nariz achatada y veo cómo se cae para atrás como un muñeco. Desde el suelo me mira y un hilo de sangre brota de su nariz. Se levanta y se me tira encima. Nos caemos, y entonces, mientras forcejeamos rodando, siento que mis brazos lo sacuden como un almohadón. Lo pongo de espaldas y sentado sobre él, le pego en la cara, en la nariz, en la boca, en la frente. Ni un gesto de dolor escapa de su boca. Están sus ojos abiertos, brillantes y duros que me miran fijo. Quiero que se rinda, que diga algo. Mis manos están manchadas con sangre. Pero no cierra los ojos ni dice nada. Le retuerzo un brazo y el dolor hace que su cara se ponga blanca.

  —¿Te rendís? ¿Te rendís? —le pregunto desesperado.

Me mira, me mira y de su boca no sale una sola palabra. Le retuerzo más el brazo. La mueca de dolor le deforma la cara pero no dice nada, nada.

  Siento que una fuerza enorme me levanta de atrás hasta pararme. Luego me zamarrean. Es el vigilante gordo. El tape se levanta despacio tomándose el brazo retorcido.

  —¡Basta, se terminó la pelea! A sus casas. No los quiero ver más por aquí —dice el vigilante con cara de enojado.

  Al lado de él hay un jubilado con un cigarro en la boca. Blas me agarra de un brazo y me arrastra.

  El tape busca la boina y cuando la encuentra, se va para la “Siberia” tomándose el brazo dolorido.

  —Se llevó tu acerito—dice Blas al rato.

  —Dale, vení a mi casa así te limpiás—dice Victor poniendo una mano sobre mi hombro, mientras empuja suavemente mi cuerpo.

Miro hacia donde se va el Tape y lo veo ya bastante lejos caminando hacia “La Siberia” donde vive.


* * *


    Mientras arrió la bandera que está sobre la puerta de entrada al colegio, todavía sigo pensando en la pelea de ayer con el Tape. No sé por qué miro hacia la calle y quedo paralizado. El Tape está cerca de la esquina y mira hacia donde yo estoy. Llevo la bandera a la dirección y salgo de la escuela después de que ya salieron todos. No le voy a pedir el acerito, que se lo guarde, ya conseguiré otro. Cuando paso a su lado estira el brazo que ayer retorcí. En la palma de su mano abierta veo el acerito.

  —Tomá, te lo saqué porque creí que eras un batata –dice—, además yo nunca voy a tener uno así, ésos son caros.

  —Quedáte con él — digo, y no sé por qué casi me brotan las lágrimas.

  —No, es tuyo, —dice, y lo pone dentro del bolsillo de mi guardapolvo.

  —Sos bueno en el cole –dice—. ¿Por eso te dejan bajar la bandera, no? –agrega.

  —Más o menos – digo—, en algunas cosas ando bien.

   Se me cruza la idea y le pregunto:

  —¿Y vos no vas al colegio?

  —Iba a la noche, pero dejé en cuarto. Me echaron a mitad de año –dice bajando la cabeza y la boina—. A la noche es bravo, son todos grandes.

  —¿Por qué no volvés? —pregunto.

  —Para qué. Si a mí no me gusta. Además, a veces le ayudo al viejo en el trabajo. El quiere irse a Tucumán pero mi vieja no quiere. Un día de éstos se va y nos deja, ya lo dijo.

  —Y, andáte con él – digo.

  —No, yo quiero quedarme con mi vieja y mis hermanos. El es nuevo. Antes era otro mi viejo, me entendés –dice.

  —Claro que te entiendo. O creés que soy gil – digo—. Pero vení, te invito a comer una porción.

  —¿Una qué?

  —Una porción de pizza – digo. Y al ver que se queda indeciso agrego:

  —Tengo para pagar, vamos.

  —Una vez mi viejo, pero el otro, eh, trajo a casa una pizza entera. Yo me comí tres porciones. Quedé hinchado –dice el Tape y le brillan los ojos achinados.

  Le pongo el brazo sobre el hombro y lo empujo hacia la pizzería. Ahora noto que es bastante más bajo que yo.

  Con la yema de mis dedos palpo tibio el acerito en el bolsillo del guardapolvo.




Color del Otoño



“Cuando te veas a ti mismo

haciendo las cosas que tú haces

habrás alcanzado tu identidad.”

Gurdjieff

  Salto de la cama y me visto con lo primero que encuentro. Voy a la habitación del abuelo. Hace rato que está despierto escuchando todos los informativos que pasan por la radio mientras toma todos los mates que le traen. Sentado en la cama mira hacia el patio por los grandes vidrios de la puerta. Lo saludo con un beso y me dirijo hacia la puerta a mirar el patio cubierto de hojas secas que caen de los parrales.

  —Hoy comienza el otoño –dice—, un otoño menos.

  —Un otoño más, abuelo — digo, sin mirarlo.

  —Para vos un otoño más, para mí uno menos— dice sin dejar de mirar hacia el patio.

  Lo miro para preguntarle qué quiere decir eso que dijo pero lo veo con los ojos cerrados como si pensara y no me animo.

  Las hojas caen, las hojas crujen y las que están en el suelo se mueven todas hacia un rincón donde crujen juntas hasta que un gorrión cae sobre ellas y las revuelve. El viento revuelve las hojas y las plumas del gorrión.

  Hago un recuadro sobre el vidrio empañado y lo limpio.

  —En la plaza hay un viejo que pinta cuadros — digo.

  —¡”San Valentín”! —dice. Se llama Valentín Cribelli, pero le dicen “San Valentín”. Muchas veces estuvimos conversando. Nunca se quiso jubilar.

  —¿Por qué le dicen “San Valentín” —le pregunto y me acerco a la cama.

  —Le pusimos “San Valentín” porque insiste que hay un Evangelio con ese nombre. Siempre habla de lo que dice ese Evangelio, lo sabe de memoria. Es una buena persona, pinta cuadros y es también fotógrafo. Cuenta que nunca fue a un médico y que se cura solo, pensando. Por magnetismo, dice. Se concentra y chau, se le van los achaques.

  Miro al abuelo como pidiéndole que me explique mejor lo que está diciendo y parece que va a agregar algo pero suspira y cierra los ojos. Pasan unos instantes y abre los ojos.

  —Es un asunto largo y difícil. Todavía no podés entenderlo.

  Voy hacia la puerta donde está el recuadro que hice en el vidrio: el perro me mira a través de él, con las orejas alzadas y la lengua afuera de la boca. “San Valentín” pinta cuadros.

  Abro y me voy corriendo hacia la plaza. El viejo está pintando sentado en la escalinata de piedra del monumento a Urquiza. Más arriba, bien alto, el Gral. Urquiza está sentado sobre un caballo de cabeza cuadrada y patas gruesas y cortas. Me siento al lado de “San Valentín”, pero un escalón arriba.






II



  Tres mañanas seguidas que vengo a sentarme aquí, sobre esta escalinata, a observar cómo pinta “San Valentín”, mientras su pincel va desde la paleta recogiendo colores hasta el lugar en la tela blanca que elige para cubrir. La tela se va llenando lentamente. Mis ojos siguen atentos las piruetas del pincel. Pero no coloca sobre la tela los colores que se ven en el paisaje. Pone colores distintos a los que yo veo que tienen las cosas.

  Tres mañanas seguidas, sin que yo hable, sin que él hable, mirándonos cada tanto, cuando gira su cabeza y comprueba que estoy allí. Me gustaría pintar así. Cada día me gusta más pintar. Tengo en mi bolsillo un dibujo que le hice a mi perro y quisiera mostrárselo. Pero no me habla aunque presiento que lo va a hacer en cualquier momento.

  —¿De qué color es el otoño? —dice, por fin, sin mirarme.

   Sorprendido y confuso no sé qué contestar. Busco nervioso algo para decirle y no encuentro qué. Y “San Valentín” sonríe moviendo la cabeza.

  Tres mañana seguidas hace que vengo a sentarme aquí, sobre esta escalinata de piedra a observar cómo va llenando con colores que no entiendo porque no son los mismos que tienen las cosas. Pero hoy me habló; me preguntó de qué color es el otoño y no supe responder.

  ¿Cuál será el color del otoño?





III



  A “San Valentín” le cuento muchas cosas que sueño, y otras que hablo con él luego las sueño. Pregunté acerca del color del otoño pero me dieron respuestas distintas. Nadie me respondió con claridad sobre el asunto. Perece que es algo difícil de decir.

  Es cierto que descuidé bastante la escuela para ir a hablar con él y ver cómo pinta; cómo los colores se mezclan y aparecen otras distintos; sin embargo, éstos no son iguales a las cosas de la plaza y a las caras y las ropas de la gente. Ahora sueño todo en colores y cuando me despierto parece que todo lo que soñé fueran cuadros y algunos los dibujo  y los pinto con una caja de acuarelas que me regalaron.

  Cuando me llevan a pasear, voy fijándome los colores de todo para luego contarle a “San Valentín”. Entonces me viene la idea de que miento, porque nunca le  digo la verdad de los colores que vi, siempre los cambio. No sé por qué, pero al final me olvido de los que vi y recuerdo muy bien los que cuento a cambio. Varias veces estuve por decirle esto que me ocurre, pero dudo ya de que no recuerdo los colores que eran en realidad y sólo aparecen en mi memoria los que me decido a contarle. Únicamente éstos recuerdo.

  “Los colores que uno pinta, nunca son los de la realidad”, me dijo, y yo no pude contener un estremecimiento y una sensación de tranquilidad.

  “Los verdaderos colores son los que queremos nosotros, los que sentimos que deben ser”, agregó.

  Fue entonces que me animé a contarle que le había mentido acerca de ese asunto y me sonrió, como aprobando lo que había hecho. “Ya lo sabía”, dijo y allí empecé a creer que “San Valentín” me adivinaba el pensamiento.

  “Traé mañana dos dibujos iguales. Uno pintando y el otro sin pintar pero me vas a mostrar sólo el que no está pintado, el otro guárdalo hasta que yo te lo pida”.

  Estaba esperando con el caballete vacío, cuando llegué con el dibujo sin pintar en la mano. Lo ubicó sobre el caballete, y abriendo la caja de las acuarelas comenzó a pintar.

  Cuando terminó me pidió el que yo había pintado y ante mi asombro sonrió. Los colores de los dos eran casi iguales.

  “Te conozco, Evaristo, nos conocemos. Aunque hablamos poco nos conocemos bien. Mañana yo voy a hacer lo mismo y vos vas a pintar el que yo traiga sin pintar”.

  Esa noche no dormí pensando cómo lo iba a hacer, pero desfilaron tantos colores por mi cabeza que agotado me quedé dormido sin resolver nada. Tampoco recuerdo haber soñado algo, ni siquiera con algunos colores, nada.

  A la mañana siguiente corrí a la plaza y llegué casi sin aliento: en el caballete ya estaba el dibujo. A pesar de que todo mi cuerpo temblaba, tomé el pincel y la caja de acuarelas y como si ya supiera lo que tenía que hacer, pinté y pinté. Algo me impulsaba a elegir éste y no aquel color o tono. Por fin, excitado y jadeante terminé el trabajo pidiendo casi a gritos que diera su parecer.

  Hizo un gesto como para calmarme y con lentitud sacó su dibujo pintado y lo ubicó al lado del que yo había hecho.

  Casi me pongo a llorar de rabia: eran distintos, nada, ningún color se le parecía.

  Dije que no servía para pintar, que nunca iba a poder y por fin brotaron las lágrimas y todo se nubló.

  “Son iguales, son iguales”, dijo y no hice caso a lo que decía porque pensé que era para conformarme.

  Esperó que me calmara un poco y luego tomó las dos láminas, las puso ante mi vista y lentamente fue alejándose.

  Cuando se detuvo, las dos láminas tenían los mismos colores.

   Eran iguales.




IV



  Hoy salgo de casa con la bicicleta. Pedaleando fuerte voy hacia la plaza. “San Valentín” está pintando en el mismo lugar de siempre y allí me detengo frenando la bicicleta con el pie.

  —La maestra le dijo a mi mamá que tengo que sacar la cédula de identidad —le  digo al viejo que coloca pinceladas color carmín. Carmín dice la etiqueta del pomo que tiene en la mano.

  —¿Cédula de identidad? —dice como si preguntara a alguien. Después sonríe.

  —Vas a tener que sacarte fotos. Tienen que ser buenas fotos, bien contrastadas —dice y agrega:

  —Yo te voy a sacar las fotos, Evaristo. Vas a ver qué bien van a salir. Mañana vení a casa, de paso vas a ver muchos cuadros míos y por supuesto la máquina para sacar fotos.

  Hace rato que siento curiosidad por conocer la casa de “San Valentín”. Mil veces traté de imaginarme todas las cosas que debe tener. Tantas, que ya me olvidé de todo lo que pensé que habría en su casa.

  Subo a la bicicleta y comienzo a dar vueltas alrededor de la plaza metiéndome entre los caminos que bordean los canteros, luego tomo por la vereda exterior y allí acelero hasta sentir bien fuerte el viento contra el pecho. Los plátanos pasan como sombras. Doy unas cuantas vueltas y enfilo otra vez hacia el monumento donde está “San Valentín” con su caballete y sus pinturas. Freno con el pie cruzado sobre la rueda delantera.

  —Sabe que el médico que me cura dice que los plátanos son los que provocan más ataques de asma —le  digo y agrego:

  —Y las almohadas de plumas y los plumeros.

  —Así que el médico dice eso. Pues bien, yo te aseguro que en este otoño no vas a tener ataques, Evaristo.

  —¿Y cómo lo sabe? –pregunto inquieto y contento por esa idea.

  Deja el pincel en el frasco, pasa su brazo sobre mi hombre y señala un plátano grande, el más grande  de la plaza.

  —Ellos no tienen la culpa de nada, y las gallinas, pobrecitas, ¿te parece que pueden querer perjudicarte?

  Miro el plátano que ahora parece más grande, miro el suelo y creo ver a las gallinas corriendo al comedero a picar los granos de maíz que le arroja la abuela, y a papá subiendo a una silla y sacando el plumero que está arriba del ropero mientras el médico me mira fijo a través de sus grandes anteojos de marcos negros y cuadrados y le ordena a mamá que saque también las almohadas de plumas. Luego me coloca boca abajo y me aplica la inyección.

  Subo otra vez a la bicicleta y pedaleo veloz alrededor de la plaza hasta que las piernas se acalambran y el pecho se agita. A pesar del cansancio sigo con rabia y elijo las hojas secas que hay sobre el camino y las voy pisando, sintiendo cómo crujen bajo las ruedas de la bicicleta. De pronto las hojas parecen los anteojos del médico (como cuando se le cayeron en la pieza) y ya cansado sigo pedaleando y pisando anteojos que estallan y desaparecen. Este otoño no voy a tener asma, lo dijo “San Valentín” y los plátanos y las plumas no tienen la culpa.








V



  Es de día pero parece que estuviera anocheciendo. La tormenta oscurece todo. De los árboles siguen cayendo hojas, secas y arrugadas. Los gorriones están callados, ni se les ve, ni se les escucha.

  La casa de “San Valentín” está cubierta de hierbas. Golpeo la puerta de entrada y en ese instante se me ocurre la idea de que él es mejor maestro que los de la escuela.

  Por fin se abre la puerta apareciendo su figura iluminada desde atrás. Quedo un poco confuso porque su cabeza parece que resplandeciera. Luego entro.

  Corre desde un rincón una gran mecedora y señala para que tome asiento en ella. El se ubica detrás de una mesa con mantel verde de pañolenci. Sobre ella hay una estatua que representa un hombre sentado.

  —Es buda –dice— , ya lo vas a conocer, no hay apuro. Para mucha gente es como nuestro Jesucristo.

  Detrás de “San Valentín”, sobre la pared, hay un cuadro muy grande con hombres que caminan con los ojos cerrados.

  —Caminan dormidos — digo señalando el cuadro.

   Se queda pensando y por fin dice:

  —¿Nunca te llevaron por delante en la calle, Evaristo?

Me refiero a gente grande.

  —Sí – digo—, cada tanto alguien me lleva por delante. Siempre tengo que apartarme yo, parece que no me vieran.

  —Eso, eso es gente dormida. Y se molesta si alguien los despierta. Son capaces de insultar y hacerte responsable. Agreden a quienes los sacan de sus sueños.

  —Pero no están dormidos como en la cama — digo.

  —No como en la cama, pero es algo parecido. Duermen cuando tendrían que estar despiertos y atentos a lo que pesa alrededor. Son como máquinas que van de aquí para allá. Como automóviles manejados quién sabe por qué y por quién.

     No entiendo casi nada de lo que dice, pero algo tiene de razón, porque a mí me han atropellado.

  —Una vez le pregunte a un señor el nombre de una calle, me clavó la mirada y siguió de largo sin responderme –le cuento.

  —¡ Ah está!, para esa gente vos sos un arbolito insignificante, algo que no vale la pena. No piensan que los árboles grandes antes fueron arbolitos. Por eso te  digo que están dormidos. Créeme que es así.

  Me levanto de la mecedora y empiezo a mirar los cuadros que están colgados en las paredes. Están  todas llenas de cuadros. Atrae mi atención uno que parece una telaraña gigante. Con la yema de los dedos recorro las líneas que se entrecruzan y me acuerdo de algo.

  —Hay un amigo mío, Victor se llama, que siempre dice que la gente se entrecruza como una telaraña. Hay que atarles un hilo y dejar que desovillen hasta que todos se queden enredados en ella. Solos se quedan enredados – digo y respiro hondo para recuperar aire.

  —Así es, así es, Evaristo —dice y me empuja suavemente hacia otro lugar.

  Hacia una habitación casi vacía. Allí está, sobre tres patas largas de madera, la máquina para sacar fotos: parece como si tuviera un ojo enorme que brilla azulado.

  “San Valentín” saca de un cajón una sábana blanca y la cuelga del alambre que va de punta sobre una pared. La asegura con tres broches y la estira con las palmas de las manos hasta dejarla lisa. Luego me sienta en un banco de madera.

  —Está preparada, lista para tomar las fotos —dice mirando a la máquina y moviendo sus manos sobre los controles que tiene ésta a los costados.

 Se retira un poco hacia atrás y me mira como tomando distancia, enciende luces y luces que no vi que estaban arracimadas sobre la pared que está frente a mí, y dando pasos largos y rápidos se acerca y con suavidad tuerce mi cabeza un poco y levanta mi mentón. El resplandor hace que no vea nada.

  —Mirá hacia ese cuadro que está allá sin moverte. Es un segundo nada más – dice y se ubica detrás de la máquina.

  Comienzo a ver algo: en el cuadro la gente camina con los ojos cerrados, como dormida. Percibo un ruido metálico y las luces se apagan. Desvío un poco la vista y está la ventana abierta que da a la calle. Pasan personas por la vereda. Parecen dormidos, como los del cuadro. Ahora veo mejor: están dormidos, caminan y caminan dormidos aunque no se llevan por delante unos a otros, pero no se miran. Los árboles se corren para dejarlos pasar. Se desplazan casi hasta el cordón de la vereda para que no los atropellen; allí se quedan firmes sobre sus recuadros de tierra; allí ven pasar con infinita paciencia a los hombres dormidos. De lo alto, en colaboración con el viento, les arrojan hojas secas y crujientes tratando de que despierten.

   “San Valentín”, yo, los árboles y el otoño estamos despiertos, por eso los vemos.







VI



    Estoy frente a la ventana en la pieza del abuelo. Apoyo la nariz sobre el vidrio frío y aprieto. El perro me ve y alza las orejas.

  —Tenés que ir a sacar la cédula, Evaristo. Ya hablé con el oficial Ratti; te espera. Son siete cuadras nomás— dice el abuelo.

  Por el reflejo del vidrio que ya se empañó lo veo recostado en la cama. ¿Estará dormido? No, el abuelo no. Giró la cabeza: me está mirando. El abuelo no está dormido. Dirige toda la casa desde la cama. A veces se hace el dormido y escucha todo lo que dicen. “San Valentín” me dijo el abuelo no se cura porque no quiere.

  —No te olvides de la partida de nacimiento—dice—, Por la tarde va a venir el médico y quiere revisarte. Por el otoño, sabés Evaristo. Dicen que hay un nuevo remedio para tratar el asma.

  —Este otoño no voy a tener ataques—  digo y me voy a buscar la partida de nacimiento.

  En el camino hacia la comisaría me encuentro con dormidos que pasan muy cerca sin verme. Algunos cruzan las calles, otros hablan entre ellos. Detengo a uno y le pregunto por la comisaría. Hace un gesto indefinido con el brazo como hacen los dormidos y sigue su camino. Amontonados y apoyados unos contra otros pasan dentro de los colectivos.

  En la puerta de la comisaría dormita un vigilante que al verme entrar bosteza y sonríe no sé por qué; y tampoco sé por qué la gente grande se ríe de los chicos. Pero siempre lo hacen. Será porque están dormidos y no saben lo que hacen.

  Adentro están todos dormidos. Uno apoyado en el mostrador, otro sentado ante una máquina de escribir y otro entra y sale abriendo y cerrando las puertas.

  —Vengo por la cédula de identidad—  digo y pongo sobre el mostrador la partida de nacimiento, las fotos y el sobre con la carta para el oficial Ratti que escribiera el abuelo.

   El del mostrador mira los papeles, saca las fotos del sobre y las observa alejándolas un poco y más y más, hasta tener el brazo estirado al máximo.

  —Están bien estas fotos—dice—, pero vas a tener que esperar un poco. Sentáte quietito en aquel banco. Antes tenemos que hacer un reconocimiento por una denuncia a un viejo que dicen que es curandero.

  En el banco dormita una señora que aprieta la cartera contra su pecho. Me siento al lado. Del bolsillo saco un caramelo, lo pelo y de un golpe me lo meto en la boca. La señora se sobresalta pero sigue dormitando con la vista fija en la puerta que está enfrente. “Comisario”, dice el cartel de bronce que está sobre esa puerta.

  Al lado de mí hay otra puerta entreabierta. De allí llegan voces que apenas escucho. Alguien pregunta, otro responde.

  Bosteza el vigilante que está apoyado en el mostrador y bostezan todos menos yo. De pronto  se abre la puerta de donde llegaban las voces y aparece un señor alto con un uniforme impecable.

— ¿Todavía no llegaron los demás?—pregunta con voz firme.

— No, señor, todavía no—contesta el del mostrador.

— Tráigame todas las acusaciones que tomó sobre la denuncia al curandero—dice y se va entrecerrando la puerta.

  Trato de escuchar mejor estirando el cuello hacia la puerta pero ahora no hablan. El vigilante del mostrador cruza la sala con una carpeta en las manos y entra. Unos instantes después, sale.

  —Ese es el oficial Ratti, pibe—dice al salir.

  Sobre la pared que está detrás del mostrador hay un crucifijo con un Cristo de bronce.

  De pronto me sobresalto. Por la puerta de entrada entran tres personas conversando entre sí. Tres hombres vestidos con trajes y corbatas.

  Totalmente dormidos van hacia el mostrador y hablan con el que está allí que parece que los estaba esperando. El de la máquina de escribir (que durmió todo este tiempo) se levanta y también se ubica detrás del mostrador. Hablan. Ahora el de la máquina cruza la sala y abre la puerta que está a mi lado. Sin soltar la manija e inclinando el cuerpo hacia adentro dice:

  —Señor, ya están todos los denunciantes.

Dicho esto regresa rápido a su máquina.

  —¡Que pasen!— dice el oficial Ratti desde la puerta.   

  —¡Entren, señores!—dice el del mostrador abriendo los brazos y acompañándolos hasta la puerta. A la mujer también.

  “Por fin”, parece decir con un gesto el de la máquina que saca un cigarrillo y lo enciende. Luego vuelve a dormitar. Después de un rato (justo el que tardo en comer otro caramelo), saca una planilla, la coloca en la máquina, pone mi partida de nacimiento a un lado y empieza a escribir. Cada tanto se miran entre ellos. Por fin el del mostrador habla.

  —Seguro que va a quedar detenido—dice.

  —No lo podemos poner con los otros—dice el de la máquina.

  —Hay que juntar a los borrachos y al ratero—dice el del mostrador. Vuelve.

  —Ya está todo arreglado—dice y vuelve a ubicarse junto al mostrador.

  El de la máquina se levanta. Alza un brazo, hace un gesto como de director de orquesta, aprieta desde su posición de pie una tecla de la máquina y luego saca la hoja de papel de un solo tirón.

  —Listo, pibe, ahora vení a firmar—dice.

  Firmo despacio con la mejor letra que puedo. Extiende un brazo, trae una almohadilla y coloca un sello al final de la hoja.

  —Ahora, pibe, hay que tomar  las impresiones digitales—dice.

  Trae una tablita negra, le pasa tinta con un rodillo y dedo a dedo va entintándolos para luego presionarlos sobre una tarjeta. Las impresiones aparecen negras sobre la cartulina con formas circulares que terminan en un punto central como si fuera un ojo. El ojo del dedo.

  —Ahora a lavarse bien con cepillo y jabón—dice y señala una pileta que está pasando la puerta por la que entró el vigilante del mostrador para hacer el cambio de calabozos y pasar al loco con los borrachos.

  Entro. Hay poca luz pero algo se ve. Es un largo corredor con varias puertas a un solo lado. Puertas cerradas y con una ventanita enrejada en lo alto. Empiezo a lavarme los dedos restregando con el cepillo duro. Abro la canilla y el chorro de agua sale fuerte haciendo ruido al golpear contar el fondo de la pileta. Giro la cabeza y miro hacia ese pasillo casi oscuro y me estremezco. Trato de apurarme en limpiar mis manos. La tinta no sale, se desparrama. Esos deben ser los calabozos donde tienen a los presos. Mientras me lavo no puedo evitar mirar hacia el pasillo. La primera celda está a unos dos metros de donde estoy; la segunda algo más allá. Cuando, entrecerrando los ojos, trato de observar la ventanita con rejas que tiene la puerta, siento que mi cuerpo se sacude y detengo la respiración: un par de ojos me están mirando.

  Reconozco a esos dos ojos en el acto. Todo mi cuerpo tiembla y se sacude. Casi paralizado por el miedo no puedo evitar caminar hacia esa puerta. De mis manos sucias de tinta negra chorrea el agua fría hasta mojar mis pies. Me acerco lentamente y detrás de ese rostro aparece una luz cada vez más intensa a medida que avanzo.

  Como si fuera un sol que deslumbra.

  Conozco ese rostro apareciendo de esa forma.

  —¡San Valentín!— digo temblando y casi sin poder hablar.

  —No te asustes, Evaristo, hicieron una denuncia y me detuvieron. Todo se va a arreglar.

No puedo hablar, no me salen  palabras aunque me esfuerzo. Muevo las manos mojadas para señalar no se que cosa.

  —Esto es feo, muy feo. Andáte. No les va a gustar si te ven aquí—dice, para luego agregar con suavidad:

  —Andá a tu casa tranquilo, todo se va a arreglar, es un error.

No sé qué pensar, qué decir, qué hacer. Pero hay algo que me impulsa a hacerle caso. Doy media vuelta, corro hacia la puerta y salgo. Las manos oscuras de tinta todavía gotean agua.

Al pasar por la sala tropiezo con el oficial Ratti que me sonríe.

  —Saludos a tu abuelo. Te vamos a avisar cuando esté la cedula, pibe—dice y me acompaña hasta la puerta.

  Salto el escalón de entrada y el vigilante que está en la puerta no se mueve: sigue dormido.

  Voy hacia la plaza caminando despacio. Llego a la escalinata del monumento y me siento: está fría, nunca me había dado cuenta de lo fríos que están estos escalones. Miro la plaza y se me aparecen los cuadros de “San Valentín”. Uno a uno los voy recorriendo, saltando sobre los colores.

  “No te duermas, Evaristo”, dijo. “Nunca te duermas porque después no vas a poder despertarte más”. Recuerdo estas palabras. Las dijo el día en que me despedía en la puerta de su casa.

  Sigo saltando de color en color, de lugar a lugar. Me veo con el pincel y las acuarelas poniendo este color y no aquél hasta que despierto con los ojos llenos de colores míos.

  “De qué color es el otoño”, pregunta “San Valentín”, sin mirarme y con la cabeza resplandeciente.

  De estos colores, de los que yo veo, de mis colores.

  Me levanto, bajo la escalinata y me voy hacia mi casa caminando despacio.


 











Comunión


Mi Cielo


  Fermín corre y golpea su tambor; de un extremo a otro de la terraza corre. A veces lo oculta el limonero grande de mi casa pero reaparece recortado por el sol. El sol tibio que se introduce a través de la ventana en mi cuartito y tiñe de color naranja el vaso de leche que tengo entre las manos.

  Navego lentamente por la galaxia de mi casa; paso a través de la ventana del galpón, salgo por su puerta, subo hasta el techo de chapas, bajo hasta situarme cerca de la Santa Rita que viene de la casa del vecino y allí estaciono. Con un movimiento de a mano detengo los motores.

  La abuela golpea mi hombro y me estremezco.

  —Termino de vestirme y vamos a la iglesia— dice. Luego cierra la puerta y se va.

  Muevo las perillas del comando de la máquina espacial tratando de enfocar a Fermín. Es difícil conseguirlo, esta nave es muy vieja y pesada, no maniobra como la de Flash Gordon. No hay nada que hacerle, no se puede hacer una buena nave de una cocina tan vieja. Además un día de estos viene el botellero y se la lleva. Abro la ventana y grito:

  —¡Eh, Fermín, quedáte quieto un momento!

  Fermín se detiene, muevo los controles del disparador al mismo tiempo que apunto y el rayo de mi nave pega en su tambor nuevo que se pone brillante y desaparece. Quedo mirando el cielo. Hoy no pude hacer ni un solo viaje por él. Es un mal día para navegar por mi cielo.

  Allá arriba, Fermín hace gestos con las manos y corre golpeando otro tambor igual que el anterior. Cuando se cansa se detiene junto al borde de la cornisa y me llama.

  Hoy es muy mal día para navegar por mi cielo. Cierro los controles de la nave, la cubro con revistas y salgo. Trepo por las ramas del limonero y llego a la terraza donde está Fermín.

  —Mirá, es un tambor de guerra— dice golpeando el parche con dos trozos de ramas.

  —Me tengo que ir. La abuela quiere que vaya con ella a la iglesia—  digo.

  —Ya sé para qué: te van a anotar en catecismo igual que a mí— dice.

  —Creo que si, y también va a buscar agua bendita para el abuelo—  digo.

  —Decile que te anote conmigo, estoy con la señorita Irene. Es la mejor. Víctor y Blas van a ir con ella— dice Fermín que luego se levanta y corre pro el borde de la pared hasta el limonero. Arranca un limón verde y vuelve.

  —Tomá. ¿A qué no se lo tirás al perro del conserva?— dice.

  —Claro que sí, pero acompañáme.

  Cruzamos el techo de chapas del galpón, caminamos haciendo equilibrio por la cornisa y llegamos a la casa que está del otro lado. Agachados, espiamos: todo está tranquilo. De la casilla del perro sale una cadena gruesa.

  —Está durmiendo adentro— dice Fermín.

  — ¡Moro,… Moro,… Moro! – grito llamando al perro.

  —No sale,… no quiere salir— dice Fermín.

  —¡Moro,… moro!— grito más fuerte haciendo bocina con las manos.

  Fermín levanta el tambor y golpea como si fuera un bombo. Ahora sí el perro sale ladrando y buscándonos con la mirada. Acomodo el limón en la mano y se lo arrojo con todas mis fuerzas. El proyectil golpea con fuerza sobre el lomo del animal, que emite un chillido corto, retrocede un poco y vuelve a la carga ladrando con más fuerza y mostrando los dientes. Enfurecido se atraganta y ladra desesperado.

  —¡Rajemos que el conserva ya se debe haber levantado!— dice Fermín.

Volvemos a la terraza. Del otro lado se oyen voces de personas mientras el perro sigue ladrando.

  —El abuelo dice que el conserva es un conservador pobre y que por eso se enfermó de úlcera—  digo.

  —¿Qué es un conservador? –pregunta Fermín.

  — No sé bien, pero escuché decir que siempre pierden las elecciones—  digo.

  — En catecismo vamos a tener que confesar que le tiramos limones al perro del vecino

  —dice Fermín.

  —Si no lo preguntan, no creo—  digo.

  —No señor, hay que decir todas las cosas malas sin que te las pregunten –dice.

  — Y bueno, lo decimos…total—  digo.

  Fermín, que está mirando por sobre mi hombro, abre grande los ojos y se agacha.

  El limón pasa rozando mi cabeza, golpea contra la pared y se deshace.

  —Casi te lo da en la cabeza— grita Fermín—, agacháte que va a empezar a tirar piedras.

  Nos escondemos. Tomo una lata grande y vacía y me la coloco como si fuera un sombrero. Espero unos instantes, luego me levanto y grito:

  —¡Conserva,…conserva, no tire piedras porque va a tener que confesarse!

 La piedra golpea en la lata y el ruido me aturde.

 —¡Al suelo que está con la honda!— grita Fermín y se esconde detrás de la claraboya. Me ubico a su lado y escucho que se ríe con la cabeza pegada al piso. Las piedras pasan por arriba de nosotros, el perro sigue ladrando, el conserva amenaza.

  —¿Sabés qué dijo mi papá los otros días cuando estaba comiendo en casa el padre Cesarini? –le pregunto a Fermín, que no levanta la cabeza por miedo a las piedras.

  —No sé— dice.

  —Dijo que dios está sentado en el centro de la Tierra y que tiene en la mano muchos hilos con personas atadas en las puntas. Cada tanto corta el hilo de un “conserva” y cómo éstos están hinchados de bronca porque perdieron las elecciones, se van para el cielo como globos.

  —¿Y el padre Cesarini qué dijo cuando escuchó eso? –pregunta Fermín abriendo grandes los ojos por el asombro.

  —El padre, rojo de la risa, le dijo a papá que tuviera cuidado y se portara bien porque no sólo a los conservas les ocurren esas cosas, a los que no van a misa también.

  —¿Pero el cura no se enojó por lo que dijo tu papá?— insiste.

  —No, todos siguieron charlando y riendo. Más tarde vino el conserva y el padre Cesarini le contó lo que había dicho mi papá y también él se puso a reír.

  —¿Y no te mandaron a dormir?— pregunta Fermín.

  —Cuando empezaron a hablar de política, el padre le hizo una seña a papá y me mandaron a la cama. Quise escuchar desde mi habitación pero no pude.

  —Siempre nos mandan a dormir en lo mejor— dice Fermín y levanta la cabeza para espiar.

  Desde abajo la abuela me llama.

  El perro ya no ladra y el conserva parece que se fue. Estoy seguro de que se lo va a contar al abuelo.

  Bajo por las ramas del limonero y me dirijo hacia donde está la abuela, que al verme me toma fuerte de una mano, me zamarrea y nos vamos hacia la iglesia.

  Fermín corre y golpea su tambor; de un extremo a otro de la terraza, corre.


          

Cielo de Marzo


 La abuela con mantilla negra cubriéndole la cabeza y ese libro nacarado y amarillento que siempre lleva cuando va a la iglesia. Nunca vi que lo leyera; me dijo que lo leyo tanto que lo sabe de memoria. Suelto la mano de la abuela y voy a caminar con los brazos abiertos en cruz por el cordón de la vereda.

  Allá en la plaza están los chicos jugando a la pelota. Escucho sus gritos: parecen los gorriones cuando se pelean.

  —¡Abuela!, ¿Cuándo volvamos de la iglesia puedo ir a jugar a la plaza? –pregunto mientras sigo haciendo equilibrio sobre el cordón de la vereda.

  —¿Con quién era que querías anotarte en catecismo? –pregunta sin hacer caso a lo que dije yo.

  —Con la señorita Irene – digo.

  Entramos a la iglesia por la parte de atrás. La abuela le dice al sacristán que llame al padre Cesarini. Yo abro la puerta de la sala y voy hacia el patio donde está la palmera gigante con el banco de piedra que la rodea. Observo las paredes: están verdes de hiedras que trepan como serpientes. Más arriba aparece el cielo que apenas se ve, oculto por los penachos de la palmera que caen hacia abajo. Allí los gorriones saltan, gritan y se pelean como nosotros cuando jugamos.

  Desde un rincón trato de ver si en lo alto de la palmera hay dátiles. A través de la puerta puedo escuchar la voz de la abuela que habla con el padre Cesarini pidiéndole agua bendita. Este le pregunta por el abuelo. Ella le dice que no está bien y le cuenta de la enfermedad que lo tiene postrado en la cama. Recuerdo bien lo que me dijera “San Valentín” una vez: “Tu abuelo no se cura porque no quiere”. ¿Por qué no querrá sanar el abuelo?

  Muy arriba, casi pegados al tronco, hay algunos dátiles maduros. Miro el tronco de la palmera desde la base hasta lo alto y me encojo de hombros. Parecen verdes. Cuando estén maduros se caerán.

  El cura abre la puerta y ésta me deja oculto en el rincón. Desde la posición en que estoy ubicado, lo observo avanzar de espaldas con una botella en la mano: se dirige hasta la puerta que está enfrente. Llega ante ella, se detiene y de pronto gira y enfila rápido hacia la canilla que está sobre la otra pared. Encorvándose coloca el pico de la botella junto al de la canilla y la abre. El gorrión, asustado, salta de la maceta cercana, roza el suelo y se eleva hasta perderse en lo alto. El padre Cesarini cierra, se da vuelta y dirige sus pasos hacia la sala donde está la abuela, confuso, quedo mirando la botella llena y tapada que lleva en la mano. Entra y cierra la puerta. Vuelvo a escuchar la voz de la abuela.

  —El señor lo va a ayudar, Teo –dice el padre.

  Voy hacia la puerta que está en el fondo del patio, cruzo por la sacristía y entro por otro lado a la sala donde están hablando.

  —El señor lo va a ayudar –dice el padre entregando la botella a la abuela.

  Todavía no se dieron cuenta de que estoy de pie junto a ellos. Pero mi atención está puesta en la sala donde la señorita Irene está dando la clase de catecismo. Tiene el pelo negro, tan negro que parece pintado.

  Cuando se dan cuenta  de que estoy allí dejan de hablar.

  —¿Cómo te va, Evaristo, viniste acompañando a tu abuela? –dice el padre. Luego agrega:

  —¿Dónde estabas que no te vi?

  —En el patio, jugando – digo, dándole poca importancia a las palabras pero sin poder evitar mirarlo fijo a los ojos.

  Las orejas grandes del padre Cesarini se colorean de rojo y sus ojos se achican y parece que destellaran. No sé por qué pero parece que metí la pata. Mi corazón empieza a palpitar fuerte.

  —Quiere anotarse con la señorita Irene –interrumpe la abuela.

  —¡Ah, muy bien! Le voy a visar que te anote en su curso –dice el padre.

  Luego coloca su mano gorda y pesada sobre mi cuello y nos acompaña hasta la puerta. Mientras caminamos habla con la abuela y me mira de reojo. Siento que su mano aprieta cada vez más fuerte.

  Cuando llegamos a la salida, le da un beso a a abuela y soltando mi cuello me palmea la espalda.

  —No hay que desesperar, Teo, tarde o temprano la ayuda del Señor llega. Hay que orar y tener paciencia –dice y agrega:

  —Un abrazo grande a José. Pronto voy a ir a visitarlo –dice y me besa en la frente.

  —Y a vos te espero para empezar las clases de catecismo.

  Lo observo a los ojos: “Se inclina frente a la canilla con la botella en la mano, el gorrión se escapa, los demás gorriones se callan por completo.”

  Otra vez se ponen rojas sus orejas. Da media vuelta y se retira.

  La abuela tironea de mi brazo. Caminamos hacia  casa.

  —Abuela…, puso agua en la botella – digo.

  —Claro, agua bendita –dice.

  —¡No, agua de la canilla! –le  digo.

  —Sí, el agua es de la canilla pero él la bendice –dice ofuscada.

  —¡No, yo lo vi, era de la canilla! –grito.

  —¡Es bendita y basta! –dice la abuela casi gritando.

  Sigo pensando que si es de la canilla no es bendita. El agua bendita tiene que ser del cielo.

  Seguimos caminando en silencio. Le  digo que me voy a la plaza a jugar y salgo corriendo.


                                                       ***

  Llego agitado a la plaza y me detengo. Miro hacia donde camina la abuela con la mantilla en la cabeza y el libro nacarado en la mano.

  No era agua bendita. Espero que desaparezca y en lugar de ir hacia donde están los chicos jugando, cruzo la calle y corriendo vuelvo a la iglesia.

  Abro la puerta de la sala: no hay nadie. Voy hacia el patio, lo cruzo y me detengo delante de la canilla. Los gorriones siguen gritando en la copa de la palmera. La canilla está allí, al alcance de mi mano. Mi corazón vuelve a palpitar fuerte mientras sigo con la vista clavada en ella. Un gorrión vuela hasta ubicarse sobre la maceta cercana y desde allí me observa inquieto. Todavía siento la mano del padre Cesarini que aprieta mi cuello.

  Estiro y la abro hasta que el chorro moja el piso. Retrocedo y quedo mirando salir el agua. El gorrión salta al suelo y se acerca a tomar agua. Pronto, desde las alturas, llegan más. Cada tanto me observan sin miedo.

  Salgo corriendo sin mirar nada de lo que pasa alrededor.

  Llego a casa y trepando al limonero, salto a la terraza de la casa de Fermín. Allí me instalo sentándome sobre la cornisa y mirando hacia el reloj que está en la cúpula de la iglesia.

  La aguja chica está en el número siete, la grande se acerca al doce. Pronto deberán sonar las siete campanadas. La aguja mayor llega al lugar de las doce y contengo el aliento…, da un salto y pasa la hora sin que suenen las campanadas.

  Ahora sí, no puedo evitar que se me escape una sonrisa. El padre Cesarini y el sacristán deben estar tratando de secar el patio inundado y los gorriones gritando más que nunca.

  Bajo por las ramas del árbol y entro en mi cuartito. Enciendo los controles de la nave espacial. Observo el cielo por la ventana y tenues aparecen las primeras estrellas. Allá está Marte, brillante y rojizo. Con absoluta tranquilidad muevo los controles de mi nave hasta ubicarla en el punto “rumbo al cielo”.

  Pronto me voy a encontrar con Dios y le contaré todo lo sucedido. Personalmente le voy a pedir agua bendita para el abuelo. Cuando sepa lo que hizo el padre Cesarini le va a dar un reto. Se lo merece.

  El silencio del espacio me envuelve. Ante mí está mi rostro apenas reflejado en el vidrio de la ventana…, y más allá el cielo que cada vez es más profundo.

  Voy hacia él.

 
















Frío cielo de mayo


  Todavía falta bastante hasta que llegue la hora de ir al catecismo. Retiro las revistas que cubren los controles de mi nave espacial y la pongo en funcionamiento. El cielo me recibe como siempre: en silencio. Navego errante hacia cualquier parte. En realidad no sé hacia donde dirigirme. El espacio es tan grande que a veces me pierdo dando vueltas y vueltas sin rumbo fijo. A Dios lo fui a ver los otros dias por el asunto del agua bendita; así que hoy no voy a ir a verlo. “Sólo por cosas importantes”, me dijo. En cuanto al agua bendita, no me dio la razón, ni al padre tampoco, se limitó a sonreír y decirme que recoja toda el agua que quiera en las próximas lluvias.  

  Mi nave sigue errabunda, dando vueltas y vueltas por el mismo sector del cielo. De pronto aparece el sueño que tuve anoche: estoy en la iglesia y el altar brilla mostrando sus ornamentos dorados. Arriba el techo se junta en un punto oscuro que me produce la sensación de que va a tragar mi cuerpo. Los vitrales de las ventanas comienzan a mover sus figuras de santos y ángeles de colores encendidos que saltan de un lugar a otro rodeándome y girando a i alrededor cada vez con mayor velocidad hasta merecerme. Siento que me caigo pero nunca llego al suelo. Levanto las manos y hago un gesto para que se detengan: quiero preguntarles pero no hacen caso. Arrodillado les imploro, luego comienzo a rezar temblando, pidiendo perdón por las cosas malas que hago.

  Lentamente se van quedando quietos, hasta ubicarse otra vez en los lugares que tenían. La luz que entra por las ventanas desde afuera va apagándose y en cambio la de las velas a iluminar con más y más intensidad. Esa luz me ciega. No veo nada…,

en ese instante aparece con claridad la voz de la señorita Irene que con esa suavidad que tiene me llama y el sueño desaparece.

  Ya no aguanto más. Sin esperar que sea la hora, dejo tapada mi nave y voy hacia la iglesia.



  Abro la puerta grande y p—e—s—a—d—a de la entrada principal. La iglesia se extiende como una cueva gigante en penumbras. Está vacía de personas, no hay nadie. Las luces amarillentas de las velas iluminan las figuras de los santos que están sobre las paredes laterales apoyados sobre grandes repisas de mármol blanco. Siento la sensación de que todo se estuviera moviendo como un barco grande y pesado.

  Allá está el Cristo crucificado sobresaliendo de todo los demás, y un temblor recorre mi cuerpo, no, no es de miedo. Nunca lo había visto estando la iglesia vacía; voy hacia El: los largos bancos de madera pasan a mis lados en silencio. De pie frente a Cristo recorro su figura con la vista y me persigno. Otra vez aparece el temblor en mi cuerpo. ¡Qué grande es! Parece como si fuera a caerse encima del que lo mira. Allá arriba, casi perdida en la oscuridad, está la cabeza sangrante con la corona de espinas. Palpo mi cabeza en el lugar donde El las tiene clavadas.    

  Lo dejo y me dirijo hacia la puerta de atrás que está entreabierta. Miro hacia adentro: sentada a una mesa, la señorita Irene lee un libro. Desde la cabeza cae su pelo negro que parece pintado. Parece la imagen de una virgen. Desde el marco de la puerta y sin moverme, la observo con detenimiento mientras mi respiración se agita. Ella presiente algo porque gira la cabeza y me mira con sus ojos oscuros y bondadosos: sonríe.

  —Entrá, Evaristo…, sentáte, todavía no llegaron los demás.

  No me decido y me pongo colorado, pero su sonrisa me tranquiliza.

  —Es temprano, mejor me voy a caminar por la iglesia – digo.

  Ella se encoge de hombros sin dejar de sonreír, luego continúa leyendo el libro.

  Por suerte no insistió. ¿Qué le hubiera dicho?; a lo mejor me preguntaba cosas que yo no sé, o me observaba con fijeza a los ojos para saber si había hecho algo malo.

  Las sombras de la iglesia y las luces de las velas vuelven a atraparme. Sin poder evitarlo camino otra vez hacia el Cristo crucificado. ¿Por qué lo habrán lastimado tanto? Las manos, largas y finas, sangran clavadas a la cruz. Se parecen a las del abuelo; en cambio las del padre Cesarini son gruesas y cuadradas. ¿Por qué lo habrán lastimado tanto? La sangre me produce miedo, aunque no como cuando yo era más chico. Desde arriba, la cabeza con las espinas clavadas mira hacia abajo pero no hay dolor en su expresión. Me arrodillo y rezo:

  —El padre Cesarini le dio agua de la canilla a la abuela y el abuelo está cada día peor de su enfermedad. No dejes que se muera, yo lo quiero mucho y es con el único que hablo de mis viajes por el cielo. No se tiene que morir pero el cura le dio agua de la canilla.

  Una y otra vez repito “que no se muera”, y las sombras y las luces de las velas se mueven, se agrandan, suben y bajan, como en el sueño de la noche anterior. Estoy de pie y todo gira y gira en derredor. Los santos saltan de una ventana a la otra y siento que me voy a caer. Mareado, me aferro al pie lastimado y sangrante y lo beso. No me produce miedo como antes: el frío de esos pies pasa de mis labios a mi cuerpo y me calma.

  Dirijo mi vista hacia las sombras del fondo y en ellas aparece una rendija de luz y la voz de la señorita Irene avisando que empiece la clase.

  Camino por e lugar más oscuro de la iglesia donde casi no se ve nada. Me guío por la luz que sale del lugar donde está ella.

  Al acercarme escucho su voz con claridad. Miro hacia atrás por sobre mi hombro y un estremecimiento recorre i cuerpo. Por fin entro en la sala de catecismo y la luz fuerte da en mis ojos: no veo nada.














Otro cielo



  En la cama grande de bronce, el abuelo duerme respirando muy despacio. Yo estoy acostado junto a él leyendo un libro. El médico dijo anoche que mi bronquitis mejoraba. Hace dias que estoy en la cama, pero el abuelo hace meses. “San Valentín” me dijo que el abuelo no se curaba porque no quería. Yo se lo conté hace un tiempo y se largo a reír, luego dijo que ya lo iba a agarrar a ese viejo metido.

  Doy vuelta otra página del Príncipe Valiente y la aprieto sobre la línea del medio para que no se mueva.

  ¿Por qué no querrá sanarse? Si se curara podríamos ir al campo a visitar a los Moret, como antes. Renata siempre me envía cartas preguntando por qué no vamos.

  Apoyado en sus cuatro almohadas apiladas, el abuelo sigue durmiendo.

  Antes de empezar a leer la nueva página lo observo de reojo. A él le cuento todos mis viajes espaciales y lo que me enseñan en catecismo.

  Me explicó lo que es la Biblia y también me dijo que el padre Cesarini y muchos otros se la habían olvidado o no la leían nunca. Otra vez, me la mostró y leyó algunos versículos.

  El Príncipe Valiente lucha contra todos los adversarios. Lo ayuda un Caballero alto, delgado y de pelo blanco que se parece al abuelo. Uno de los enemigos, ya vencido, se hace el muerto y saca un puñal de entre sus ropas. Agazapado espera.

  Va llegando la noche. El Príncipe Valiente invita al Caballero desconocido a comer con él. Después de haber comido, se recuestan sobre unas mantas y quedan dormidos.

  Entra a la habitación la abuela con una taza de té y el remedio para el abuelo que continúa durmiendo, igual que el Príncipe y el Caballero.

  La abuela no lo despierta y se va. Antes me recomienda que le haga acordar, cuando despierte, que tome el remedio.

  El enemigo que se hizo el muerto se arrastra sigiloso hasta el Caballero que se parece al abuelo.

  La abuela vuelve y dice:

  —¿Todavía no tomo el té?

  —No, sigue dormido – digo sin levantar la vista del libro.

  El enemigo se acerca con el puñal en la mano, ya está muy cerca del Caballero parecido al abuelo.

  ¡Levanta el puñal!

- ¡Eh, José…, el té que me pediste! –dice la abuela en voz alta.

  El maldito asesino tiene el puñal levantado y sonríe: “Le destellean los ojos como si quisiera usarlos en lugar de la daga”.

  La abuela sacude con fuerza al abuelo. La cama se mueve y rechina.

  —¡José!, ¡José! –grita la abuela.

  El asesino, por fin, baja con todas sus fuerzas el puñal y lo clava en el corazón del Caballero que se parece al abuelo y grita:

“¡muere, muere, maldito Rey de las Islas!”

  la abuela sale gritando y llorando. Yo, asustado, dejo el libro y miro hacia donde la abuela salió llorando.

  —¡Vengan que José está muerto…, está muerto!, ¡Se murió dormido!

  En la confusión el libro queda abierto y en una de las páginas aparece un dibujo que no puedo evitar observar: el Príncipe Valiente mira al Caballero delgado y de pelo blanco que está recostado sobre las mantas, y aunque parece dormido está muerto.    

  Miro al abuelo que parece dormido mientras afuera la abuela grita que está muerto y hay otras voces y gritos que se acercan.

  Estiro mis pies y al tocar las piernas del abuelo siento que están frías, tan frías como las del Cristo crucificado de la iglesia.

  Entonces ya no entiendo nada más; a mi alrededor escucho gritos y llantos. Pronto yo también comienzo a llorar.

  Me levantan envuelto en una colcha de lana y me llevan a otra habitación. Allí quedo solo.

  La abuela grita:

—¡José se murió y el padre Cesarini no vino!

—¡Y eso que le avisó! –dice mi tía.

—¡Yo le dije que le avisara otra vez! –ésa es la voz de mi mamá.

  Entra mi tía a la habitación en donde estoy y dice que me quede tranquilo, que el abuelo ya está en el cielo; luego se va cerrando la puerta. Desde afuera siguen llegando voces, llantos, órdenes y llamadas telefónicas.

  Yo estoy solo en esa habitación fría. Mi pecho se agita: sé lo que me va a suceder. Cada vez hace más frío. Apenas entra una luz muy débil por la claraboya que está en lo alto de la pared. El ataque de asma llega. La fatiga comienza a sacudirme el pecho una y otra vez. Se apropia de mi cuerpo. Quiero gritar, llamar a alguien pero me ahogo y no consigo emitir sonidos. Nadie oye. Nadie viene a verme. La habitación está cada vez más fría, las voces se escuchan cada vez más lejanas. En este momento sólo pienso en sacarme el ahogo de encima.

  Mi pecho ha subido y bajado tantas veces que ya no sé cuanto tiempo hace que estoy así. El ataque comienza a debilitarse. Agotado, con el pecho dolorido entro en un sueño que no sé si es sueño.

  Abro los ojos: la puerta está abierta. Me levantan, y envuelto en frazadas transportan mi cuerpo como si fuera el de un muñeco.

  Alrededor, veo, siento, oigo, caras, miradas, voces de personas que no reconozco y besos no sé de quiénes junto a palabras que no entiendo.

  Me ubican frente al abuelo que parece dormido y está dentro de un cajón oscuro, rodeado de telas blancas con puntillas y flores.

  Dicen que lo bese en la frente. Las manos del abuelo están cruzadas sobre su pecho y no sangran. Alrededor veo caras, cabezas que se mueven y luces que destellan subiendo y bajando junto a flores y velas encendidas como en la iglesia donde todo giraba y giraba hasta sentir que caigo.

  Me inclinan, beso al abuelo en la frente: está frío como los pies de Cristo de la iglesia, el frío sube por mis labios y comienzo a serenarme.

  —¡El abuelo no quiso curarse, el abuelo no quiso! – digo.

  Me miran, se miran entre ellos y otra vez  me llevan en brazos a esa habitación vacía.












Cielo de diciembre y Comunión



    Ayer confesamos todos, luego la señorita Irene nos dio las últimas indicaciones y nos besó a uno por uno en la frente.

  Puedo recitar el catecismo de adelante para atrás y de atrás para adelante pero ella se preocupó de que no repitiéramos de memoria. Nos daba ejemplos relatándonos anécdotas. Los otros catequistas no eran como la señorita Irene, ella coincidía con el abuelo en que no había que repetir de memoria. Al padre Cesarini le gustaba que le respondieran al instante y sin dudar. Cada tanto venía y nos preguntaba, después nos felicitaba y también a ella. Nos poníamos contentos porque después nos convidaba con caramelos y terminaba la clase contando cuentos, historias de las primeras épocas del cristianismo.

  Después de la muerte del abuelo, el padre Cesarini siguió viniendo a casa. Explicó q2ue estaba de viaje cuando  todo sucedió. Se quedaba largas horas hablando con la abuela. Pero yo, cuando lo veía entrar, me iba a jugar a la plaza.

  Hoy es el día. Voy a tomar la primera comunión y no me siento para nada nervioso. Otros chicos están pálidos de miedo. Deben creer que esto es un velorio, pero no es así. Hay una fila de varones y otra de mujeres. Largas filas de más de una cuadra cada una. A ellas las miran más que a nosotros y les dicen que parecen novias con sus vestidos largos. Pero algunas producen risa porque parecen enanitas.

  Las filas ocupan toda la cuadra, dan vuelta en la esquina y vuelven hasta llegar casi a la puerta de la iglesia.

  Todo comenzó en marzo, lo recuerdo bien. Luego marzo quedó atrás y los meses siguientes pasaron tan rápido que apenas recuerdo lo que ocurrió. En cambio la muerte del abuelo me quedo grabada.

  En esa época yo tenía una nave espacial como Flash Gordon y deambulaba con ella por el cielo realizando misiones o solamente por conocer.

  Varias veces fui a verlo a Dios para pedirle por el abuelo.

  Un día trajeron a casa un botellero y le vendieron la cocina que había transformado en una nave espacial. Estoy seguro de que si el abuelo hubiera estado vivo no lo hubiera permitido. No sé por qué les agarró la desesperación por vender todo. Se llevaron casi todos los muebles, especialmente los de la habitación del abuelo y a la abuela le compraron una cama angosta en la que apenas cabe. Mi papá y mi tía decían que había que modernizar la casa y fueron vendiendo todo a los botelleros. Después compraron muebles modernos que al poco tiempo comenzaron a caerse a pedazos.

  La fila avanza y ya estoy ubicado debajo del portal de entrada de la iglesia. Mi familia está en la vereda de enfrente y cada vez que miro hacia allí hacen algún gesto o sonríen. Toda esa vereda está repleta de familiares y amigos de los que vamos a tomar la comunión.

  Hace calor y empiezo a sentir que la transpiración pega la roa al cuerpo. Un poco más, y la sombra fresca del interior de la iglesia hará que me sienta mejor.

  De pronto en la calle se arremolina la gente. Del amontonamiento sale corriendo un señor llevando en los brazos a una chica vestida de comunión. Entran en un auto y éste arranca alejándose del lugar a gran velocidad. Cada tanto los padres cruzan la calle y se acercan a sus hijos a decirles algo para tranquilizarlos, aprovechando para arreglarles la ropa.

  Por fin estoy dentro de la iglesia que aparece con todas sus luces y velas encendidas, llena de gente sentada y de pie y con los chicos que van a  tomar la comunión en larga fila por el pasillo central hasta el altar.

  No puedo evitar mirar hacia ese lado: allá está el Cristo crucificado destacándose de todo lo demás. Nunca pude dejar de mirarlo, aunque ahora no me asusta como cuando era muy chico.

  Después de la muerte del abuelo, todos me felicitaron por “lo bien que me comporté en esos momentos tan difíciles” y me compraron unos incómodos pantalones largos que nunca uso por vergüenza. Como se olvidaron o no sabían que existía me quedé con la Biblia del abuelo y siempre vuelvo a leer las partes que él me explicó.

  Ya falta poco. Los chicos que están delante de mí se arrodillan; luego el padre Cesarini, resplandeciente, se inclina hacia ellos y les da la hostia. Los monaguillos lo siguen en silencio.

  Otros chicos y yo nos arrodillamos y desde la otra punta el padre comienza a colocar la hostia en las bocas.

  Lo veo justo de costado: se inclina hacia el niño bajando un poco el cáliz dorado. De pronto se me aparece agachándose en el patio y poniendo el pico de la botella bajo el chorro de la canilla. Una y otra vez hace lo mismo.

  Llega hasta mí, se detiene y baja la botella hasta acercarla a mi boca entreabierta. La hostia se adhiere a mi lengua.

  —¡De la botella no! ¡De la botella no! –trato de decir pero no me salen las palabras.

  Me mira desde lo alto y entrecierra los ojos. “Le destellan los ojos como si quisiera usarlos en lugar de la daga”.

  La hostia se me pega al paladar.

  Me levanto y corro empujando gente a mi paso.

  —¡Le dio a mi abuelo agua de la canilla, por eso se murió! – trato de decir, pero no me sale la voz.

  Jadeando por el esfuerzo salgo de la iglesia con la hostia pegada al paladar.

  El sol me da de lleno en la cara y hace que no vea dónde estoy. Me detengo un instante confundido y luego me lanzo no sé hacia qué lugar.

  Corro sin parar hasta que me detengo agotado y sin fuerzas.

  Palpo algo frío que enseguida reconozco. Inclino mi cabeza y beso los pies de Cristo crucificado. Ese frío me calma. Le pido perdón por no haber tomado bien la comunión.


















Cielo de barro




Salgo de casa dando un salto desde el umbral hasta casi la mitad de la vereda, de allí hasta el cordón. Quedo haciendo equilibrio.

  “Mañana vamos a ver cómo se entrena mi hermano”, me dijo ayer el Tape. “Es bueno boxeando. Va a ser campeón.”

  Sigo por el cordón hasta casi la esquina y miro hacia el monumento a Urquiza en el centro de la plaza. Allí está el Tape esperando. Levanto el brazo para que me vea. Levanta el brazo porque me vio. De pie en la escalinata arroja la boina negra al aire y luego se la vuelve a poner. Es el gesto que hace cuando está contento y excitado. Sacude la mano para que me apure. Dejo pasar el tranvía y cruzo hacia la plaza: cruzo el cantero chico, cruzo el cantero grande y llego al monumento.

  —Empiezan a entrenarse a las seis de la tarde –dice el Tape mientras caminamos hacia el club.

  —Ya deben haber empezado – digo.

  —Si gana este sábado, la próxima pelea es en el Luna Park –dice y salta levantando los brazos.

  Un perro amarillo y medio rengo nos husmea y se nos acopla. Cada tanto lo rascamos con la punta del pie.

  —El entrenador se llama don Santiago y fue campeón argentino –dice.

  —¿Cuántas peleas ganó tu hermano? –le pregunto.

  —Un montón –dice—. Como quince peleas, todas por K.O.

  Ya estamos en la “Siberia”, como le dicen a este lugar. Las casas son más bajas y muchas sin revocar. El perro amarillo nos husmea los talones y se mete entre los dos. Hay gente sentada en las puertas de las casas. Toman mate. Cuando pasamos dejan de hablar y nos miran, después siguen hablando.

  —Ese es el club –dice el Tape y señala con el brazo extendido. Señala una casa vieja y grande, la más grande que hay por allí. Está pintada de marrón, como si le hubieran tirado barro.

  —Es la primera casa que se hizo aquí –dice el Tape—.

  Está hecha de adobe, barro y paja, dicen.

  Toco la pared rugosa y el barro tibio ensucia las yemas de mis dedos.

  —Es cierto, es de barro – digo—. ¿Y no se cae?

  —no, no se cae –dice el Tape enfilando hacia la puerta grande que está abierta.

  El perro orina la puerta de entrada, se echa a un costado y allí se queda. Le palmeo la cabeza y de un salto alcanzo al Tape.

  Entramos y están todas las luces encendidas. Hay un gran salón largo, muy largo. Hay en el fondo un escenario de madera con un cartel arriba que dice: “El Fortín de la Siberia”. Hay a un costado un mostrador de madera con un gordo que apoyado sobre los codos nos mira al entrar, y nos sigue mirando cuando lo miramos a él. Detrás del gordo me llama la atención una estantería con botellas de colores y espejos y más arriba un cartel que dice: “El Fortín de la Siberia”.

   Hay al costado del mostrador una vitrina iluminada llena de copas y trofeos relucientes. A los lados mesas vacías y sillas, y una mesa redonda donde juegan con cartas y porotos. Hay, también, y ahora lo descubro, una mesa cuadrada con un viejo sentado sobre ella que mira como hipnotizado las copas y trofeos de la vitrina.

 El gordo nos sigue mirando y al otro lado están las mesas de billar y en una juegan dos hombres que tienen pañuelos puestos como delantales y hay una mujer sentada a un costado que se ríe de ellos y come un sándwich, mientras el gordo nos sigue mirando.

  El tape me lleva hasta el mostrador, el gordo nos mira apoyado sobre los codos. El mostrador es alto; el gordo, como una montaña, nos mira desde más alto aún.

  —Venimos a ver el entrenamiento de mi hermano –le dice el Tape al gordo.

  —Pasen pero sin hacer lío –dice mientras sigue mirándonos.

  El Tape me empuja y nos dirigimos hacia una puerta que no había visto. Tiene una inscripción que dice: “Gimnasio”. Las paredes por dentro siguen siendo de barro pero pintadas con cal. Giro hacia atrás la cabeza: el gordo nos sigue mirando y el viejo mira la vitrina con las copas y trofeos. Lo único limpio que hay en ese lugar.




II

 


 En el centro está el ring, iluminado desde arriba por un racimo de reflectores. Todo lo demás es semipenumbra y sombras quietas o en movimiento.

  Sobre el ring, dos boxeadores con pantalones brillantes, rojo  y blanco uno, negro y blanco el otro, se pegan con golpes que resuenan como latigazos. Algunas de las sombras gritan y se mueven.

 —¡la derecha, Segovia, saca la derecha! ¡Ahora, ahora…! ¡En punta esa mano! ¡Así… muy bien! ¡Cuidado con la contra, cuidado! –ordena a gritos la sombra que está de pie en una de las esquinas del ring.

  —El de rojo es mi hermano –dice el Tape con los ojos brillando en la oscuridad.

  Pronto me acostumbro a la penumbra y empiezo a ver lo que pasa alrededor. A un lado y al otro, mejor en los cuatro costados, hay gradas de madera y en torno al ring un pasillo ocupado por sombras.

  —Hoy es el último entrenamiento, mañana descansan y el sábado es la pelea –dice el Tape con los ojos clavados ene. Cuadrilátero.

  Nos sentamos en una de las gradas. Los boxeadores se mueven a un lado y a otro tirando golpes sin parar. Golpes que apenas se ven por la velocidad. El hermano del Tape va siempre hacia delante. El cuerpo en tensión brilla por la transpiración, los músculos parecen de piedra. Tira y tira golpes sobre el otro, que retrocede con la cara cubierta por los guantes.

  —¡Trabajá abajo, Segovia! ¡Así, así1 –grita la sombra desde el rincón…

  —¡…Ahora la izquierda, la izquierda arriba!

  Y el golpe llega a la cara del otro, que se tambalea y retrocede y sube los guantes, pero ya es tarde y otra izquierda a la zona del hígado y las rodillas se le doblan y entonces el del rincón grita:

  ¡Basta…, basta!

  El hermano del Tape toma al otro por la cintura, lo levanta y le pasa el guante por el pelo llevándolo hacia el banquito que está en el rincón. El Tape grita entusiasmado.

  —¡Bien, hermano! ¡Bien, Martín Segovia! ¡Bravo campeón!

  Martín Segovia levanta un brazo en dirección hacia donde estamos y saluda sonriente.

  —Ese debe ser mi hermanito, por lo fanático. El sábado te la cuento –dice mientras la sombra del rincón le arroja agua a la cara y lo seca con una toalla. Luego hace lo mismo con el otro, que tiene los ojos hinchados y tristes.

  Se encienden las luces de los costados y se apagan las del ring.

  Las sombras son personas que estaban mirando. El que daba órdenes debe ser don Santiago, y ahora tiene la toalla mojada alrededor del cuello. Comienza la tarea de sacarle los guantes a Segovia, quien mueve la cabeza y respira hondo haciendo ruidos. Debajo de lso guantes aparecen vendas blancas. El otro quita los guantes él mismo, luego las vendas con los dientes. Se derrumba en el banquito y allí se queda con las piernas estiradas y los brazos colgados de la última soga. Los ojos hinchados y tristes.

  Nos levantamos.

  —Ese no corre más. Perdió tres peleas seguidas por K.O. Lo tiene de sparring –dice le Tape, que adivina lo que estoy pensando.

  El hermano del Tape dirige de pronto su mirada hacia nosotros.

  —Ese que está con vos, hermanito, debe ser Evaristo, el que te fajó, ¿No es cierto? –dice con voz atronadora y agrega:

  —Traémelo al camarín que vamos a borrar esa humillación.

  Todas las miradas se dirigen hacia donde estamos. Hacia mí. Siento como una descarga eléctrica en el cuerpo. El Tape me pasa un brazo sobre el hombro.

  —No le hagás caso, es una broma –dice en voz baja. Caminamos hacia los camarines y a pesar de las palabras del Tape no puedo evitar temblores en las piernas. Hay algo raro, algo confuso en esa mirada dura y firme de Martín Segovia.







III


 

 Estamos sentados sobre un banco largo de madera en el camarín de los boxeadores. En el centro hay como una camilla alta de hierro. Y Martín Segovia, con el cuerpo brillante entra sin mirarnos. Atrás llegan don Santiago y otros que no conozco. Al final entra también el viejo que estaba mirando la vitrina llena de copas y trofeos. Se queda apartado del grupo y después agarra una silla y se sienta con el respaldar hacia delante, apoyando los brazos sobre él. Sonríe cuando Martín Segovia se extiende boca arriba sobre la camilla y  don Santiago empieza a masajearlo con fuerza. Sonríe pero no habla. Los demás hablan en voz baja. El Tape me codea para que preste atención a los masajes. Seguimos los movimientos sin perdernos detalles. Martín Segovia mira el cielo raso sin pestañear. Está concentrado. Sobre él cuelga una lámpara con una pantalla de cartón y del cable se extiende una telaraña hasta el techo amarillento y sucio. Por fin, el boxeador aspira hondo y larga el aire de golpe y la telaraña se agita como sacudida por un viento poderoso. Una y otra vez aspira y larga el aire. Repite esto diez veces, se detiene unos instantes y otra vez recomienza la operación. Las manos de don Santiago trabajan ahora sobre las piernas largas con músculos abultados que se mueven como gelatina cuando son masajeados.

  El viejo mira y sonríe, siempre de la misma manera, sin hablar, sin mover un solo músculo de la cara. Por fin se levanta y enfila hacia la puerta.

  —¡Eh, Natalio, espere!— le grita el hermano del Tape levantando la cabeza—, necesito entradas para regalar…, diez por lo menos.

  El viejo se detiene junto a la puerta y se da vuelta: ya no sonríe.

  —Esto es un negocio, no una sociedad de beneficencia. Te las descuento de tu parte, ¿entiendo? —dice.

  Martín Segovia lo mira como para comérselo, pero suelta una risita y vuelve a recostar la cabeza.

  —Un negocio donde yo pongo el cuero y no me llevo ni para cigarrillos, ¿eh, Natalio? —dice Segovia.

  —Yo organizo, vos peleás, él te prepara, cada cosa en su lugar. Cuando seas campeón se te van a caer loas billetes de los bolsillos. No todo es pelear, pibe, vos lo sabés bien. Esto es muy difícil. ¿Entiendo? –dice el viejo con la sonrisa otra vez en su lugar.

  —Está bien, está bien –dice Segovia hablando medio de costado—, pero a estos pibes dejálos entrar sin pagar, no van a ocupar asientos.

  Nos mira desde la camilla y nos guiña un ojo.

  —Esta bien, pero van a tener que trabajar, vengan conmigo que les voy a explicar –dice el viejo y nos hace un gesto con la cabeza.

  Vamos tras él. Entra en el salón donde está el mostrador y se sienta sobre la mesa frente a la vitrina llena de copas t trofeos. Parece que ése es su lugar, su puesto de mando. El gordo del mostrador nos miró al entrar y ahora nos sigue mirando.

  Continúan jugando al billar, pero ahora la mujer con el taco en la mano juega con uno de los hombres, en tanto que el otro está sentado comiendo un sándwich y riéndose.

  La vitrina es iluminada por dentro por varias lamparitas.

  Las copas y trofeos relucen y brillan delante del viejo que las mira. Las mira, las remira, las recontramira. No sé por qué este hombre me pone nervioso.

  —Ustedes vana dirigir la comparsa –dice el viejo.

  —¿Qué comparsa? –pregunta el Tape haciendo un gesto con los dedos.

  —Van a traer a todos los amiguitos que conozcan para formar una barra que portará una bandera del club con el nombre de Martín Segovia –dice.

  —¡Bien!...Y vamos a gritar alentando a mi hermano durante toda la pelea, ¿no es cierto?

–dice el Tape entusiasmado y entendiendo lo que el viejo quiso decir.

  —Esperá, esperá, pibe, no es tan fácil. Tranquilidad. Nadie, nadie más que nosotros debe enterarse de esto. Es un trato. Boca cerrada. ¿Entendido? Ustedes entran gratis pero hacen el trabajo; a los demás, entradas a mitad de precio. ¿De acuerdo?

  “Si”, decimos a coro y nos miramos felices.

  —ahora, a beber cocas, yo pago –dice sin dejar de mirar la vitrina.

  Dos golpes fuertes en la mesa y es el gordo que pone las botellas y las abre con un destapador oculto en su mano regorda.

  Nos llevamos los picos de las botellas a las bocas y tragamos sin respirar. Al Tape le brillan los ojos.

  El gordo está otra vez detrás del mostrador mirándonos.

  Pero de pronto dirige su mirada hacia la puerta de entrada. Nosotros hacemos lo mismo y los que juegan al billar otro tanto.

  Por la puerta entran dos hombres vestidos con trajes y sombreros impecables. Dan unos pasos recorriendo con la vista el lugar y se detiene en el medio del salón.

  El viejo se baja rápido de la mesa y se dirige hacia ellos.

  Los saluda dándoles la mano. Pasan a nuestro lado sin vernos.

  —Venimos por el trato, don Natalio –dice uno de los hombres.

  —Muy bien, muy bien. Vengan, vamos a sentarnos allí –dice el viejo llevándolos hacia una mesa al final del salón. El gordo del mostrador ya está allí de pie, firme con una servilleta en la mano, esperando que ordenen.

  Terminamos las cocas y nos vamos. El gordo está en el mostrador con la vista atenta a la mesa donde están reunidos; no obstante, con el rabillo del ojo nos mira. Los que juegan al billar están sentados y beben cerveza. Salimos del club y ya es de noche. Paso la mano por la pared áspera del frente y siento como el barro seco y tibio ensucia las yemas de mis dedos.

  Caminamos despacio hacia la plaza Urquiza.




IV


  Y aquí estamos, sentados en la primera fila de gradas, apretados y felices. Todo está lleno de gente y humo que flota y se leva lento hacia el techo alto de chapa oscura. Todo está lleno y hace rato que no permiten entrar gente. La grada en la que estamos sentados y tres más arriba están llenas de pibes que trajimos nosotros, como le prometimos a don Natalio. De mi colegio vinieron pocos, pero todo el viernes recorrimos con el Tape la “Siberia”, recolectando. Cuando llegamos a cincuenta paramos porque el viejo se puso pálido. Pero largó las entradas en cuanto le mostramos la plata que cobramos por anticipado. Y mientras la contaba acomodando prolijo los billetes, fue recuperando la sonrisa. Pro fin nos recomendó que el sábado estuviéramos temprano y nos sentáramos todos agrupados. Le encargó al gordo que nos miraba desde el mostrador las banderas y le dijo que nos diera todas las bebidas que quisiéramos, pero sólo a nosotros dos y lo recalcó. Se puso el fajo de billetes en el bolsillo y pasó a mirar la vitrina con las copas y los trofeos, suspiró y nos hizo un gesto para que nos fuéramos.

  Y aquí estamos, sentados en la primera fila de gradas, apretados y felices, hinchados de cocas y naranjas.

  En el ring pelean dos preliminares de peso pluma que hacen todo lo posible para pegarse algún golpe y tranquilizar a las barras. Pero es evidente que no lo consiguen. Todas las trompadas van al aire.

  —¡Ridículos! ¡Ridículos! –les grita un señor rubio que está delante nuestro.

  Cada tanto levantamos las banderas y gritamos por un rato “Martín Segovia Campeón”, “Segovia campeón”, y casi todos los presentes siguen y acompañan los cantos.

  En favor de Martín hay carteles de la “Siberia”, pero también de otras partes y barrios de Villa Urquiza.

  Hay gente sentada, gente de pie y apretada, subida unos sobre otros y arracimados del lado de afuera y mirando por los ventiluces como si fueran gatos. Algunos, cada tanto, pasan el cuerpo por el espacio estrecho que dejan las ventanillas abiertas y se descuelgan hacia adentro cayendo sobre otros que protestan contentos.

   A la barra que trajo el contrincante de Martín, un tal Romualdo Fernández, la fueron apretando hasta arrinconarla y sumirla en el silencio.

  No sé cómo esas paredes de barro pueden aguantar tantas personas. Creo que se van a caer en cualquier momento y la gente se va a desparramar.

  En un lugar alto hay un gran cartel donde se presenta la pelea estelar y el récord de cada uno de los boxeadores.

  Otra vez sube al ring el gordo del mostrador, vestido con el smocking que don Natalio le alquilara. Reluce como si lo hubiera lustrado con pomada. Anuncia la próxima pelea que es la de semifondo, pero no lo dejan terminar. El griterío es ensordecedor. No hay caso, quieren a Martín Segovia. El gordo va hacia un lado del ring, se agacha y habla con don Natalio y otros. Por fin se levanta. Se vuelve a parar en el medio del cuadrado y alzando los brazos hace callar a la multitud que acata previendo lo que va a decir.

  Empuña firme el micrófono y, con una amplia sonrisa, anuncia que la pelea de semifondo no se va a hacer. Y allí como una tormenta contenida se descarga la gritería. Y vuelta a levantar los brazos, pero ahora sí la gente se calla rápidamente y el gordo anuncia la esperada pelea.

  En el mismo instante el piso empieza a temblar y el techo de chapas a vibrar y yo creo que me desmayo apretado y casi asfixiado.

  El gordo, asustado, recoge el cable y bajando apurado del ring, e escabulle.

  Levanto la cabeza como puedo y lo veo al Tape parado arriba del señor rubio que gritaba “Ridículo”, que a su vez está parado sobre el tablón de la grada que rechina.

  Las paredes no se cayeron, ni el techo, ni el piso se hundió. La gente cansada, afónica, se ha ido calmando, y espera atenta la entrada de los boxeadores.

  No se observan cuerpos, sólo cabezas, cabezas y más cabezas. Y apenas se ven cabezas, sólo bocas abiertas, bocas y más bocas porque en este instante hace su entrada Martín Segovia, que con lentitud se va acercando al ring. El piso vuelve a temblar, el techo a vibrar y las paredes de barro, sólo Dios sabe cómo aguantan.

  Y en este rincón está Martín Segovia, haciendo movimientos elásticos, bailoteos acompasados y mecánicos para entrar en calor. Parece una pantera tensando la musculatura. Y en el otro rincón, pobre, está Romualdo Fernández, haciendo movimientos elásticos, bailoteos acompasados y mecánicos. Parece un gato viejo y desarticulado.

  —¡El reuma, Fernández, ya te curaste! –le gritan.

  —¡La ciática, romualdo1 –le gritan.

  —¡Preparen la camilla que ése no llega al quinto! –le gritan.

  — ¡Vamos, Martín, que se cae solo! –le gritan y le gritan.

  Y siguen gritando cuando suena la campana, sacudida por el gordo que en camisa y con un brazo levantado la sostiene en alto y con el otro tira de la soguita. Luego se desploma en una silla.

  Ya están en el centro del ring, con las guardias altas, expectantes, midiéndose uno al otro, girando lentos en un bailoteo tenso. El silencio es total. Se escucha el ruido áspero de los pasos de los boxeadores sobre la lona estirada.

  Como un pistoletazo suena la voz que grita:

  —¡Fernández, se te caen los pantalones!  —y se descarga la risotada general y Fernández no puede evitar sonreír mostrando el blanco protector bucal.

  Allí mismo lanza la izquierda en recto y la cabeza de Martín Segovia se sacude como un globo. Y otra vez y otra, repiquetea esa mano hasta que la cara de Martín comienza a ponerse rosada. Dos golpes violentísimos lanza por fin Segovia, pero Fernández los esquiva y sigue castigando con esa izquierda a la cara, ahora sí enrojecida, de Martín. Casi al final del round, éste conecta un golpe al hígado que Fernández siente y retrocede. Allí el gordo se levanta y hace sonar la campana. Los dos van a sus respectivos rincones y se sientan en los banquitos. Las manos de los segundos masajean los cuerpos, acercan agua, secan sus cuerpos con toallas y hablan y hablan a los oídos de los boxeadores que están callados, uno mirando el piso y el otro no se qué.

  Y el gordo hace sonar la campana y al mismo tiempo se ponen de pie y se dirigen uno hacia el otro a castigarse. Fernández sigue golpeando con la izquierda en punta mientras espera poder descargar el otro puño, y Martín Segovia recibe ese puño que no alcanza para conmoverlo y espera el momento oportuno para ubicar sus golpes terribles.

  Entre el griterío, llega el esperado golpe de Martín que Fernández no puede contener y retrocede hasta tocar con la espalda las sogas y allí recibe más impactos durísimos mientras el suelo tiembla y el techo vibra.

  Y sigue temblando el piso porque Fernández no se repone y Martín lo sigue acosando hasta que el protector bucal cae al suelo y en ese mismo instante toda una hilera de cabezas y bocas desaparece al sentirse el estrépito de un tablón de las gradas al quebrarse, y allí estoy mirando cuando siento al Tape que desde lo alto cae  sobre mí gritando:

  —¡Se cayó, se cayó!

  Romualdo Fernández está en el suelo, el árbitro cuenta y yo lo levanto al Tape como si fuera un almohadón y se lo pongo otra vez al rubio sobre los hombros.

  Otras hileras de cabezas y bocas van desapareciendo junto al ruido de tablones quebrados y al temblor del piso y al vibrar del techo, mientras el árbitro levanta el brazo de Martín que gana la pelea por K.O.

  Martín Segovia está en el centro del ring con los brazos en alto sentado sobre los hombros del gordo del mostrador que tiene los ojos desorbitados y la campana colgando del cuello. El Tape se cuelga de su hermano hasta subírsele por la espalda. Romualdo Fernández se retira sin que nadie le preste atención. Desde el fondo mira hacia el ring repleto de gente, hace un gesto moviendo la cabeza y se va, desaparece por la puerta que lleva a los camarines.








V


  Ya nadie queda en el gimnasio, sólo el Tape que está como hipnotizado mirando una coca fría que tiene entre sus manos, y yo.

  Casi todos los tablones de las gradas están partidos y tirados en el suelo, pero el techo que ya no vibra está intacto, igual que el piso y las paredes de barro. Las luces del ring están apagadas.

  La botella que está en las manos del Tape se desliza y cae al suelo partiéndose en pedazos. Se levanta tambaleante, camina hacia donde estoy hasta ponerse delante de mis ojos y veo que le caen lágrimas. Me abraza y se pone a llorar.

  —¡Va a ser campeón, Evaristo…! ¡Va a ganar mucha plata y vamos a tener una casa nueva y un auto para pasear! –dice y no puede hablar más porque la voz se le ahoga.

  Lo llevo al bar y lo acomodo en una silla. El gordo está tirado a lo largo sobre el mostrador, con la mirada puesta en el techo y la campana colgando del cuello. Me voy al baño.

  Entro y me dirijo hacia la pileta. Abro la canilla, ahueco las manos bajo el chorro y me mojo la cara. Por la ventanita de arriba se escuchan voces. A una la distingo, es la de don Natalio. Parece que discuten. No puedo evitarlo: subo a la pileta, ubico un pie en la canilla y trepando alcanzo a llegar con la cabeza justo hasta la ventanita.

  Miro hacia el otro lado. Es el camarín de Martín y están reunidos don Natalio y los tres hombres que estuvieron el jueves en el bar.

  Don Natalio cuenta despacio un fajo de billetes. Los otros miran en silencio la operación.

  —Aquí está la plata, pero lo convenido era que Fernández no se tirara hasta el octavo. Eso era lo que habíamos hablado. La gente quiere ver pelea. Quiere sangre. Además puede haber sospechas –dice don Natalio y les alcanza el fajo.

  —No se haga problemas, don Natalio. Nadie sabe nada. Están entusiasmados con su gallo. Por este lado nadie va a abrir el pico. Quédese tranquilo –dice uno de los hombres mientras guarda el fajo.

  Mis piernas comienzan a temblar y bajo antes de caerme.

  Salgo corriendo a contarle al Tape pero al llegar a la puerta del bar me detengo. No lo va a creer. Cómo lo va a creer.




VI


Hace rato que estamos en el bar. Yo y el Tape en una mesa aparte de la otra grande y llena de botellas vacías y otras que van llegando llenas, traídas por el gordo que todavía tiene la campana colgada al cuello.

  Están sentados: don Natalio, Martín Segovia, don Santiago, tres mujeres y otros hombres que no conozco. Algunos ya están borrachos. Cada tanto el Tape pregunta qué me pasa que no estoy alegre.

  A esa altura nadie habla, hace rato que sólo se escucha ruido de vasos y gargantas tragando y tragando. El gordo nos mira desde el mostrador.

  Martín Segovia, con los ojos enrojecidos, levanta de repente un brazo y con voz fuerte pero temblorosa dice:

  —¡Ahora quiero ver yo una pelea! ¡Me lo merezco! ¿No es cierto?

  Se levanta, viene hacia nosotros, agarra mi silla por el respaldar y me arrastra con ella hacia atrás.

  —¡Así que vos lo fajaste a mi hermano, eh! ¡Ahora quiero verlo otra vez! ¡Quiero ver una pelea en serio! –grita mientras los demás se ríen.

  —¡Ojo con el pico, Martín! –dice don Natalio.

  Me levanta  y de un empujón me arroja en dirección al Tape que mira sin entender nada. Tropiezo y me caigo sobre el piso sucio. Siento que la cara me arde y el cuerpo también.

  —¡Dejálo, Martín, es mi amigo, eso ya pasó! –grita el Tape mientras viene a levantarme.

  —¡Vos, hermano, vas a pelear, aunque tenga que romperte los huesos! ¡Vas a limpiar el honor de la familia! –grita y nos agarra por el cuello a los dos y nos zamarrea.

  Los demás se ríen cada vez más fuerte.

  Y un impulso incontrolable que me viene de adentro impulsa hacia fuera mis palabras.

  —¡Le pagaron al otro para que se tirara, Tape! ¡Yo lo escuché cuando estaba en el baño! ¡No es un campeón, nos engañó a todos! ¡Paga, paga para ganar! –grito sin poder parar y desprendiéndome de la mano que me apretaba el cuello.

El Tape mira al hermano, me mira, mira a los demás que dejaron de reír y vuelve a mirar al hermano que hace asomar una sonrisa que es una mueca.

  —¿Es cierto eso, Martín Segovia? ¿¡Es cierto, es verdad lo que dice mi amigo!? –pregunta el Tape enfurecido.

  Martín baja la cabeza, se va a su silla y allí se desploma como agobiado. Pero retoma la sonrisa.

  El Tape se lleva un puño a la boca y se lo muerde gritando. Lanza un aullido de animal y se le tira encima al hermano. Este mueve un brazo con fuerza y el Tape sale arrojado contra el suelo.

  —Así se llega, hermanito. ¿No lo sabías?, pues andá aprendiendo. La vida no es como vos creés. Ya no quedan héroes, eso es en los libros del colegio.

  El Tape lo observa inmóvil, desde debajo de la mesa. No llora, no dice nada, no se le mueve ni un solo músculo de la cara. Un hilo de sangre le baja de la nariz hacia la boca. Da un salto, corre, se vuelve a caer y casi en cuatro patas sale del bar hacia la calle oscura.

  Miro con furia a todos los que están allí y me voy siguiéndolo al Tape. Siento las risotadas detrás de mí.

  Llego a la esquina, y veo al Tape sentado sobre una montaña de tierra. Antes de sentarme a su lado miro hacia atrás: las paredes de barro del “Fortín de la Siberia” se confunden en la oscuridad.

  El cielo está nublado, oscuro. Me siento. No sé qué decirle.

  —Mirá el cielo, Tape, está medio marrón, parece que va a llover – digo.

  —Es de barro, de barro barro –dice y dos lágrimas brillantes brotan de sus ojos achinados.

  Por fin me mira.

  Su cara brilla y parece separada del cuerpo. Es una máscara que nunca había visto en nadie. Me estremezco. El odio más feroz se ha adueñado de esa cabeza.

Creo que nunca más va a confiar en alguien.

  Paso mi mano por su espalda pero es como si tocara un muñeco sin vida.

  Allá lejos, en el cielo, se produce un resplandor y llega el ruido del trueno estremecido.

  —¡Va a llover barro, barro…, mucho barro! –dice.



















Algún día



                                                  6     Y voló hacia mí uno de los serafines,

                                                          teniendo en su mano un carbón encendido,

                                                          tomado del altar con unas tenazas:

                                                 7      Y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí   

                                                         que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y             

                                                         limpio tu pecado.

                                                                                                        Isaías 6/6 y 7.


I


  Afuera todo es igual hasta donde alcanzo a ver: campo, campo y campo que se extiende hacia todos lados. Campo sembrado, dividido en rectángulos, triángulos, rombos y cada tanto algunas casas con sus molinos.

  Llegan también y luego quedan atrás caminos que cruzan al que nosotros recorremos.

  Papá maneja erguido, aferrado al volante, mirando siempre hacia delante. No desvía sus ojos del camino ni siquiera para hablar conmigo.

  Cada tanto, el camino describe una amplia curva donde el auto disminuye su velocidad hasta que aparece nuevamente la recta y allí vuelve a acelerar.

  Trato de jugar a mirar fijo el vidrio del parabrisas imaginando que refleja lo que pienso.

  El auto entra en una curva y el sol de la tarde ya está frente a nosotros. Papá extiende el brazo y baja el parasol; yo hago lo mismo.

  El lo hace para ver mejor hacia fuera, en cambio a mí me interesa que el parabrisas sucio de tierra refleje mejor hacia adentro. Deslizo mi cuerpo por el asiento hasta quedar casi horizontal y entonces sí comienzo a jugar con los reflejos. No me interesa lo que ocurre afuera; tantas veces fuimos a la casa de los Moret que conozco el camino de memoria.

  El auto disminuirá la velocidad, saldrá de la ruta, doblará y seguirá avanzando por el camino de tierra enfilando hacia la tranquera que estará abierta. A lo lejos, entre los eucaliptos grandes se verá la casa de Moret y los galpones.

  …delante de la puerta de la casa está como siempre el sulky preparado para partir. Renata aparece corriendo delante de mí y trepamos hasta ubicarnos en el  asiento, luego nos peleamos por las riendas…

  —¿Tendrán todavía el sulky los Moret? –le pregunto a papá pero sin mirarlo.

  …Por fin Renata, haciendo valer su propiedad, me quita las riendas que yo consiguiera haciendo valer mis fuerzas y azuza al caballo que se pone en movimiento…

  —Seguro que sí. El francés le tiene miedo a los autos. Nunca se subió al tractor, ni siquiera el día que lo compró –responde papá pero sin mirarme.

  —¿Me van a dejar manejar algún día el sulky? –pregunto.

  …Renata aparece corriendo delante de mí y trepamos hasta ubicarnos en el asiento; luego haciendo valer una orden de Moret, corroborada por papá, azuza al caballo, que se pone en movimiento…

  —Por supuesto, ya sos una persona responsable. Cuando te vea tan crecido, no creo que el francés se oponga –dice con una seguridad que me tranquiliza.

  El ruido del motor se hace más intenso y una fuerza me empuja hacia atrás, contra el asiento. Miro a papá: a los grandes no les pasan estas cosas. El se sube el sulky cuando quiere y maneja hasta cuando se le da la gana.

  —Vamos a apurarnos, quiero llegar antes de que empiecen a comer –dice.

  Saco la cabeza por la ventanilla y el viento revuelve mi pelo. El sol como una pelota roja se hunde en el horizonte.

  —Trigo, trigo, todo trigo, Evaristo. El francés va a embolsar de a miles –dice papá señalando hacia delante con un movimiento de la cabeza.

  El auto disminuye la velocidad, se aparta de la ruta, dobla y sigue avanzando por el camino de tierra, enfilando hacia la tranquera que está abierta. A lo lejos, entre los eucaliptos grandes, se ve la casa de Moret y los galpones…

  …delante de la puerta de la casa está como siempre el sulky preparado para partir.

  El auto avanza por la tierra dando tumbos. Saco el cuerpo por la ventanilla y agito un brazo. Alguien corre hacia la casa: es Renata. La puerta de entrada se abre y aparece la señora Lina haciendo señas a Renata para que le avise a Moret…que ya sale de uno de los galpones caminando ligero a pesar de su renguera. Se instala en el lugar donde pronto nos vamos a detener.

  En ese lugar se detiene el auto, bajamos y todos juntos caminamos hacia la casa. Antes de llegar, Renata me toma de la mano y corriendo me lleva hacia le corral donde están los chanchos: un lugar tan limpio y prolijo que el abuelo siempre decía que Moret cuida más a los chanchos que a su familia.

  —¡Mirá, Grisette tuvo siete chanchitos! ¡Nacieron el martes y yo vi el parto! –dice Renata entusiasmada señalando un corral adornado con guirnaldas.

  Todos arremolinados junto a la madre se pelean por mamar.

  —Los vi nacer: salieron todos de la panza de la madre –dice con suficiencia.

  —Eso ya lo sé desde hace mucho tiempo. Los chicos también salen de la panza de la madre – digo.

  La observo: no tiene más el pelo corto como antes; ahora lo tiene largo, tanto que le llega hasta la cintura. Está alta como yo.




II



La boca del francés se abre tanto que se le ven la campanita y los espacios de los dientes que le faltan. Se ríe y se ríe; la cara enrojecida y los ojos lagrimeantes. Detiene su risa solamente para tomar vino.

  Papá le habla de los miles que va a embolsar cuando venda la cosecha y le hace bromas, y él se ríe y se ríe.

  Miro hacia donde está Renata y tiene sus ojos fijos en mí. Hace un gesto dándome a entender que ya está aburrida de esas conversaciones. Sonreímos.

  De pronto Moret clava su vista en mí y luego en Renata.

  —¡Cómo crecieron estos dos, eh, Alejandro…! Y nosotros recién ahora empezamos a tener algo de plata –dice dirigiéndose a papá.

  Me levanto para ir al baño. Antes de llegar veo sobre la mesita de bronce que está junto al paragüero, el paquete de cigarrillos: “Saratoga”, dice. Sigo caminando hacia el baño. Cuando salgo me detengo otra vez ante la mesita y agarro el paquete: hay tres cigarrillos. Siento un ruido y asustado dejo el paquete en su lugar.

  Los mayores hablan y hablan pero yo no puedo hablar con Renata porque está sentada en la otra punta de la mesa. Cada tanto nos miramos y hacemos gestos que solo nosotros entendemos. Me dedico a mirar las cosas que hay sobre las paredes. Siempre las mismas: los cuadros de paisajes, los retratos de familiares, el barómetro, las escopetas…, pero vuelvo a fijarme en uno de los cuadros. Es el cuadro que les regaló el abuelo, el día que los Moret cumplieron años de casados, no sé cuantos. Me recorre un estremecimiento y no puedo evitar ponerme triste. Es una acuarela pintada por “San Valentín”.

  Las conversaciones se van haciendo un murmullo y resuenan lejanas en mis oídos mientras mis párpados se ponen cada vez más pesados.

  —Renata, mostrále a Evaristo tus juegos y después se acuestan –dice la Sra. Lina salvándonos le aburrimiento.

  Renata me hace un gesto que entiendo perfectamente y comienza a subir la escalera de madera. La sigo. Ellos continúan hablando de pavadas.

  Trepo los escalones de a dos en dos superándola en mitad de la escalera: llego antes que ella al pasillo que conduce a las habitaciones. Le extiendo la mano y sonrío triunfante.

  —¡No sabía que querías correr una carrera! –dice enojada y pasando a mi lado sin agarrarme la mano.

  Siento ganas de tocarle el pelo. Estiro el brazo y tomo con suavidad un puñado que se desliza en mi mano. Ella se detiene de repente. Lentamente voy dejando deslizar el pelo suave por entre mis dedos; eso me produce una sensación extraña que nunca antes había sentido.

  —Soltá que me duele –dice por decir, porque no creo que le duela.

  Entramos a la habitación, saco mi pijama del bolso que está sobre una de las camas y veo que Renata se sienta dispuesta a tironear la operación del cambio de ropa. De un manotón agarro el pijama y me voy al baño. Abajo siguen hablando y hablando pero ya no se escuchan risas.

  Cuando vuelvo sorprendo a Renata hurgando en mi bolso del cual saca un libro con las tapas forradas: enseguida lo reconozco.

  —El Príncipe Valiente – digo desde la puerta.

  —¿Me lo vas a prestar? –dice—. Me gusta mucho leer. Abre el libro en un lugar que parece que se abriera solo porque allí el lomo aparece quebrado. Me sonrojo cuando mirando hace un gesto de picardía.

  —Ella es Aletha, Reina de las Islas, y es la novia del Príncipe Valiente – digo.

  —Tiene el pelo largo y negro como el mío –dice sacudiendo la cabeza de un lado a otro y arremolinando su cabello largo y negro.

  —Ella es más linda que vos – digo con el presentimiento de que se va a enojar—. Ya es toda una mujer y además es reina.

  —Yo también soy linda –dice amoscada.

  —Pero ella tiene los pechos como las mujeres – digo triunfante y sabiendo que allí se terminaron todos los argumentos.

  Cierra furiosa el libro y lo arroja sobre la cama con desprecio, pero sin decir nada. Saca su camisón celeste de debajo de la almohada y comienza a desvestirse. La observo sin perder detalle. Después de todo, quizás se parece un poco a Aletha. Termina de ponerse el camisón y se mete en la cama. No tiene los pechos grandes pero eso qué importa.

  —Todo eso te lo dije en broma—  digo tratando que se le vaya el enojo. No se da por aludida, hace unos movimientos bruscos con su cuerpo y termina ubicándose cara a la pared.

  Transcurre un buen rato sin que nos hablemos.

  Cuando ya comienzo a dudar de una pronta reconciliación, ella habla pero sin darse vuelta.

  —¿Ellos se casan?

  —¿Quiénes…, el Príncipe y la Reina…? No sé, todavía no lo termine de leer – digo.

  —¿Te gustaría que se casen? –pregunta.

  Sí… claro – digo para luego agregar:

  —¿Sabés que los que se casan duermen juntos en la misma cama?

  Claro, como mamá y papá –dice—. ¿Por qué dormirán así?

  —Y… porque se quieren y porque tienen que hacer los hijos – digo.

  Dejo pasar un rato pero de pronto se me ocurre algo y se lo  digo:

  —Nosotros si queremos, también podemos dormir juntos… total ¿Qué puede pasar?

  Ella no contesta. Con la mano se dedica a hacer garabatos invisibles sobre la pared.

  —Pero puede venir tu mamá y enojarse –insisto.

  —No, ella no viene nunca –dice mientras continúa garabateando.

  El corazón empieza a latirme fuerte cuando se me ocurre la pregunta:

  —¿Te gustaría? – digo, y siento que mis orejas arden.

  Su mano me detiene en un punto sobre la pared. Yo contengo la respiración.

  Hace un trazo sinuoso, dibujando una “s” grande y luego sube y baja en forma vertical.

  ¡Es una “i”, casi  digo en voz alta, es una “i”! Arrojo las sábanas y corriendo voy hacia su cama. Ella sigue dada vuelta. Llego hasta el borde, y me quedo parado sin saber qué hacer.

  —Y bueno… ¿entro? – digo tembloroso, casi en voz baja.

  Entonces hace un leve movimiento con el cuerpo, como si me dejara lugar para que me ubique a su lado. Me introduzco despacio tratando de no rozarla. Por un rato nos quedamos quietos y sin decir palabra.

  —Ahora estamos como casados –dice por fin Renata sin darse vuelta.

  —Sí… pero falta algo… no sé, lo vi en le cine pero… — digo agitado y con la voz entrecortada.

  —Sí, ya sé –dice y dándose vuelta de repente me da un beso casi en un ojo.

  Cierra los ojos y pone los labios hacia delante apretándolos. Le doy un beso casi rozando su boca y luego le acaricio el pelo negro y suave.

  —No nos vamos a pelear más… ¿no es cierto…? Porque siempre que venís nos peleamos –dice.

  —No, mañana vamos a jugar todo el día juntos.

  Estira un poco la cabeza y con los ojos abiertos me da un beso en la mejilla que resuena en la pieza, luego, no sé por qué se sonroja y vuelve  a darse hacia la pared. Nos quedamos un largo tiempo así, sin hablar, sin saber qué decir hasta que empiezo a sentirme nervioso.

  De repente salta y haciendo un movimiento brusco se siente en la cama. Yo me asusto, caigo desde el borde de la cama al suelo y en cuatro patas voy hasta mi cama. Me cubro con la sábana hasta la cabeza.

  —¡Qué pasa! ¡Qué pasa…! ¿Viene alguien? – digo intranquilo y confuso.

  —No sé…, me pareció… la verdad es que está mal… No son cosas de chicos –dice.

  Siento la sensación de tranquilidad, un alivio en todo mi cuerpo. Es cierto lo que dice, no son cosas que deben hacer los chicos. Es una incomodidad eso de dormir juntos. Además ya me veo confesándole al padre Cesarini todas estas cosas y seguro que me va a hacer recordar las conversaciones que tuvimos sobre lo que no deben hacer los chicos.

  Nos miramos de cama a cama y sin ninguna razón nos largamos a reír. Reímos hasta que Renata, poniéndose un dedo en la boca, hace un gesto pidiendo silencio.

  Nos quedamos callados. Mirándonos. Los ojos van y vuelven. Como bolitas.

  Desde afuera llega el rumor de los grillos y los sapos…, cada tanto detienen todos de golpe sus cantos y luego los reinician y por largo tiempo no se escucha más que el silencio. Las estrellas brillan pegadas al vidrio de la ventana y nos observan…luego se van yendo lentamente como si se cansaran de mirarnos.

  Renata duerme con un brazo colgando fuera de la cama, moviéndolo cada tanto como si tuviera un temblor. Me levanto y le acomodo el brazo que cuelga, pero no se despierta…, después me dirijo hacia la ventana y observo el cielo. Con la punta del dedo voy señalando cada una de las estrellas más luminosas y espero un rato largo hasta ver cómo se desplazaron. Me acuerdo, entonces, cuando navegaba por entre ellas con mi máquina espacial igual a la de Flash Gordon, en le época en que me preparaba para la comunión…, pero el abuelo se murió y todo se fue diluyendo.

  Me desplomo en la cama y sin cubrirme quedo dormido.


  …abro los ojos sobresaltado: la figura de la señora Lina aparece en la puerta diciendo con una sonrisa que es hora de levantarse.

  Me levanto, voy hasta la ventana y miro hacia el campo. Respiro hondo…, no sé, parece como si me sintiera más  vigoroso. Tengo ganas de hacer fuerza, de levantar cosas pesadas y arrojarlas al espacio…

  … al lo lejos observo que el tractor anaranjado funciona sin moverse de su lugar: se sacude lanzando bocanadas de humo negro que se desparraman en el aire hasta desaparecer.

  Giro sobre mis talones y haciendo un catalejo con las manos enfoco la cama de Renata que se hace la que duerme pero yo sé que está despierta y atenta a mis movimientos. Debe haber estado soñando con el nacimiento de los chanchitos porque durante la noche, varias veces escuché que hablaba en sueños de la panza de la chancha y de los hijitos que iban apareciendo y de otras cosas que no entendí bien. Más tarde le voy a pedir que me cuente lo que soñó porque yo nunca vi nacimientos de animales aunque le dije que sabía bien cómo eran.

  Salto hasta el borde de su cama y con un movimiento brusco la destapo: tiene el camisón hecho un bollo alrededor de la cintura; al instante me empuja y se cubre con rapidez…, luego imprevistamente se destapa y me hace un gesto de burla sacando la lengua y moviendo su cabeza.

  Saco del bolsón el tubo de dentífrico y el cepillo y me voy al baño.

  Cuando vuelvo por el pasillo, observo que sobre la mesita de bronce sigue estando el paquete de cigarrillos.

  Entro en la habitación y la almohada golpea con tanta fuerza sobre mi cabeza que tratadillo, me apoyo en la pared y por ella me deslizo hasta quedar sentado en el suelo.

  Renata se ríe a carcajadas dando saltos en la cama que rechina como si se fuera a desarmar.

  Enseguida planeo la venganza: pongo una almohada debajo de mi pijama y caminando como las mujeres embrazadas recorro la habitación. Pronto deja de reír y dedica su atención a observar mis desplazamientos con curiosidad… hasta que parece entender mi juego y no sé si por rabia o vergüenza enrojece; baja de la cama con brusquedad y luego se escapa corriendo hacia el baño.   

  Durante toda la mañana jugamos con los chanchitos, limpiando sus cuerpitos duros y peinando sus cerdas suaves y doradas. Uno a uno le vamos poniendo nombres, según el sexo.

  Y bueno, es que no puedo evitar pensar en las palabras de Moret cuando dijo eso del casamiento y de cómo habíamos crecido… y seguro que luego siguieron balando del asunto con la señora Lina y papá. ¿Y si nos obligan a casarnos y a tener hijos ahora? El abuelo se caso con la abuela cuando ella era casi una niña. Así dicen siempre…Me van a meter arriba del tractor a la seis de la mañana obligándome a trabajar hasta la noche. El abuelo siempre repetía que Moret es un explotador de los aprendices jóvenes, que no se les paga, haciéndolos trabajar de sol a sol… salir de noche y volver de noche…

  …se me van las ganas de jugar con los chanchitos, y como no aguanto más le cuento todo esto a Renata: a ella también se le van las ganas de jugar.

  —Y… te van a poner unas “batarazas”, un par de alpargatas y te vas a tener que  olvidar de jugar –dice, poniendo seriedad adulta en sus palabras.

  —Y a vos te van a poner un delantal y en la cocina vas a tener que fregar y hacer comidas todo el día.

  —papá te va a subir al tractor a las seis de la mañana con un sombrero en la cabeza y tendrás que trabajar sin cobrar nada, como les hace a los aprendices.

  —estoy seguro de que a vos te va a hacer coser y planchar toda la ropa de la casa hasta que  los ojos se te caigan de cansancio.

  —Y a vos…

 — Y a vos…

  … Paseamos en sulky toda la mañana: damos vueltas y vueltas sin rumbo fijo, como atontados por tanto trabajo, tantas responsabilidades que nos llegan de repente… hasta que el hambre empieza a molestarnos el estómago. Volvemos y ya nos están esperando para comer.

  Antes de bajarnos del sulky le  digo a Renata:

     —Hay que observarlos bien, no perder detalle de lo que dicen y especialmente estar atentos a los gestos entre ellos.

  En la mesa, otra vez la cara roja de Moret y su boca grande casi siempre abierta para reírse a la primera oportunidad… Papá habla y dice cosas y el francés se ríe, se ríe, se ríe: está contento porque nos vana  casar, y yo ya no sé qué hacer con el miedo que tengo… ¿Qué fecha habrán fijado para la boda?

  De pronto deja de reír y pasa a observarme con la vista fija y la expresión seria: una descarga eléctrica recorre mi cuerpo de pies a cabeza porque de mí dirige su mirada a Renata que queda paralizada…, luego le guiña un ojo a papá y carraspeando dice:

  —Estoy seguro de que ustedes dos se van a casar, ¿no es cierto, Alejandro?

  Una fuerza irresistible empuja mi cabeza hacia el plato de sopa hasta que mi nariz toca el caldo y el calor de éste pasa a través de ella y se agolpa en mis orejas.

  Todos, menos Renata y yo, se ríen a carcajadas. ¡Cómo no van a estar contentos si ya lo decidieron!





III


  Cuando el sol, como una moneda de cobre gigante, empieza a meterse en la alcancía del horizonte, entro a la casa y voy al baño…

…Salgo, observo que no haya alguien en los alrededores, y del paquete verde que está sobre la mesita de bronce saco un cigarrillo. Si nos vana a obligar a casarnos, tengo que aprender a fumar. Me dirijo al granero y me acuesto hasta hundirme en la parva de paja.

  Una vez más levanto la cabeza y miro hacia todos lados: no hay gente a la vista. Tembloroso, enciendo e fósforo y trato de acercarlo a la punta del cigarrillo. La llama se agranda cuando aspiro con fuerza. Repito la operación una y otra vez hasta que veo avanzar la brasa: chupo, lleno la boca de humo asqueroso y luego lo largo como si fuera la chimenea del tractor. La boca empieza a arderme, por fin me decido y lo trago… Vuelve a sucederme lo mismo que la última vez que traté de fumar: la cabeza parece que se infla, la vista se nubla y los objetos comienzan a moverse a mi alrededor. Siento que me hundo más y más en la paja. No tengo fuerzas, ni ganas de moverme. Parece que estuviera clavado en el lugar.

  Al principio es un hipo fuerte, doloroso; luego llegan las ganas de vomitar. Me levanto haciendo un gran esfuerzo y salgo corriendo. Cuando traspongo la puerta, lo veo a Moret de pie al lado del árbol, mirándome con la cara enrojecida. Me detengo y no sé qué hacer. El mareo y las ganas de vomitar se fueron. Con el corazón tratando de salirse de mi pecho, ve cómo el francés, con la cara congestionada, camina hacia donde estoy: seguro que me va a pegar y después se lo va a contar a papá, que también me dará una paliza. Cuando ya está casi junto a mí, extiende un brazo y casi ahogado pasa al lado de mí gritando:

  —¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego…! ¡Todo se quema!  ¡Todo se quema!

  Se arrodilla y golpea con el puño en le suelo, salta y se retuerce gritando enloquecido…, corre hacia donde estoy, me mira desde lo alto con los ojos entrecerrados y la cara enrojecida, levanta una mano y al instante siento la bofetada y el ardor en la mejilla y la oreja…

  …Luego, otra vez  los gritos de Moret mientras corre alrededor del granero:

  —¡La fundición! ¡la perdición!

  Otros gritos se acercan hasta que los escucho muy cerca, y otro cachetazo y el ardor en mi cara…

  … El fuego crece, el humo blanco me envuelve y los gritos del francés resuenan lejanos…, me desplomo y en el suelo me pongo a llorar y ya no veo ni oiga nada…

  …Alguien me levanta; son la señora Lina y Renata, que me mira con los ojos muy abiertos. Papá y Moret arrojan baldes de agua sobre el fuego que enseguida se apaga.

  Me transportan casi en vilo hasta el baño: allí me dejan diciéndome que me lave la cara. En el espejo mi rostro aparece sucio y deformado por los surcos de las lágrimas. Arrojo agua, agua fría a mi cabeza, la sacudo, luego voy hacia la habitación y me encierro.


IV


  Hundido en el asiento del auto observo cómo se empañan los vidrios, y a papá estirando su brazo tratando de limpiarlos con la franela.

  En el parabrisas aparece el paquete verde que dice “Saratoga”…, el cigarrillo…, el fósforo encendido brillando como una “luz mala”…, Moret gritando y corriendo… y la cara comienza a arderme pero no de dolor, sino de vergüenza…

  Pero aparece algo más fuerte: Papá y Moret hablando con le padre Cesarini para que nos case… y al cura con la mano sobre mi cuello apretando y hablándome sobre mis deberes.

  No resisto más, me decido y le pregunto a papá:

  —¿Por qué el francés dice que me voy a casar con Renata?

  Le clavo la mirada para no perder detalle de sus reacciones: está de perfil escrutando el camino, sonríe con una sonrisa enigmática. El corazón se me escapa del pecho por los golpes que da.

  —Y…¿Quién sabe? –dice.

  Ya lo decidieron, ya está todo arreglado.

  Las lágrimas corren por mis mejillas y se introducen en mi boca. Trago y giro la cabeza hacia la ventanilla para que papá no me vea llorar.

  En el vidrio aparece la cara de Renata que llora como yo.



















Pidiendo pan a las seis y media de la tarde


   Ahora bien: el verano manso, agobiante, desde afuera.     El calor animal, por dentro. Y el dolor de la piel enrojecida, rozada por la ropa. En esto estoy de acuerdo y son las seis y media de la tarde, de la tarde en que las cosas apenas se mueven.

   Blas, Fito, el Tape, el Gordo y yo, prácticamente en fila india, respirando el aire con olor a río. Olor fuerte que viene desde abajo, de las Toscas y de los sauces clavados en la costa.

   El olor que viene y el sol oblicuo, declinante, aguijoneando la piel a través del nilón. Nadie habla. Un manto pesado sobre los músculos y los nervios.

 Caminamos hacia abajo, hacia la abandonada estación Anchorena. La cuesta abajo que nos saca el ritmo normal en el caminar. El sol que se va, el olor del río y el fresco de la tarde que invisible comienza a llegar. Dos climas bien definidos: el calor y el fresco. Tajantes. Separados por la fuerza de la piel.

  Las casas sólidas, grandes, especiales, con enormes parques, pasan a nuestros costados pareciendo vacías. Porque nosotros estamos quietos, detenidos y lo que nos rodea se desliza aceitosamente a nuestro lado, impidiendo ver demasiado. Estamos quietos, no hay duda. Creo que nadie piensa que nos movemos. Pero por esa calle que baja vamos hacia el río, a intentar dejarle el calor de afuera y el fuego de adentro. El ocio crónico que nos impulsa y el agua allá abajo como un imán.

  Otra vez, porque venimos de otro río que es el mismo, pero es distinto. Allá el sol, el calor era la gente apiñada. Aquí el sol es el sol y el verde de los parques y la sombra de los grandes árboles nos envuelve, nos tranquiliza, nos aquieta.

  Es cierto, el dolor en los ojos se va lentamente, dejando paso a la mirada absorta sobre las cosas distintas.

  Y estas casas de parques cuidados, con plantas relucientes, recortadas, limpias, están en silencio junto a las flores, a las que alguien les pasa el plumero todos los días. Mientras camino pienso: “Al jardinero, seguramente se lo podría identificar desde lejos, por contraste. O porque lleva la palabra escrita en la frente, invisible por supuesto, pero legible a primera vista. Debe llamarse don Pedro, o debería. Pronostica las lluvias con un margen estrecho de error y le deben pagar poco por su inmensa tarea. Quizás para que vuelva al día siguiente o para que se lo distinga. Por contraste.” El Tape dice que debe afilar él mismo sus herramientas, y que llegaría a afirmar que éstas son las mejores. El Tape tiene la manía de registrar y comentar todo mientras caminamos.

  Y es entonces que esta gente guarda silencio, lo produce, lo fabrica, lo hace a propósito y sin ningún esfuerzo. Porque nosotros no escuchamos nada, solamente aquello que nos dan a escuchar.

  —¡Miren! ¡Miren! ¡Tienen un mono! ¡Allá…, allá! –grita señalando Fito. El mono. Un monito de larga cola emitiendo chasquidos. Con una cadena larga y gruesa como un dedo, ya no es más mono, porque el árbol que habita está seco y barnizado y la cadena gruesa agarrada al tronco tiene en su extremo una protuberancia: el mono.

  Entonces, son cosas que comienzo a ver, como si un dedo dentro de mí las señalara.

  Y también veo esas gruesas y sólidas paredes, en las que rebotan los años, que aíslan del calor y los ruidos, y de nosotros, paquetes de calor y piel enrojecida, ácida. Aunque presiento, por qué no, que el olor a río les llega como a nosotros, creo que allí adentro se filtra, se absorbe por otros lugares. Otros bulbos olfatorios, más o menos agudos, otras formas de olor, otras costumbres para las tardes.

  —¡Uuuuh, miren qué perro! Es como Lassie –grita nuevamente Fito.

  Lógicamente lo miro: es como Lassie, marrón y blanco. Largo pelo terso, brillante. Estirado, la cabeza erguida, con las patas delanteras una sobre otra. Con la boca abierta y la lengua afuera fina y larga parece un perro de estampa. En las fotografías aparecen así, pero no hay que engañarse, no son perros.

  Mientras pienso esto sonrío, por dentro y hacia fuera. Como un estornudo en esa tarde laxa y apretada. Me río solo. ¿Por qué pasan esas cosas por mi cabeza? ¿Por qué…? Quizás porque estas tardes y estos lugares juegan conmigo, con nosotros.

  Y el Tape, mientras camina, trata de contar las habitaciones de las casas. Pero nunca llega al final. Tendría  que girar la cabeza 180 º. Luego comienza con la siguiente.

  Ahora comprendo el acierto de colocar la timonera en la parte trasera de los barcos. En estos momentos me parece que estoy en ese lugar: veo lo que pasa como si estuviera ubicado en un lugar como ése. ¿Cuándo comencé a ver estas cosas, de esta manera? No estoy seguro, no se cuándo. Creo que empiezan a brotar de a poco, hasta que un día uno se da cuenta de que están saliendo. Entonces comienza a usarlas en todo momento. Y como no nos entienden, generalmente se guardan. Son como granadas que explotan a dentro de nosotros y la fuerza de la explosión sale haciendo que esbocemos una sonrisa solitaria y fuera de lugar.

  Ahora sí, la cabeza del Tape gira 180º. La siguen las nuestras. Se desprende de la fila y llega hasta la verja de la casa. Mira a los que están reunidos más allá, bajo algunas sombrillas de colores y, sin que nadie entienda por qué, grita:

  —¡Paaan! ¡Paaan! ¡Paaan!

  Los primeros asombrados somos nosotros. Esto dura poco. Nos vamos al lugar. Nos apretamos junto a tape frente a la verja alta y verde.

  —¡Paaan! ¡Paaan! ¡Paaan! –sigue gritando desaforado.

  Los que toman aire reunidos, y té, supongo, miran de reojo comenzando a hacer movimientos de molestia. Los más chicos son los que miran directamente. Las señoras, las mujeres, se miran entre ellas y acercan sus cabezas para decirse algo. Los gritos de esa palabra me parece que salen de los intestinos robustos del Tape. Su humor genial había hecho esa síntesis que ahora arroja como cascote sobre aquella gente. Grita lo esencial.

  Ahora aúlla y se agarra la barriga. Se agregan Blas y el Gordo. Los demás nos tiramos al suelo de la risa. Genial, Tape, bárbaro, le decimos desde el suelo. Justo él que jamás había expresado un pensamiento, una opinión política digna de tener en cuenta. Es el daño, la agresión, las ganas de molestar. Siempre es igual en eso.

  Pero nosotros nos agregamos, le hacemos coro.

  —¡Paaan! ¡Paaan! ¡Paaan…!

  Los reunidos se ponen más nerviosos y hablan más fuerte entre ellos haciendo gestos más duros. Los más chicos nos miran a nosotros y a los padres como esperando que hagan algo. Sin saberlo están entre dos fuegos: nosotros y los adultos…

  Seguimos dándoles manija al Tape y a Blas, que son los más gritan. Meten las manos por las verjas e imploran, sufren, hacen muecas teatrales, lloriquean. Ahora hacemos todos ese juego dramático y de humor.

  Mientras me aclaro la garganta para seguir, no sé por qué cruza la palabra policía por mi cabeza. Miro de reojo y me parece ver el jeep a los dos cuadras. No, no hay nada.

  El tape no para de gritar y nosotros no terminamos de implorar. Las lágrimas nos saltan de los ojos y nuestras voces ya suenan roncas.

  —¡Paan! ¡Paan!

  De pronto, el triunfo. Lentamente se levantan y van entrando a la casa. Los chicos no quieren entrar. Los llaman: Gabriel, Gerónimo, y entran mirando para atrás, hacia nosotros. El más viejo de todos está rojo. Se la aguanta, se la traga. Rojo de bronca va entrando ala casa mirando al suelo.

  Nos callamos para mirarnos y reírnos, lacrimosos y omnipotentes. Nos palmoteamos. Creo que estamos todos agotados y casi sin voz.

  Sin que nadie lo esperara, el Tape vuelve a la verja y saca un grito que parece que le brota de la médula espinal, de lo más hondo de su ser. Las palabras salen por su boca, inscriptas en una cara nuevamente roja, patética, congestionada. El grito sale por su boca abierta y por la separación que hay entre sus dientes.

  Lo miro y no lo puedo creer. Porque el miedo me invade con la misma velocidad con que actúa el Tape. Veo que los demás también se asustan. Se enfrían de golpe. Lo miramos con la sonrisa congelada y las caras blancas.

  —Tape, pará, pará que vamos en cana. No grites eso. ¡Aquí no, Tape!

  Lo rodeamos. Tratamos de que no grite más. Imposible, no se lo puede controlar. Enrojecido, tose, se ahoga, pero sigue gritando.

  Entonces, desde mi timonera, a los diecisiete años, veo por primera vez el poder descomunal que tiene las palabras cuando están cargadas de cosas que aún no se comprenden bien pero que se presienten.

  Lo que grita es como disparar una 45 a quemarropa. Y, como el proyectil, va tomando fuerza a medida que se acerca al blanco. Las palabras llegan encendidas, quemantes sobre los cuerpos de los que creíamos vencidos, con tanta vanidad.

  Los que disfrutaban, en silencio, de una apacible tarde de verano, con otro olfato, por supuesto, y se estaban retirando, metiéndose en su caparazón, quedan de repente, y ante ese grito del Tape, petrificados. Detiene su entrada a la casa y giran hacia nosotros. Ante ese grito, ante esas palabras, todo cambia. Aquello explota. Ya nadie puede calmar a nadie.

  El “viva Perón”que grita el Tape cambia todo.

  —¡Viva Perón! –sigue gritando. No lo podemos parar. Una y otra vez repite lo mismo. Lo abrazamos, lo sacudimos, le tapamos la boca. Es inútil; nos desborda. Parece un loco. Los gritos se escapan por entre los dedos.

  Los de adentro de la casa se ponen rojos de furia. Intentan venir hacia nosotros. Las mujeres los detienen, los agarran de los brazos, de donde pueden. Una señora corre hacia adentro diciendo que va a llamar a la policía. Las formas tan cuidadas y el silencio producido se caen de repente ante esas palabras. Se derrumban. Uno muy delgado y alto se desprende de la mujer que lo sostiene y se viene. Lo alcanzan, lo vuelven a detener. Nos insulta estirando su brazo endurecido hacia nosotros. Las formas se rompen.

  —¡Qué policía ni policía, a estos hay que matarlos! –grita.

  Otro corre gritando algo de un revólver. Una mujer anciana corre para pararlo, tropieza y se cae al suelo. Los chicos van llorando hacia ella.

  El Tape se abre la camisa y grita que le tiren. Blas hace lo mismo, mientras nos retiramos mirándolos y caminando paso a paso hacia atrás.

  —¡Tiren, tiren! ¡A que no son capaces de tirar! –creo que grita el Tape o Blas; ya no entiendo nada. Y otra vez el “viva Perón”, pero ahora desde el medio de la calle.

  —¡Basta, Tape, basta! ¡Pará que nos van a dar con todo! ¡No sabés como está la cosa! –le  digo zamarreándolo.

  —Vamos, vamos que a lo mejor llamaron en serio a la policía –grita fuerte Fito. No es necesario que nadie agregue nada más. Nos vamos barranca abajo, por el costado derecho de la calle asfaltada, lisa, todavía caliente. En silencio. Mirando el suelo, como llevando una culpa pesada. Estamos agotados. Todo lo demás queda atrás. Otra vez ese silencio enorme de la zona. La máquina de producirlo funciona nuevamente.

  Nos tiramos vestidos al borde del agua, en la arena oscura y fina. El agua llega, recorre toda la silueta de nuestros cuerpos y se va, cada vez menos lejos. Los lugares del sol están vacíos. Comienza a oscurecer. Nadie se mueve de su posición. Blas duerme, seguro. Entre los pajonales tres chicos juegan y se bañan desnudos. Solamente se escucha el ruido del agua y el murmullo de los chicos.

  Miro las puntas de mis pies desnudos y los dedos se mueven rítmicamente, nerviosos. Los demás no dan señales de vida. El Tape mira pensativo al cielo cada vez más oscuro y su pecho sube y baja.

  El agua sigue subiendo. Ya casi es de noche. Giro la cabeza y veo, atrás de los álamos, el jeep de la policía. Uno de los que estaba en la casa y dos taqueros vienen hacia nosotros. Me tiro a lo largo y respiro hondo.

  Busco argumentos confusamente. Lo miro al Tape. Está en la misma posición que antes, pero su pecho no sube ni baja.

  —Ya los vi –dice siempre en la misma posición.

  Ahora dos murmullos: el agua y las voces de los que se acercan. Mientras tanto me rasco nervioso la mejilla izquierda. La noche está sobre nosotros, ya llegó.


 












A juego  y vida



I


  Larga hilera de cuadros: frescos luminosos las ventanillas, mientras el sol rojo cobrizo del atardecer se va sumergiendo en esa tierra plana, tiñendo los rostros de los pasajeros y cambiando sus aspectos. Como en un escenario teatral, “El Gran Iluminador” transforma a su antojo las máscaras y los disfraces de los actores. Entonces uno descubre que los colores reales de las cosas son contingentes.

  Larga hilera de ventanillas que enmarcan, en sus recuadros, una pampa extendida, apenas ondulada hasta el límite de la visión. Una pampa ocupada por diagramas sembrados que se van oscureciendo lentamente, en tanto las voces de los pasajeros, como siguiendo el camino de la luz, se van apagando, adormeciendo.

  Falta bastante para llegar a la altura de la casa de los Moret, y ya las visiones y los recuerdos se agolpan en mi mente.

  El murmullo, antes tenue, luego más fuerte, del motor del micro va ocupando el espacio interior. Se desliza por un camino que ondula suave y cada tanto es cruzado por otros caminos, que a su vez deben cruzarse con otros y con otros: una telaraña de caminos, cada uno yendo o viniendo, entrecruzándose en puntos, en circunstancias siempre distintas. Y también de una semejanza pavorosa, nada más que eso: semejanza. Una misteriosa telaraña de semejanzas es este mundo.

Pero, a esa hora, el paisaje exterior es sobrecogedor. Arrolla a la conciencia hasta ubicarla, enfocarla en un punto de máxima lucidez. Se produce como una abertura en el espíritu y ese paisaje infinito y llano nos penetra y nos obliga a guardar silencio ante el magnífico espectáculo silencioso. No es una calma tensa, ni siquiera expectante, es algo así como un relajamiento donde somos poseídos hasta el ensueño donde se juntan el silencio que emana del paisaje y nuestros recuerdos, en una plegaria de gratitud plena.

  Es el drama desencadenado de una lucidez, que en ciertos momentos aparece en el espíritu del hombre. Pasajeros mirando en silencio por las ventanillas el ocaso. ¡Que misterio este que nos obliga a niños y adultos a orar y callar!

  Gente observando el ocaso por las ventanillas hablando consigo en secreto.

  Y cuando el sol desaparece detrás del horizonte, el conductor del micro enciende los faros y los pasajeros vuelven a murmurar entre ellos, al principio con timidez, luego con soltura. La lucidez del ensueño dejó paso a otra realidad: dos caras de una misma moneda.

  “El Gran Iluminador” se metió en su casamata para reaparecer cuando lo crea conveniente.

  Ahora los pasajeros hablan animados de cuándo será la próxima parada, porque el hambre ya está molestando en los estómagos.

  Entrecierro los ojos para tratar de dormir, pero el sueño no llega. Llega sí la imagen repetida de los caminos que se entrecruzan una y mil veces. Pronto me reencontraré con, los Moret después de casi quince años que no los veo. ¿Qué habrá sucedido durante tanto tiempo? ¿Cuántas cosas para contarnos con Renata? ¿Cómo aunar esos mundos tan juntos y tan separados?

  De pronto se me aparece la imagen de personas que vienen por los caminos que se entrecruzan hasta que se encuentran todos en un punto; allí se introducen unos adentro de otros y lanzando una fuerte luminosidad desaparecen…, y desaparece la imagen porque siento sobresaltado tres bocinazos, abro los ojos y observo que el micro se desvía de su ruta y enfila hacia una de las paradas que se hacen para el descanso y la comida. El micro frena, se balancea y la puerta se abre con un resoplido.




II


  El auto oscuro está detenido al costado del camino que lleva a Balcarce. Con las luces apagadas sus contornos se diluyen en una neblina que se está formando.

  El que está al volante estira el pescuezo hacia delante como si tratara de penetrar la oscuridad a través del parabrisas. El que está al lado mira también hacia e mismo lugar, pero un poco recostado en el asiento. Fuma. Sus ojos achinados están fijos, quietos, escrutando la penumbra. Rostro de piel tensa, lisa.

  —¿Qué hora es? —pregunta.

  — Más de la una  –contesta el que está al volante.

  — ¿¡Qué hora es, dije!?— vuelve a preguntar amoscado.

  — Una y veinte –dice el otro observando su reloj luminoso.

  Transcurren unos minutos en total silencio.

  —Ya deben estar por llegar— dice el que está al lado del que empuña el volante; luego saca un brazo por la ventanilla y hace una señal a alguien.

  Delante del auto oscuro, a unos metros, se encienden dos luces rojas que permiten ver la silueta de una pick—up que está parada al costado de la ruta. Dos hombres bajan de ella dejando abiertas las puertas de la cabina. Luego se dirigen uno hacia la parte delantera y otro hacia la trasera del vehículo. Allí colocan en el suelo unos objetos pequeños. Miran hacia el auto haciendo un gesto de pregunta y enseguida se arrodillan en el suelo y con fósforos encienden las balizas. La luz de las llamas se esparce iluminando los alrededores. Los dos hombres encienden cigarrillos y se quedan apoyados sobre el capó de la pick—up, dirigiendo sus miradas más allá del radio luminoso de las balizas. Conversan. Hablan con tranquilidad.

  —Se está poniendo espesa la niebla –dice uno de ellos, el más bajo y robusto.

  —Si no se levanta viento, pronto no se va a ver nada –dice el otro, de aspecto delgado y nervioso.

  —Aquí no es nada, el problema está más allá, en el bajo del río, allí se pone por la neblina— dice el más bajo.

  —Tendríamos que haber conseguido balizas más grandes; a ver si pasan de largo sin vernos –dice el otro.

  —Hay que poner más balizas. Voy a avisar a los del auto para que  nos den las de ellos— dice el más bajo y robusto.

  Los del auto observan cómo uno de los que está junto a la pick—up se acerca a ellos hasta detenerse junto a la ventanilla. Le habla al que está junto al que empuña el volante:

  —Habría que colocar más balizas, la niebla se está poniendo fea.

  — Está bien, sacá las que están en el baúl.

  El del volante sonríe y dice:

  —El petiso está en todo…, lástima que sea tan apegado a la familia.

  —Son cosas de él…, y ya te dije que no quiero chismorreos entre nosotros –dice el que parece que dirigiera al grupo. Luego gira la cabeza y dirige sus ojos achinados hacia la ventanilla trasera del auto para observar los movimientos del petiso que saca las balizas: cierra con un golpe fuerte el baúl y se dirige hacia la pick—up.

  Las cuatro balizas lanzan sus llamas anaranjadas que trepan por la niebla desparramando olor a queroseno.

  Un zumbido comienza a escucharse a lo lejos, pero no se ven las luces.

  —Ya viene —dice el que está al volante del auto y enseguida estira un brazo y saca de la guantera un bulto oscuro que coloca en su cintura.

  Los que están junto a la pick—up, hacen señas con los brazos a los del auto y se dirigen a la parte delantera del vehículo. Levantan el capot y meten sus cabezas adentro como si revisaran el motor.

  El zumbido del motor del vehículo que se acerca se percibe cada vez más nítido.

  El auto pone a funcionar su motor, y después de unos instantes empieza a desplazarse con lentitud, hasta ubicarse delante de la pick—up, pero fuera del radio luminoso de las balizas. Allí se queda con le motor en marcha.

  A lo lejos aparecen dos círculos de luz todavía débiles: dos ojos que se desplazan en forma rectilínea.

  Pronto los ruidos de los motores se funden en uno solo.

  Los que están junto a al pick—up se dirigen hacia el camino y, abriendo los brazos en cruz, empiezan a hacer señales para que el vehículo que viene se detenga.

  En un momento dado, los faros del vehículo que se acerca se encienden y se apagan varias veces.

  Los cuerpos de los que hacen señales en el camino se encienden iluminados por los faros del vehículo que se acerca, ahora disminuyendo la velocidad.

  Los del auto se bajan dejando las puertas abiertas. Se ubican lejos del radio de luz de las balizas. Quedan como dos sombras quietas, prolongación de la sombra mayor del auto.


III


  Entrecierro los ojos para tratar de dormir, pero el sueño no llega. Desde que el micro retomó su ruta, luego de la parada, estoy tratando de conciliar el sueño y sólo consigo que aparezcan recuerdos, imágenes de los días que con el abuelo o con papá transitábamos esta ruta que lleva a la casa de los Moret…

  … El auto disminuye la velocidad, se aparta de la ruta, dobla y sigue avanzando por el camino de tierra, enfilando hacia la tranquera que está abierta. A lo lejos entre los eucaliptos grandes, se ve la casa de los Moret y los galpones…, delante de la puerta de la casa está como siempre el sulky, preparado para partir…

  …Deben ser como quince años que no los veo. La última vez fuimos con papá; el abuelo ya había muerto. Renata se debe haber casado, y no conmigo como querían el francés y mi familia.

  El micro sigue avanzando, metiéndose en la niebla. Pero yo conozco lo que nos rodea…, afuera todo es campo hasta donde se alcanza a ver: campo, campo y campo extendiéndose hacia todos lados. Llegan también, luego quedan atrás, caminos que se cruzan con el que nosotros recorremos…

  … El abuelo y luego papá manejan erguidos, aferrados al volante, mirando siempre hacia delante, y yo, jugando con los reflejos de los vidrios…

  … Presintiendo un futuro que hoy ya es pasado…

  … Delante de la puerta de la casa está como siempre el sulky, preparado para partir. Renata aparece corriendo delante de mí y trepamos hasta ubicarnos en el asiento, luego nos peleamos por las riendas…

  … Y el micro sigue avanzando, metiéndose en la niebla que cada vez es más espesa…, y yo ya sé qué es lo que nos rodea; ahora vamos a pasar sobre el puente del río que está cerca de la casa de los Moret…

  … Vamos a pescar al río con botellas a la cuales les abrimos los culotes, para que las mojarras entren y no puedan salir, t Renata lleva también una caña con anzuelos. Nos subimos al sulky y partimos rumbo al río que está cerca de la casa de los Moret…

  … Y el micro sigue avanzando, metiéndose en la niebla que cada vez más espesa y el ruido que viene desde abajo me indica que en este momento pasamos sobre el puente del río.

  Siento tres bocinazos y el micro comienza a frenar. Abro los ojos.

  —¡Paramos! –dice en voz bien alta el conductor.

  Hay algo en la ruta; parece un accidente. Los ojos de la mujer que está en el asiento de al lado se abren brillantes en la oscuridad: parece asustada. Nos miramos como para hacer una pregunta que no hacemos.

  Dando un resoplido el micro se detiene. Las luces aureoladas de los faros iluminan hasta hacer destellar a dos hombres: uno bajo y robusto, el otro delgado. Hacen gestos con los brazos señalando a una pick—up iluminada por balizas, que está algo más adelante. Los hombres se dirigen hacia la puerta del micro.

  Con un resoplido se abre la puerta y el conductor se levanta de su asiento para ir al encuentro de los hombres. El acompañante lo sigue. Bajan.



IV


  Blas maneja el pesado camión semirremolque que se va metiendo en la niebla cada vez más espesa. Fito, a su lado, le ceba mates en la oscuridad de la cabina.

  —Mal tiempo, la niebla cada vez aprieta más –dice Blas.

  —Siempre hay niebla en este lugar. Debe ser por el bajo del río que está cerca –dice Fito.

  —Hay que acordarse de que a la vuelta tenemos que entrar hasta la casa de los Moret para dejar las bolsas —dice Blas.

  —¿Y si paramos ahora y pasamos la noche allí? –dice Fito.

  —no, es tarde, ya deben estar durmiendo; prefiero llegar a Balcarce antes de la medianoche.

  —Ojo, que ya pasamos el mojón y falta poco para el cruce con la ruta –dice Fito.

  Blas mueve la palanca de cambios: el camión diminuye la velocidad. Fito suspende los mates y se dedica a observar con atención el camino. Cada tanto la niebla se abre por un trecho, pero luego vuelve a cerrarse.

  —Como si nos diera un respiro de vez en cuando –dice Blas.

  —¡Allá está, allá está la ruta! –dice Fito.

  El automóvil oscuro acelera aún más su marcha, introduciéndose enla niebla como un ariete. Adentro, los cuatro hombres guardan silencio. El que maneja tiene l pescuezo estirado hacia delante tratando se penetrar la oscuridad.

  De pronto observa el cuentakilómetros:

  —Ciento cincuenta –dice sonriendo.

  Y la sonrisa se transforma en una mueca cuando ve el bulto enorme que lentamente cruza la ruta y se aferra al volante y empuja con todas sus fuerzas el pedal del freno, pero no llega a tiempo: el acoplado del semirremolque se le viene encima y, a último momento, atina a mover con brusquedad el volante y el auto se desvía rozando la parte trasera del camión y se va derecho hacia la banquina, allí patina, se pone de costado y empieza a dar tumbos y tumbos hasta quedar invertido con el techo totalmente aplastado y las ruedas girando en el aire con un zumbido…, luego el silencio.

  —¡Mirá, mirá ese auto, se nos viene encima! –grita Fito.

  Y Blas trata de acelerar el camión que no responde y ve cómo el auto llega a la altura de ellos y a último momento se desvía…, y Fito ve, por el otro lado, cómo el auto empieza a dar tumbos y tumbos hasta quedar invertido con el techo totalmente aplastado y las ruedas girando en el aire.

  Bajan corriendo con las linternas en las manos y van hacia e auto volcado.

  Las cabezas de los pasajeros se estiran por sobre los asientos y el murmullo de las conversaciones impide oír algo de lo que hablan abajo. Ahora, la niebla, que se hizo más espesa, rodea al micro y solamente veo dos fuertes luces rojas aureoladas: están un poco al costado de los halos que forman las del micro.

  Sube al micro un desconocido y las miradas se dirigen hacia él. Mueve algo oscuro que tiene en sus manos y levantándolo a la altura del pecho dice con voz atronadora:

  —¡Esto es un asalto, que nadie se mueva!

  Luego agrega:

  —¡Entreguen todo lo que tienen, todo, señores!

  Ante el asombro de los que allí estamos, suben dos más armados con revólveres y se van al fondo del micro. Dos atrás, en el fondo, uno adelante apuntando y de reojo veo que hay otro abajo que se encarga del conductor y del acompañante.

  Nadie habla, nadie se mueva más de lo estrictamente necesario para escarbar en sus bolsillos o abrir sus carteras, pero nadie está demasiado nervioso. No hay histeria, todo se desenvuelve como si fuera una cosa habitual.

  Cuando me toca el turno, entrego lo que tengo. Luego observo por la ventanilla. Uno de los de arriba baja y le dice algo al que apunta al conductor y al acompañante. La oscuridad y la niebla me impiden ver los detalles: sólo bultos difusos que se mueven.

  Adentro estamos enmudecidos. Se escuchan las respiraciones, algunas más agitadas, pero los pasajeros han tomado las cosas con calma. Esperan que todo finalice lo más pronto posible.

  Suben el conductor y el acompañante. El que nos apunta baja con el otro. La puerta se cierra con un resoplido; luego se apagan las luces.

  Se escucha el ruido de un motor al acelerar y veo que delante de la pick—up se moviliza un bulto con las luces apagadas. Acelera, enciende las luces y se lo traga la niebla.

  Estalla el griterío. El conductor baja la cabeza y dice que hay que esperar unos minutos antes de arrancar.

  Allá adelante quedan los halos de los faros del micro que se refractan en la niebla, y la camioneta a un costado.


V


  Los pasajeros siguen comentando el robo. Hablan nerviosos, pero animados, del asunto.

  Yo estoy tratando de recomponer todo: las imágenes se cruzan en mi mente a tal velocidad que no logro asirlas, fijarlas.

  Miro por la ventanilla y veo un bulto clavado en la tierra: es el mojón. Pronto llegaremos al cruce con la otra ruta, y de allí hay cinco kilómetros exactos hasta que aparece el desvío que conduce a la casa de Moret. Ya falta poco.

  El micro comienza a disminuir la marcha.

  —¿Qué pasará ahora? –se pregunta en voz alta la mujer que está  a mi lado.

  —Señores, tenemos que para otra vez, ahora si parece que hay un accidente –dice el conductor en voz alta.

  Los pasajeros protestan.

  Llegamos al cruce, pasamos cerca de un semiremolque parado en la banquina y entonces observo un bulto oscuro. Es un auto volcado: dos hombres iluminados por linternas apoyadas en el suelo trabajan con barretas; luego tratan de sacar a una persona de adentro.

  El micro se detiene y antes de que el conductor abra la puerta, dos vehículos más paran cerca del auto volcado.

  Bajan personas con linternas y faroles.

  La puerta da un resoplido y se abre. Entonces se me ocurre la idea, y la  digo en voz alta, tratando de que me escuche el conductor, que en esos momentos está por bajar.

  —Me parece que es el auto de los que nos asaltaron.

  —A mí también me parece que es –dice.

  Bajamos.

  Me quedo observando el espectáculo: la gente se arremolina alrededor del auto volcado. Como una llamarada, aparece en mi mente una lucidez que no sé de donde viene: es algo así como si todos los presentimientos y los recuerdos se cruzaran en un punto y allí instalados despidieran una luminosidad enceguecedora.

  Hago unos pasos, y no puedo evitar girar la cabeza y mirar hacia el micro: una larga hilera de cuadros luminosos las ventanillas y los rostros de los que miran empecinados en la turbulencia, en la curiosidad, o en otras razones. Pero ojos abiertos y palidez en esa larga hilera de reflejos, como puestos de vigías del aprendizaje porque todos esos cuerpos están sacudidos por la fuerza sin máscara de la muerte.

  Entonces, siguiendo un impulso, corro hacia el auto volcado, aplastado.

  —Sacaron a uno, está allá, junto a aquella baliza –me dice el conductor del micro.

  Miro hacia donde señala y veo un hombre tendido en el suelo boca arriba. Parece un muñeco en un espectáculo de marionetas.

  Dos personas trabajan con una barreta, pero no pueden abrir la puerta retorcida.

  —¿Serán los que nos asaltaron? –le pregunto al conductor del micro.

  —Sí, el que está allá tirado es el que nos tenía abajo –dice.

  —No hay caso, no se puede, hay que dar vuelta el auto –dice uno de los que trata de forzar la puerta con la barreta.

  Arroja la herramienta a un lado y se da vuelta quedando frente a mí.

  —Hay que ir hasta Balcarce y avisar –dice moviendo la cabeza.

  De repente sus ojos quedan clavados en los míos. Levanta el brazo y dice:

  —Vos sos Evaristo, Evaristo Piedras.

  —Y vos sos Blas, ¿No es cierto? – digo.

  —Linda oportunidad para encontrarnos –dice y se me tira encima para abrazarme.

  Nos abrazamos. Los recuerdos vuelven a agolparse dentro de mí.

  Luego dice:

  —¡Eh, Fito!, mirá quién está aquí.

  También con Fito nos abrazamos.

  —Venían como a ciento cincuenta y no pude hacer nada –dice Blas con tristeza en el rostro.

  —Cuando nos dimos cuenta ya estaban encima –dice Fito.

  —Son los que nos asaltaron hace un rato – digo.

  —¿Asaltaron el micro? –pregunta Fito asombrado.

  —Sí, nos detuvieron en el camino y nos desvalijaron.

  Después se escaparon a toda velocidad para este lado – digo señalando el cruce.

  —Entonces son ellos –dice Blas y se queda pensativo.

  Blas pasa un brazo sobre mi hombro, y le hace un gesto a Fito como para que nos retiremos del lugar.

  —¿Sabés que el que está allá tirado, me parece una cara conocida? –dice.

  Lo miro con extrañeza y siento otra vez esa llamarada, esa luz que ocupa mi mente. Les hago un gesto como para que me sigan. Vamos hacia el que está tirado junto la baliza.

  A lo lejos se escuchan varias sirenas que se acercan.

  Llegamos. Está tendido con los brazos a los costados como si durmiera.

  Blas enciende la linterna y le enfoca la cara.

  Otra vez aparece esa llamarada de lucidez con imágenes y recuerdos que se entrecruzan en un punto que va tomando luminosidad como el metal en un crisol, y de allí brota un rostro difuso que se mueve hasta juntarse con el que relumbra bajo el haz de la linterna.

  —¡Es el Tape! ¡Es el Tape! – digo casi gritando.

  —¿Quién es el Tape? –pregunta Blas.

  No contesto, me quedo callado mirando ese rostro.

  —¡Ah…, el Tape…, claro, es él! –dice Fito.

  —¡Sí…, es él…, el que venía de la “Siberia” a jugar en la plaza! –dice Blas.

  Nos quedamos mirando ese cuerpo inerte como si estuviéramos en un velorio, con los rostros apretados y la vista fija pero hacia adentro. Tratando desesperadamente de aprisionar todos los recuerdos posibles sobre su persona, para volcarlos sobre un tapete tácito, como si fueran cartas de juego que cada uno atesora en forma distinta.

  —Pobre muchacho, ¿Por qué se habrá metido es esto? –dice Blas.

  —La mala cabeza –dice Fito.

  El Tape tirado en el suelo conserva esa cara achinada. Dos surcos húmedos bajan desde sus ojos hasta su boca.

  Pero yo ya no estoy con ellos. El punto luminoso se ha agrandado ocupando toda mi conciencia. Siento que hablar es algo pequeño e inútil. Creo que él sigue vivo, gritando y pidiendo ayuda, pero que su voz se pierde en la inmensidad de ese campo silencioso. Crece dentro de mí su alma mutilada desde chico…, porque habíamos estado juntos, pegados, mojados por el mismo sudor y las mismas lágrimas…, golpeándonos las partes que más duelen por dentro, porque duelen en el recuerdo. No hubo, no hay un límite entre tu “Siberia” y mi plaza; lo borramos cuando nos peleamos por un acerito que en este momento palpo en mi bolsillo. No supe, no pude escuchar tus gritos silenciosos de auxilio…

  —…Mirá el cielo, Tape, está medio marrón, parece que va a llover.

  —Es de barro, de barro barro –dice y dos lágrimas brillantes brotan de sus ojos achinados.

  Por fin me mira.

  Su cara brilla y me parece separada del cuerpo: es una máscara que nunca había visto en nadie. Me estremezco. El odio más feroz se ha adueñado de esa cabeza.

  Creo que nunca más va a confiar en alguien…

  …Me arrodillo, paso mi mano por su hombro pero es como si tocara un muñeco sin vida.

  Creo que desde ese día estuvo muerto. Hoy sólo han colocado la firma.   








































LA  ANUNCIACIÓN


...Si caminar como en este momento lo hago, fuera una manera de luchar, o la posibilidad de salvar tan solo alguna parte de esta ciudad. O por lo menos, conseguir agotarme y dormir antes de ver su final. Pero no, caminando por los lugares fijos en la memoria, lo único que consigo es estar presente, con la conciencia abierta, en la genuflexión final de esta ciudad. La genuflexión de Buenos Aires: palparla y verla por todos los  lugares y en todos  los días.

Entonces, si caminar significa por lo menos estar presente voy a seguir caminando. Aunque sólo sea para ver la cascara, el cotillón, el cartonerío utilero de aquellos lugares y momentos en los que estuve, y hoy, frágiles y huecos van cayendo ante  la  inexorable prosternación de los que le daban vida.

Camino, sin mucho apuro, hacia un viejo café, un bodegón que lleva por piedad el nombre de su dueño. Es como si una fuerza magnética, más fuerte que mi voluntad, me indicara los lugares a los que  indefectiblemente debo concurrir.

(El viejo Chicho, pan y especie sensible, hace años, me decía que los hombres en alguna parte de su cuerpo tienen una especie de brújula que los orienta por los túneles que existen y que evitan el contacto con la corrupción de un mundo que nos determina. Decía que el que llega a descubrir esa brújula, se salva. Y que encontrarla no es difícil. Ella encontró un día mirando sus manos con furia).

Yo llevo adentro la furia que han desatado una soledad con gusto a perro y el amor insobornable por las cosas que he  logrado comprender...

De pronto lo veo venir...

...Esa placa con aspecto de individuo se acerca por la vereda de enfrente. Llegó cruzando en diagonal la calle por la que camino. Lleva un piloto largo, muy largo, casi hasta rozar el suelo. Usa como yo y otros las diagonales que permite la ciudad: una vieja costumbre.

Ahora lo veo bien. Se recorta nítido sobre una pared blanca y limpia, desplazándose de norte a sur. Es decir que aunque sobre veredas distintas, pronto estaremos en una misma línea.

Camina apoyando defectuosamente los pies. La impresión es que en cualquier momento va a caer hacia adelante. El piloto largo y sucio cuelga como sobre una cruz de alambres. Mientras avanza, el grasiento impermeable deja ver debajo el aire oscuro que lo habita. El olor que despide me llega a pesar de la distancia: es el olor que dejan a su paso los desesperados o los suicidas.

Entonces comienza a hacer ese maldito gesto. Ese movimiento obsesivo como si tratara de sacar algo que no se ve pero que está sobre sus hombros. Es inútil. Mete la cabeza entre loa ridículos alambres o huesos de la base del cuello y mirando asustado a uno y otro lado se aleja. Lo veo doblar la esquina y perderse.

No me lleva mucho tiempo comprender: los años caen como copos de ácido corrosivo sobre los hombros. Lentamente, en silencio, para que nadie note nada. Luego es tarde. Una nieve sin temperatura que paraliza los relojes apagando una lámpara todos los días.

A veces creo que darse cuenta de estas cosas y de esta manera dolorosa es pertrecharse para aquella "batalla definitiva" de la que siempre nos hablaron. Luego, ocurre, que las batallas no son las mismas, ni suceden a la hora que nos enseñaron. (Quién sabe dónde y cuándo podré dar la batalla que me pertenece por nacimiento).

Mientras pienso, el aire y las nubes espesas han traído y dejado la lluvia rápida del verano. El olor húmedo y el vapor emergiendo de los adoquines brillantes. El sol temblando reaparece metálico en la madurez del día y un olor a pan fresco y caliente al pasar frente a la panadería de tres vidrieras y toldo verde hasta el cordón.

Llego a la esquina. En el potrero que está al costado de las vías del Mitre los pibes juegan al fútbol. Me detengo a observarlos y pronto sin mover un solo músculo estoy jugando con ellos. El partido es con una pelota que indefectiblemente va a ser reventada por un colectivo. Pateo fuerte, con el empeine, pica antes del alambre, corro, pasa sobre el cerco, vuelve a picar del otro lado, me agarro del alambre respirando agitado, y comienzo a hacer fuerza para que el encuentro no se produzca, para que la línea de la pelota y la del colectivo no se crucen,…  vuelve a picar casi sobre el cordón, no respiro, sube, se detiene y cae... ¡plum!  Mi rostro junto al alambre, junto a un puñado de caras que ya saben que se terminó el partido. La recogen de la calle y la llevan de un lado a otro como a un animal muerto. Pronto comienzan los pronósticos del arreglo. Ya están en otra cosa.

Son las siete de la tarde y la luz se arrastra por la transparencia de la piel. El porvenir se evade, no dura demasiado. El  Porexistír es  rigurosamente cierto.

Llego al cafe y me siento en la mesa que da al oeste y recibe rasante el sol que se hunde hasta el final del mostrador oscuro. El estaño, bronce pulido que brilla con todas sus viejas luces encendidas. Lo demás es semipenumbra blanda y espesa.

A veces la brújula inventa la necesidad de sentarse en este lugar y mansamente dejar que uno mismo nos ametralle a preguntas ásperas. Entonces las respuestas que se nos ocurren ocupan todo nuestro tiempo. Porque nos parece que serán las definitivas y últimas. Ese mecanismo ingenuo, es quizás el que nos permite seguir viviendo, o comenzar a borronear un poema exprofeso desaliñado, donde todo esté confundido: lo que he visto, lo sucedido y la proyección caótica de una literatura que es la estela de un barco perdido en el horizonte.

Con el lomo, espinazo curvo, doblez del cuerpo sobre la mesa negra de grasitud cuaternaria y la cabeza en posición de mirar el papel blanco, comienzo a clavar cuñas de tinta en un lugar donde nada hay. Como si  la vida fuera de arcilla me animo en la enorme pretensión de recrearla. Es un intento, sólo un intento. Todo se diluye a mi alrededor. Queda, flotando en la penumbra blanda una luminosidad, un resplandor que se pegotea a la piel de los que allí estamos. Un fuerte vaho luminoso que al movernos, al desplazarnos va quedando atrás. Como una estela, como un surco o línea de luz. Surcos que se van cruzando unos a otros hasta convertirse en una maraña inextricable.

Las generaciones dejan grandes surcos luminosos, anchos y profundos. Brechas o heridas que separan de  lado y lado.

Algunos nos animamos a cruzar y meternos en esa maraña desgarrante y dolorosa.  Luego nos sentamos doblados sobre la mesa negra de un bodegón.  Nos  sentamos  a  lamer  las heridas y a convencernos  de que el olor que exhalan es nuestro pero no es suficiente.

Siento como un vidrio roto en pedazos se desliza sobre mi piel, abriendo surcos largos y otros que se cruzan. Entonces vienen los recuerdos tan fuertes a embestir la vida actual. En esa lucha están, clavándome los pies al suelo de este café casi vacío, casi en penumbras, casi saturado de un presen te que ya pasó.

No quiero mirar el rededor para no espantarme. Porque las mesas percudidas y negras se están diluyendo. Se funden y caen sobre el piso gastado, junto a  los pocos que allí quedan.

De punta a punta el lugar está ocupado por un tenue resplandor macilento y fijo, interrumpido de trecho en trecho por los pocos rayos de sol que entran por la ventana a esa hora: No se juntan ni se tocan: El polvo se desplaza lento recorriendo ese largo sarcófago, palmo a palmo, en una auscultación interminable.

Desde detrás del mostrador observa el  viejo don Pato. El pelo ya blanco, plateado y  ralo, sobresale apenas enmarcado por el botellerío cubierto de grasitud ocre y polvo pegado.

De   la puerta alta, enorme, que hay al  costado,   llega una voz.  Un cantor grave y un  tango que rueda por una barranca hasta escaparse  fuera del  foco de  la conciencia.

Sobre el mostrador, más alto, sobre las estanterías está el reloj de cuadrante blanco y números romanos. Lo observo bien. Luego el que llevo en mí. Marcan horas diferentes: ambos están parados.

Es tal hora, dice don Pato a los que le preguntan. Ese que está en la pared está parado. No explica que hace muchos años que no ha vuelto a funcionar. La aguja grande está caída en  su base.

La canción, ese  tango empecinado,  vuelve a  impregnar el foco consciente.  A emitir su resplandor, a trazar su surco. “Alma de bohemio”. Canta Marino. Alma y vida que quieren permanecer desesperadas en ese lugar jugando con  la generación que está del otro lado envejeciendo rápidamente porque nadie  la interroga.

Cuando la imaginación comienza a dormirse agotada, cruza la brecha como una sombra la suave cadencia de la evocación y nos invita a sentarnos y charlar.

Porque aquí, de este lado, de mi lado, la imaginación se pierde poco a poco en la rutina de una burocracia que crece y cabalga cortándole cabezas a las generaciones. Luego se aposta como un centinela a impedir tocar la puerta de entrada al alma.

Por estos cristales turbios veo pasar muchas cosas en este otoño que comienza cuando se matan a pincel y pintura sobre Buenos Aires.

No me hace falta levantar la cabeza y mirar. Todo está incrustado, grabado a fuego en mi conciencia: los ruidos de los dados al golpear las mesas y las discusiones de los que juegan dominó parecen enhebrados en el aire. Burbujas de luto que van subiendo mientras el techo del bodegón se abre para dejarlas salir.

Sucede que todo ésto es un jugo agrio que crece adentro intentando salir.

En las paredes los espejos reales y las viejas propagandas emergiendo de  las películas de mugre que las disimulan.

Presiento, que en estos momentos, estoy juntando mis pedazos en un cuaderno que no es un borrador, sino que tiene todo el aspecto de ser el definitivo, el rubricado. Vivir en borrador y luego pasar en limpio, firmando, para demostrar que somos historia.

Lentamente, palabra a palabra, voy dejando atrás los girones, los muñones, el cobre verde oscuro de los pensamientos encerrados en cada detalle de este bodegón. Y no puedo evitar que las sombras anteriores giren y giren en mi cabeza como en una calesita de luces débiles que se van apagando a razón de una por día.

No puedo hacer nada por evitarlo, porque hay una parte anárquica en mi cuerpo que crece sin que la pueda contener y me arrastra hacia la vereda de enfrente, hacia el otro lado de la brecha. Desde allí, veo el paisaje como si estuviera mirando un cuadro.

Sentados en doble mesa, de espaldas a la calle están: Francisco, pulover gris verdoso y ojos escrutantes. Miguel, traje negro a rayas finas y chaleco de otro traje, panamá y flaqueza de toda la vida. Don Manuel, boquilla de nácar vacía en la boca y setenta años agitándose en sus miradas lentas y rítmicas. Gino, todavía con  la fuerza rosada de muchos años poniendo ladrillos todos los días, y hasta lleva el color del ladrillo en las mejillas. Con Chicho que en este momento no está son cinco resplandores que se juntan todas las tardes a hablar como en sueños, porque la realidad para ellos es una casa que ya terminaron y que habitan acostumbrados. Estos viejos anarquistas saben que han hecho màs de lo que hicieron.

Miro la calle a través de la ventana y camino con los ojos sobre baldosas a cuadros, bajo árboles grandes que se juntan arriba, sobre el cable cobrizo de los tranvías.

Siento que estoy en el medio de algo que todavía está vivo y que emite pequeños destellos pidiendo una ayuda que me es imposible dar. Porque yo soy de una generación estrecha y angosta que está crucificada con una historia mal contada de un lado y el vacío del otro, en tanto un tranvía amarillo en vuelto en una bola de fuego se quema en las esquinas.

De pronto, Gregorio que hace rato está sentado en mi mesa y mira por la ventana, dice:

—Los otros días, el viejo Chicho me preguntó por vos. Me dijo que te diga si  te olvidaste de ellos... Dale, anda a verlos. Por ahí el viejo se muere un día de estos sin verte. No anda muy b i en.

—El viejo está triste —digo—. Melancólico. Pero es fuerte y duro.

—Eso —dice Gregorio. Y en seguida coloca otra vez su mi rada en algún lugar más allá de la ventana.

Don Manuel se levanta de su mesa y con silla y todo viene a sentarse junto a nosotros.

Gregorio aprieta los párpados. Parece que escuchara algo que viene de una radio lejana, de alguna audición que no puede percibí r del todo.

Trato de explicarle a Manuel algo de lo que estuve anotando. Pero no escucha ni me mira. Su vista está vertida hacia adentro suyo. Hacia un horizonte que debe haber trazado hace ya muchos años.

Luego con la vista fija en el pocillo vacío comienza a hablar.

Gregorio hace un gesto de sobresalto y conecta sus sentidos a lo que dice el viejo. Palabras, que como el polvo que flota en el lugar, van tocando todos los lugares, descubriendo las formas reales de la desesperanza.

Blas deja el taco en su lugar, arrima una silla y se sienta al lado de don Manuel. Tiene los dedos azulados de tiza. En el  fondo el  ruido de las bolas al encontrarse.

Don Pato se acerca y los pocillos blancos caen aleteando suavemente sobre la mesa. Allí quedan temblando. Luego como si todos estuviéramos de acuerdo las tazas se elevan y el ojo negro se  va escapando del  cuerpo de porcelana.

—Allá en el  sur —dice el   viejo—,  el   Riachuelo se mueve ya muy poco.  Uno puede verlo como en una fotografía a gatas coloreada. Algunos  de nosotros caemos en el  agua... Yo los he visto, se lo puedo asegurar,   luchar desesperados por agarrar se al muelle desde donde observaban   los  familiares. Pero no lo consiguen, no. Se alejan atraídos por el ruido monótono de algún barco perdido cuya cascara yace allí sobre el muelle, en el   lugar de  la chatarra, sobre Pedro de Mendoza. Los perros jugando y jadeando con los chicos sobre los restos. El timón grande girando en el  aire  con   ruido a  herrumbre, hasta que el  óxido, las incrustaciones lo paralizan.  Como a los nombres.  Y entonces el   único movimiento es el  de  los pibes y los perros.

Hace una pausa y sigue:

—Y uno mira sentado, tratando de ver algo más allá en la profundidad de la porción de noche que todavía conserva. Pero los párpados están cansados y pesan.

Nos dormimos. Es muy posible que despertemos sobresaltados porque un perro mojado y con las patas sucias de petróleo nos esté lamiendo las manos y la cara, mientras los chicos se  ríen. Y hay que reírse con ellos.  Así son  las tardes.

Baja  la cabeza y termina:

—Y al anochecer, se ve una mancha que se aleja río abajo. Si, y se ve muy bien. Lleva encima un pájaro que sí se mira bien es  uno mismo. Sí señor,  uno mismo que se va.

No dice una sola palabra más. Blas me mira, se encoje de hombros y  va  a buscar su taco.

Gregorio vuelve a mirar por la ventana. Cada tanto saluda con un leve movimiento de cabeza a alguien que pasa. No habla porque él  viene aquí a no hablar.

Miro los adoquines de la calle, otra vereda y me veo allí parado mirándome.

Creo que hay  también un adoquín en cada célula de mi cuerpo.

Me  levanto y me voy. Al  cruzar  la calle se me cruza la idea de que hay algo sobre mis hombros. Tengo que frenar el movimiento del brazo que quiere  intentar sacarlo.

Cruzo las  vías y miro hacía  la casilla del guardabarreras.

Este está hablando con algunos pibes que le muestran la pelota reventada.

Qué importa que yo pueda o no decir que amo o le tengo bronca a todo esto. Sé que soy parte de esos adoquines, de esos ríos de vida que no son más que lágrimas endurecidas de una ciudad que no puede dejar de llorar sobre sus ríos de piedra. Porque todos  los días se le apaga una luz o se le abre una herida.

Quedo estupefacto tratando de presentir lo que vendrá, sólo eso. Porque lo que vendrá nadie lo sabe.































































Autobiografía  mínima  de  Julio César Azzimonti



Nací un invierno del 43 en una casa que estaba en la orilla de las barrancas del Paraná, en la ciudad de Zárate de la provincia de Buenos Aires. Por lo tanto, una de las primeras cosas que vi en mi vida, fue un río. Cuando yo tenía aproximadamente un año, mis padres se mudaron al barrio de Villa Urquiza de la Capital Federal. Era una casa larga, casi inabarcable, de habitaciones grandes y cuadradas. Era la casa de mis abuelos paternos y de mis cinco tíos y tía, hermanos de mi papá.

De esa época recuerdo, nítido y brutal, el nacimiento de mi hermana, en una cama al lado de la mía. Vi nacer a mi hermana como si alguien inflara delante de mis ojos un globo rojo. Por esa larga y misteriosa casa con sótanos, altillos, galpones, gallineros y gruta llena de gatos en el jardín de entrada, desfilaron en el transcurrir de mi primaria y secundaria, jugadores de pelota a paleta, futbolistas, recitadores, bandoneonistas, violinistas, italianos recién llegados que se quedaban a dormir, el fabricante de muebles Fricent y sus amantes, curas, muchos curas probadores de bebidas y contadores de cuentos, santones y adoradores de Pancho Sierra, de la Madre María, y más santones que pronosticaban fines del mundo y salvaciones milagrosas para con sus seguidores, amigos de Gardel y de Charlo en persona, todas las navidades y todas las navidades el pesebre gigante que mi abuelo hacía en el enorme living de entrada, con cascada de agua, y mi hermana vestida de ángel repartiendo estampitas que traía a granel el cura, todas con la virgen y el niño y benditas, desde el 8 de diciembre al 7 de enero.

Pero luego, en los veranos, en sus noches, en la vereda de la calle Bebedero, hoy Ignacio Rivera, paraban a discutir con mi abuelo y mis tíos, radicales, socialistas, anarquistas, peronistas y también vecinos, mientras corría la cerveza y la limonada y ya eran los años 50. Un día, al lado mío, murió mi abuelo y como si todo hubiera sido un sueño de vorágine de vida sólo quedo papá, mamá, mi hermana, mi abuela y una tía soltera y un silencio que rebotada en las paredes y se enroscaba en el alma.

Había caído Perón, se hablaba en silencio de muertos y fusilamientos y ni el país ni nosotros volveríamos a ser lo que habíamos sido mientras yo habitaba una enorme habitación, con una biblioteca que crecía, tenía 15 años y una novia a la que le escribía poemas copiados del poeta Pedro Salinas, los que yo, solitario, reivindicaba frente a las hordas nerudianas, eso sí, con un diccionario de sinónimos cambiaba todas las palabras que podía. Después empecé a sentir vergüenza de esa práctica y entonces nací como escritor.

Esa niñez poética y de ficción fue la matriz. Recién entraba en la juventud, de la cual, pienso, nunca saldré.

 





















índice



El tiempo es e asesino

Prólogo

Color del Otoño  

Comunión              

Cielo de Marzo  

Frío cielo de mayo   

Otro cielo   

Cielo de diciembre y Comunión  

Cielo de barro   

Algún día             

Pidiendo pan a las seis y media de la tarde 

A juego y vida 109

LA  ANUNCIACIÓN                    

Autobiografía  mínima  de  Julio César Azzimonti